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» Clarin
Fecha: 29/03/2026 07:27
¿Por qué creemos en líderes políticos, incluso cuando no nos cuidan? ¿Y si esa tendencia fuera el síntoma de una época? Tradicionalmente, el líder representaba la ley, los nombres del padre en el inconsciente social. Hoy, más que representarla, muchos políticos pretenden encarnar la ley. Ya no median: se ofrecen como excepción. No limitan: prometen satisfacción permanente. Si la vida cotidiana está saturada de frustración y demandas insatisfechas, el líder que hace lo que quiere fascina. Si yo no puedo, que él pueda. Si yo no gozo, que él goce por mí. Delego la trasgresión. O, por el contrario, si yo no gozo, odio a quien está autorizado a todo. El líder que encarna el exceso se vuelve insoportable. Por un lado, está el goce en la crueldad y el sadismo, donde emergen modalidades de liderazgo que recuerdan a la perversión e incluso la psicosis. En el corto plazo, ofrecen una vía potente de descarga: una autorización a gozar sin culpa, obediencia y la ilusión de una identidad estable. Por otro lado, está el goce en la neurosis. Menos rimbombante, el líder neurótico aparece hoy como una figura frágil, gris, pero el único que permite cierta estabilidad. En la perversión hay reconocimiento de la ley, pero se la objeta para colocarse en posición de excepción. En la psicosis, en cambio, no se trata de trasgredir el límite: allí pueden aparecer fenómenos de desorganización que intentan suturar la angustia. Aunque se trata de lógicas diferentes, ambas modalidades, perversión y psicosis, tienden a erosionar las instituciones. En su progresión, destruyen el lazo social. Si el sadismo quedara sólo del lado del líder, la masa aparecería como víctima fascinada. Sin embargo, el goce no está solo en el líder que transgrede, también en quien mira, condena, se horroriza, denuncia o idolatra. La política ocupa hoy buena parte del espacio simbólico que detentaban las religiones. No tanto por su doctrina, sino por la estructura de creencia que moviliza. El goce de transgredir, de someter, de excluir, de gritar se ha convertido en un operador político central. Pero en esta lógica se produce una trampa. Sigmund Freud explicó cómo el ser humano intenta recuperar la primera vivencia de satisfacción. Jacques Lacan formalizó este hallazgo con el concepto de Das Ding, la cosa, un objeto primordial perdido y prohibido que estructura el deseo. Ante la caída de las referencias tradicionales, las nociones de patria, seguridad, libertad y el nosotros primero irrumpen como búsquedas identitarias voraces con líderes convertidos en ley. Pero en su aproximación sin límite al bien supremo que pregonan, acaban produciendo el mal que dicen combatir. En psicoanálisis, acting out es la puesta en acto de aquello que no logra decirse. Se actúa en lugar de simbolizar. Creer en líderes que no cuidan podría ser leído como un acting out político de época. La guerra no es un hecho accidental. Brota de la constitución pulsional del ser humano. La ley no la elimina; apenas puede encauzarla. Pero si los liderazgos que encarnan modalidades de goce que recuerdan la lógica perversa o psicótica dominan, alimentados por sujetos angustiados que gozan de lo político en un bucle infinito, el equilibrio se vuelve frágil y la violencia retorna. Das Ding, la cosa, es el agujero imposible de colmar que pone en marcha el deseo. Intentar llenarlo lleva a la ilusión de pureza, a la pasión de la ignorancia, y la pureza es la desgracia de todos los absolutismos, allí donde la razón acaba en tragedia. Al final, para ganar, hay que saber perder. Sobre la firma Newsletter Clarín
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