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» TN
Fecha: 28/03/2026 07:01
En la Argentina, elegir qué comer ya no es solo una cuestión de gustos. Para muchos, implica una decisión atravesada por la salud, la ética o los diagnósticos médicos. Pero también y cada vez más por el bolsillo. Un informe de la consultora Focus Market pone números a esa tensión: no todas las dietas cuestan lo mismo, y la diferencia puede ser significativa. La base de comparación es la canasta básica alimentaria tradicional omnívora, que incluye cereales, proteínas, lácteos, frutas y verduras, aceites y snacks. Según el relevamiento, el costo mensual para un adulto es de $206.137,28. A partir de ahí, las alternativas empiezan a encarecerse. Leé también: Mitos y verdades de la nutrición y los alimentos inflamatorios La canasta sin TACC destinada a personas celíacas o con intolerancia al gluten asciende a $231.479, es decir, un 12% más cara. En el caso de la dieta vegetariana, el valor llega a $234.129, con un incremento del 14%. Pero el salto más fuerte aparece en la alimentación vegana: $320.095 por mes, lo que representa una diferencia del 55% respecto de la dieta tradicional. Para el economista Damián Di Pace, las diferencias no son casuales sino estructurales. La canasta básica alimentaria tradicional opera en un entorno relativamente más competitivo y con amplias economías de escala, explicó a TN. Leé también: Del estigma al símbolo: 6 de cada 10 argentinos tienen tatuajes En cambio, en los modelos alternativos la lógica es otra. La canasta básica sin TACC presenta una estructura más concentrada, con menor número de oferentes especializados y una dependencia significativa de certificaciones y normativas específicas, señaló. Esto se traduce en precios más altos, especialmente en productos clave. En el caso de la dieta sin gluten, por ejemplo, los cereales sin TACC son hasta un 42% más caros y los snacks certificados llegan a ser un 230% más costosos. Algo similar ocurre con las dietas vegetarianas y veganas. En la primera, las diferencias se concentran en cereales específicos (+30%) y proteínas sin carne (+21%). En la segunda, el impacto es mucho mayor. Las mayores diferencias de precio se concentran en cereales sin productos de origen animal, proteínas vegetales, lácteos vegetales y snacks específicos, detalló Di Pace. En la práctica, los números se traducen en decisiones concretas frente a la góndola. Martín, de 42 años, mantiene una dieta tradicional pero reconoce que su consumo cambió: compra menos carne y prioriza ofertas. La elección no pasa tanto por convicciones como por adaptarse a los precios. Leé también: Tiene 60 años, no sabía andar en bicicleta y tomó una valiente decisión: Se cura y listo En el caso de quienes optan por otras dietas, el desafío es distinto. Lucía, vegetariana, reorganizó su alimentación en torno a legumbres y verduras de estación para compensar el mayor costo de los productos específicos. Y para Carlos, celíaco, no hay margen de elección: comer sin gluten es más caro y, además, implica recorrer varios comercios para conseguir todo. Esa fragmentación de la oferta aparece como un factor clave. Según Focus Market, los productos diferenciales no siempre se encuentran en un solo lugar, lo que suma un costo extra en tiempo y accesibilidad. La discusión no es solo económica. También aparece la dimensión nutricional. Para la licenciada en nutrición Andrea Rochaix, fundadora de Nutrix AI, el costo no es el único factor determinante. Comer saludable involucra un mix de cosas. Una de las principales es que las personas puedan acceder a información validada, aprendizajes, flexibilidad y variedad. No necesariamente es una cuestión de bolsillo, explicó. Según la especialista, existen estrategias para mantener una alimentación equilibrada sin disparar el gasto. Hay alimentos básicos como carnes, pescados o frutos secos que son caros, pero también hay opciones para reemplazarlos por otros con un perfil nutricional similar, como huevos, legumbres o cortes más económicos, señaló. En esa línea, recomendó elegir verduras de estación, aprovechar ofertas y buscar alternativas accesibles. Mitos y verdades sobre las dietas alternativas El crecimiento de las dietas veganas, vegetarianas y sin gluten también está rodeado de creencias erróneas. Creer que la alimentación vegana o vegetariana es siempre más saludable es un gran error, advirtió Rochaix. La especialista explicó que estos esquemas requieren planificación: Podés ser vegano y tener exceso de grasas o deficiencia de nutrientes esenciales. Se necesita asesoramiento, especialmente para cubrir proteínas, hierro y vitamina B12. Sobre el gluten, fue tajante: Lo más escuchado es que comer sin gluten es más sano. Esto no tiene ningún sustento y, además, hacerlo sin necesidad puede afectar negativamente la salud. De hecho, muchos productos sin TACC presentan características menos favorables: más grasa, más azúcar y menos fibra. ¿Ser vegano es caro? La mirada desde adentro Dentro de ese escenario, la dieta vegana suele quedar en el centro del debate por su costo. Sin embargo, desde el propio activismo cuestionan esa idea. Llevar una alimentación 100% a base de plantas aún atraviesa mitos de costos y accesibilidad a la información, explicó Jimena Zamora, productora audiovisual y activista vegana. Y planteó una distinción clave: Si vamos a las bases, las legumbres y los cereales son alimentos rendidores y económicos que se consiguen fácilmente. Lo que sí es más caro son los ultraprocesados, pero no son imprescindibles. Para Zamora, el problema no es solo económico, sino también informativo. El camino de la información nos abre opciones buenas en salud y economía. Hoy hay talleres y planes de acompañamiento gratuitos que ayudan a sostener este tipo de alimentación, sostuvo. El costo oculto: tiempo y accesibilidad Más allá del precio en góndola, hay otros factores que encarecen estas dietas. Uno de ellos es la fragmentación de la oferta. Según Focus Market, los productos específicos no siempre se encuentran en un único comercio, lo que obliga a recorrer varios puntos de venta. En el caso de la dieta vegana, además, existe un problema de disponibilidad: La oferta suele concentrarse en tiendas especializadas o plataformas online, lo que limita la accesibilidad física, explicó Di Pace. Esto no solo impacta en el tiempo de compra, sino también en los precios: menos competencia suele implicar valores más altos. ¿Se puede comer sano con poca plata? La respuesta, según los especialistas, es sí, aunque con matices. Es posible comer bien con un presupuesto limitado eligiendo reemplazos inteligentes, variedad y alimentos de estación, aseguró Rochaix. También destacó la importancia de las marcas propias de supermercados, que suelen ofrecer buena calidad a menor precio, y el asesoramiento profesional para evitar desbalances. Sin embargo, los datos muestran que no todas las dietas parten del mismo punto de accesibilidad económica. Mientras que la alimentación tradicional se beneficia de una estructura de mercado más desarrollada y competitiva, las alternativas todavía cargan con sobrecostos asociados a su escala, regulación y distribución. En un contexto de ingresos ajustados, la alimentación se convierte en un terreno donde se cruzan la salud, la identidad y la economía. Elegir ser vegano, vegetariano o seguir una dieta sin TACC puede responder a convicciones profundas o necesidades médicas, pero también implica enfrentar una realidad concreta: comer distinto, hoy, cuesta más. La diferencia no es menor. En el extremo, una dieta vegana puede implicar gastar más de $100.000 adicionales por mes respecto de una alimentación tradicional. La pregunta que queda abierta es si, con el crecimiento de la demanda, estos costos tenderán a reducirse o si seguirán marcando una barrera para muchos consumidores. Por ahora, la evidencia es clara: la libertad de elegir qué comer también está condicionada por el precio.
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