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  • Estaba obsesionado con Jodie Foster y creyó que un atentado podía conquistarla: así intentaron matar a Ronald Reagan

    » TN

    Fecha: 29/03/2026 05:47

    Bang Bang Bang. No estás liquidado. Es el 30 de marzo de 1981. 14.30 horas. En la puerta del Hotel Hilton de Washington, John Hinckley Jr. espera la salida del presidente Ronald Reagan, quien está en el cargo hace dos meses. Reagan sale sonriente y levanta su brazo para saludar. Está rodeado de policías, guardaespaldas, agentes del FBI y funcionarios. De pronto seis disparos. Leé también: Fue a la guerra cuatro veces, sobrevivió a Vietnam y su vida inspiró a Rambo Bang bang bang bang bang bang. Uno detrás de otro sin pausas. En apenas dos segundos. El primero en caer es James Brady, el secretario de Prensa de la Casa Blanca; le dieron en la cabeza. El siguiente es Thomas Delanhanty, un oficial de la policía de Washington. Al tercero que impacta una de las balas es al miembro del Servicio Secreto que protege a Reagan, Timothy McCarthy, que siguió el protocolo: giró a toda velocidad, amplió el volumen de su cuerpo y se puso en el camino de las balas. Mientras tanto, uno de sus compañeros, James Parr, empujó a Reagan dentro del auto. Casi una decena de hombres se abalanzó sobre el tirador con doble intención. Inmovilizarlo y protegerlo: no querían que alguien lo matara como a Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy. En auto al hospital Ronald Reagan ingresó al auto volando. Gracias al empellón que recibió, cayó de cabeza sobre el asiento trasero. James Parr lo volvió a empujar, para que entraran las piernas y así poder cerrar la puerta, y le gritó al chofer que acelerara hacia la Casa Blanca. ¿Qué mierda pasó? preguntó Reagan. Mientras intentaba acomodarse en el asiento le dijo a Parr: Me parece que me rompiste una costilla. Al terminar la frase, la respiración se puso más pesada, abrió la boca y una cascada de sangre cayó por su barbilla y pecho. El agente volvió a gritarle al chófer: ¡Al hospital! ¡Urgente!. En el hospital de Washington esperaban a los otros heridos y se sorprendieron al ver llegar a la caravana presidencial. Lo llevaron de urgencia al shock room. Se quejaba de un dolor en el pecho, le costaba respirar. Todos creyeron que estaba sufriendo un infarto hasta que lograron sacarle la camisa. Una bala había ingresado por su axila y se había alojado en el pulmón izquierdo. La operación debía ser urgente y era delicada. Mientras lo sedaban y lo ingresaban a las corridas en el quirófano, un hombre de traje con un maletín del que no se separaba era imposible: estaba atado a él por unas esposas era llevado a una sala apartada para esperar. Era el encargado de transportar las claves nucleares, que debían acompañar cada movimiento del presidente de Estados Unidos. Jodie Foster: la musa involuntaria La noticia corrió a toda velocidad. Estados Unidos se enfrentaba a otro posible magnicidio. La televisión y la radio actualizaban la información sin pausa. Nadie hablaba de otra cosa. Se conocía la identidad del tirador y que Reagan estaba siendo operado de urgencia. Poco más. Las noticias llegaron a cada rincón del país y del mundo. También, por supuesto, a la Universidad de Yale. Esa tarde, en el campus, muchos seguían los hechos por radio. Jodie Foster tenía 18 años y había puesto en pausa su carrera como actriz para estudiar. Necesitaba alejarse un tiempo de la fama, intentar ser una chica normal. Se enteró del atentado, pero siguió con sus cosas. Estaban ensayando una obra de teatro que estrenaría el fin de semana siguiente. Hasta que una de sus compañeras le preguntó: ¿Te enteraste?. Ella respondió que sí, que había escuchado sobre los disparos contra Reagan y su intervención en el hospital. La amiga volvió a preguntar: ¿No sabés quién disparó? Fue John. Jodie Foster sintió un temblor en el pecho, un vacío en la boca del estómago. John era John Hinckley, el hombre que desde hacía meses la perseguía, le enviaba cartas de amor y la llamaba por teléfono, y a quien ella rechazaba de manera persistente. Aun así, se convenció de que no podía hacer demasiado al respecto y trató de seguir con su rutina. Menos de una hora después, recibió un llamado en su dormitorio. Era el director de la universidad: le pidió que fuera de inmediato a su oficina. Unos agentes del FBI necesitaban hablar con ella. Las primeras certezas John Hinckley fue subido a un patrullero y trasladado, bajo una fuerte custodia, a un lugar especial para ser interrogado. Los investigadores buscaban certezas, intentaban entender qué había sucedido y cuáles habían sido los motivos. Apenas confirmaron su identidad, se realizaron pedidos a distintas dependencias del gobierno para recabar datos sobre este hombre de 26 años. A él, mientras tanto, se lo veía sereno. En el patrullero miró a los policías y les preguntó: ¿Esta noche van a suspender la entrega de los Oscar?. En su voz no había rastros de sarcasmo ni de desafío. Era una pregunta genuina (esa noche, finalmente, se suspendió la entrega de premios). Los primeros datos fueron inquietantes. Era hijo de un importante y acaudalado ejecutivo petrolero que había contribuido a la campaña de George Bush, vicepresidente de Estados Unidos en ese momento y antes rival en las internas republicanas de Ronald Reagan. Sin embargo, los investigadores no tuvieron que forzar el interrogatorio ni esperar demasiado para conocer el móvil de los disparos. En la segunda pregunta, mientras todavía estaban tratando de corroborar su datos personales, John Hinckley Jr. confesó: Lo hice para llamar la atención de Jodie Foster. Luego hubo un silencio hasta que volvió a hablar: ¿Ustedes creen que ya se habrá enterado?. Los agentes del FBI se miraron entre sí, evaluando si el hombre los estaba cargando. Hasta que llegó el llamado telefónico de los que estaban revisando la habitación de hotel en la que Hinckley había pasado la noche. Allí encontraron una carta que el tirador había escrito horas antes de ir a matar a Reagan: La razón por la que sigo adelante con este intento ahora es porque simplemente no puedo esperar más para impresionarte. Al sacrificar mi libertad y posiblemente mi vida, espero que cambie tu opinión sobre mí. Jodie, te pido que mires dentro de tu corazón y al menos me des la oportunidad con este hecho histórico de ganar tu respeto y amor. Leé también: Tenía 24 años, sobrevivió a Auschwitz y fue asesinada a golpes cinco días antes de ser liberada Sobre un escritorio había borradores de esa carta, la dirección de Jodie Foster en el campus de Yale y una decena de fotos de ella recortadas de revistas. De a poco se fueron sumando más datos, testimonios, pruebas y hasta la confesión detallada de Hinckley de cómo había tratado de acercarse a Foster. Por un lado parecía inverosímil que la razón fuera esa. Por el otro, no encontraban otros elementos que lo vincularon a una gran conspiración. Hasta que alguien recordó, en el fragor de las corridas, los documentos y la necesidad de conectar los distintos puntos, que en Taxi Driver, la película de Martin Scorsese de 1976, Travis Brickle, el taxista interpretado por Robert De Niro, perpetra un atentado contra un candidato presidencial para impresionar a una prostituta de 12 años que es encarnada por Jodie Foster. Hinckley había decidido subir la apuesta e ir tras el presidente. Los cruces con Hinckley Jodie Foster intentaba ser una persona normal en Yale. Pasar desapercibida, hacer las mismas cosas que sus compañeros, lo que haría cualquier chica de 18 años. Se anotó en la universidad para volver a tener una vida cotidiana, para recuperar su vida de adolescente que había entregado a Hollywood y a la fama. Se vestía como los demás, comía en los mismos comedores, asistía a fiestas de las diferentes hermandades, rechazó cualquier prebenda que podía otorgar la fama. Durante los primeros meses, un hombre le envió cartas, la llamó varias veces y le dejó pequeños regalos. En una de ellas le escribió: Un día vos y yo ocuparemos la Casa Blanca y estos campesinos se van a babear de envidia. Jodie rechazó cada acercamiento con amabilidad. Era un estudiante de 26 años que decía ser músico y que se había anotado en un curso de literatura inglesa solo para estar cerca de ella. Su nombre: John Hinckley. Cuando se supo que ella había sido la musa del atentado, todo cambió. Jodie sintió que todo lo que había intentado construir, el anonimato universitario, se había derrumbado. Cada paso que daba era observado por todos. Ya muchos no la trataban igual y siempre era seguida por un par de agentes federales que la protegían. Cuando ella se quedaba en su habitación, ellos se quedaban parados custodiando el ingreso. Tres días después era el estreno de la obra teatral que estaba preparando con sus compañeros. Había aceptado participar porque todos le pidieron que fuera la actriz principal y, a pesar de que no tenía ganas, le pareció una mala idea negarse a la primera propuesta colectiva ofrecida. Si lo hacía, creía que, todos pensarían que tenía veleidades de estrella. Le ofrecieron posponer el estreno pero ella enarboló la máxima de El show debe continuar. Las entradas se agotaron de inmediato. La única condición para el público era que estaba prohibido sacar fotos. En medio de la función Jodie escuchó, inequívocos, los disparos de una máquina. Click, click, click. Desde el escenario trató de encontrar al camuflado paparazzi. Descubrió en la segunda fila un hombre gordo, maduro, de barba, que la miraba fijamente, que cuando la acción se desviaba hacia otros personajes, seguía siempre con ella. Al final una ovación saludó a Jodie Foster. Ella en un estremecedor texto que escribió un año después para la revista Esquire llamado Why Me? (¿Por qué yo?) escribió que el público la aplaudía no por su actuación sino por las razones equivocadas. En la segunda función volvieron los ruidos de una cámara de fotos. Jodie, otra vez, trató de distinguir al intruso. Pero lo que encontró en la platea fue otra vez al imperturbable hombre de barba que no podía ser quien sacara las fotos porque tenía sus manos visibles sobre las rodillas. Esa misma escena sucedió en las dos funciones siguientes. Mientras tanto en la boletería del teatro y por debajo de la puerta fueron dejados varios anónimos, escritos con grafías diferentes, que contenían amenazas a Jodie Foster: Al final de la función, Jodie Foster estará muerta, decía una de ellas. Al día siguiente una nueva noticia. Un hombre fue detenido en la estación de micros de Nueva York en el momento que subía a un ómnibus con destino a Washington. Lleva dos revólveres y municiones encima. Terminó confesando que iba a la capital para matar al presidente o al vicepresidente. Que su objetivo inicial era el de disparar contra Jodie Foster pero que al verla en varias funciones en el teatro universitario se dio cuenta de que no podía hacerlo: Era demasiado hermosa para dispararle, dijo. Ese hombre era el circunspecto hombre de barba que Jodie había visto desde el escenario. De pronto, la actriz retirada de 18 años se había convertido en la obsesión de cientos de potenciales asesinos y perturbados en Estados Unidos. El Juicio y las consecuencias En la investigación posterior se comprobó que Hinckley había seguido a James Carter, el anterior presidente, para matarlo. Que había sido arrestado seis meses antes en un aeropuerto por llevar tres armas en su mochila, pero que había sido desechado como amenaza cierta. El juicio concitó mucha atención. Hinckley fue declarado inocente por no estar en sus cabales. Un equivalente a considerarlo inimputable en la legislación argentina. La decisión, correcta desde lo jurídico, provocó indignación y generó un cambio en la legislación penal. Después del caso Hinckley se modificó la ley y ahora se puede declarar a alguien culpable aunque se aclare que no se encuentra en sus cabales y que no se lo envíe a la cárcel sino a una institución psiquiátrica. Hinckley fue internado en una institución psiquiátrica. Allí siguió tocando música y llegó a intercambiar correspondencia con Charles Manson, líder del clan Manson. James Brady, el secretario de prensa, quedó con severísimas secuelas, cuadripléjico. Murió varias décadas después como consecuencia de las heridas del disparo. El policía y el agente del Servicio Secreto se recuperaron. Los agentes que se interpusieron a las balas, que cumplieron con el trabajo para el que los preparan toda la vida, aunque nunca se sabe si llegará (y tampoco se sabe cómo se podrá reaccionar ante una situación tan límite) fueron condecorados y considerados héroes nacionales. Ronald Reagan tuvo una veloz rehabilitación y gobernó Estados Unidos durante dos mandatos. Jodie Foster retomó su carrera al año siguiente y, en menos de una década, ganó dos premios Oscar. Sin embargo, nunca volvió al teatro: los hechos de 1981 le dejaron una marca profunda. Durante años siguió recibiendo amenazas, cartas y mensajes intimidantes. Leé también: Cómo vivió la población las primeras horas del golpe: fútbol antes que colegios, inflación y desabastecimiento John Hinckley Jr. fue liberado, por no ser más considerado una amenaza para sí mismo y para los demás, en 2016. Al salir publicó en sus redes sociales: Después de 46 años, 2 meses y 15 días. AL FIN LIBRE. A los pocos días anunció nueve shows en los que presentaría sus canciones. Cómo suele suceder, gracias a la atracción del morbo, las entradas se agotaron de inmediato. Sin embargo, no pudo cantar frente al público. A los recintos en los que se presentaría no pararon de llegar insultos, amenazas, intentos de boicot y hasta agresiones contra sus fachadas. Cada show fue suspendido.

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