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Parana » NSA
Fecha: 24/03/2026 06:32
Ni en nuestros mejores sueños imaginábamos algo así. Marcelo Campagno no lo dijo como quien exagera para celebrar. Lo dijo con una mezcla de asombro y método, como si la frase todavía necesitara ser verificada. Como si esos 250.000 visitantes que ya pasaron por la muestra Ciencia y fantasía. Egiptología y egiptofilia en la Argentina en el Museo Nacional de Bellas Artes fueran, antes que un éxito, una invitación a pensar. La escena no ocurrió en el museo, sino en una de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, en el entrepiso del edificio histórico de la Universidad de Buenos Aires, en la calle 25 de mayo. No había sillas libres: había gente apoyada contra las paredes, otras conectadas de forma remota. Todos escuchaban en silencio. También estaba el director de De la Nubia a La Plata, Ricardo Preve, que antes del cierre contó las peripecias del documental que se exhibe en la muestra y que narra la misión liderada por Abraham Rosenvasser entre 1961 y 1963 en el complejo Aksha. En la mesa estuvieron los curadores José Emilio Burucúa y Sergio Baur; los investigadores Diego M. Santos y Marcelo Campagno; y el moderador Pablo Ubierna. La consigna era simple y ambiciosa: entender el fenómeno de la exhibición, que tendrá abiertas sus puertas hasta el 19 de abril, con el acompañamiento de Clarín. Es un impacto que vamos a tener que seguir pensando durante mucho tiempo, dijo Sergio Baur, y la frase queda flotando. No había épica. Había, más bien, una voluntad de desarmar el fenómeno pieza por pieza. En algún momento, la conversación que repasó la concepción, la búsqueda del material y el armado encontró un punto de acuerdo. No fue no es una exposición sobre el Antiguo Egipto. O, al menos, no solamente. No es extraño que una época piense otra época, un pasado lejano en el tiempo y en el espacio analizó Campagno. Desde los griegos en adelante, todos pensaron en Egipto: para admirarlo, para desconfiar, para explicarlo. De ese proceso salió no solo un saber académico, sino otro tipo de saber que lo desborda, que lo precede, que lo empuja. Y eso es lo que la muestra pone en escena: la mirada argentina sobre Egipto. Ahí está, me parece, su verdadera originalidad. La idea resonó porque organizó todo lo demás. Lo que se ve en las salas no es un relato lineal, sino una superposición: piezas arqueológicas, calcos, documentos, reconstrucciones, intervenciones contemporáneas, lecturas académicas y apropiaciones más libres conviviendo sin anularse, reflexionaron, prácticamente a dúo, Burucúa y Baur. Una constelación, más que una narrativa. Es la primera vez que en la Argentina se reúnen piezas tan significativas del Antiguo Egipto, provenientes de más de veinte instituciones públicas y privadas: una selección que da cuenta de la riqueza de las colecciones egipcias de nuestro país e ilustra el interés que la antigua civilización ha generado en intelectuales, científicos, artistas y aficionados argentinos desde hace más de dos siglos. En la sala se pueden ver objetos arqueológicos, fotografías, obras artísticas y materiales de archivo pertenecientes al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti, la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, el Museo Xul Solar, el Museo Municipal de Bellas Artes de Tandil, la Academia Nacional de Bellas Artes, el Museo Nacional de Arte Oriental, el Palais de Glace, la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional de Arte Decorativo y el Museo de Calcos y Escultura Comparada Ernesto de la Cárcova, entre otras instituciones. Cuando la muestra en el Bellas Artes termine, las piezas volverán a sus salas de origen. Baur recordó lo que alguna vez le dijo un representante del Museo del Prado: Hicieron una gran exposición de Velázquez con obras que ya estaban en el museo. Pero cuando las reunieron bajo un relato, las colas fueron infinitas. Los cuadros eran los mismos. Lo que cambió fue la forma de verlos. Mucho más que un número Las más de 250.000 personas que ya recorrieron la sala del Museo de Bellas Artes no se comportan como un público homogéneo. Al contrario. Vos ves gente con el ceño fruncido frente a un calco, porque cree que es un objeto falso, y al lado alguien que se queda largos minutos mirándolo ejemplificó Marcelo Campagno. Gente que se enoja con el ojo reconstruido de Nefertiti y gente que se saca fotos sin parar. Egiptólogos que miran con cierta desconfianza algunas lecturas más esotéricas, y visitantes que desconfían de los académicos. Todo eso convive. Y eso es lo que a mí me resulta más interesante: que ahí no hay una sola mirada. Hay múltiples formas de apropiarse de Egipto. Formas de ver algo propio en ese mundo y algo de ese mundo en uno. La muestra, en ese sentido, no ordena: expone. Y en esa exposición de miradas, de tensiones, incluso de prejuicios aparece una de las razones más concretas de su éxito: no le pide al visitante que sea una sola cosa. ¿Por qué Egipto sigue despertando curiosidad con tanta intensidad? Fue la pregunta que lo atravesó todo. Se mencionaron nombres Heródoto, Platón, genealogías, tradiciones. Hay algo en Egipto que no termina de resolverse. Es, al mismo tiempo, origen y extrañeza. Cercano y remoto. Propio y ajeno, señaló Santos. A lo que rápidamente Campagno preguntó a los presentes: ¿Alguien recuerda el obelisco en la Plaza de San Pedro, en el centro de la cristiandad? Es un símbolo egipcio. No como reliquia, sino como presencia. Esa contradicción o esa ambivalencia parece sostener la fascinación. Y a eso se le suma el presente: el cine, los documentales, los relatos de misterio. Lejos de despreciarlos, uno de los expositores propuso mirarlos de otra manera: Alguien entra por el misterio. Y después, tal vez, se queda por otra cosa pensó Burucúa y trae el ejemplo de Juan Friedrichs, un argentino fascinado desde joven por el faraón Akenatón, que en ese entonces sin formación académica formal logró integrarse a una misión arqueológica vinculada a la Universidad de Cambridge en Amarna. Reconstruye piezas a partir de fragmentos hallados en el desierto. Sus dibujos exhibidos en la muestra forman parte de una investigación directa de campo, aún en proceso, que él viene realizando desde el año 2020 en Amarna, Egipto, dentro del Amarna Project de la Universidad de Cambridge. Dicho proyecto estuvo dirigido durante más de 40 años por el erudito egiptólogo Barry Kemp, hasta su fallecimiento en 2024, y hoy lo dirige la egiptóloga Anna Stevens. Son, a la vez, obra y documento: una síntesis entre arte y ciencia, siempre provisoria, siempre abierta a revisión. Las piezas elegidas Del público en la sala llegó una pregunta concreta: ¿Cuál es la pieza preferida?. José Emilio Burucúa no dudó. Habló de la vasija de alabastro de la Tercera Dinastía, vinculada al entorno funerario del faraón Djoser. Tiene una perfección técnica extraordinaria. Está hecha sin torno. Es algo que, incluso hoy, cuesta imaginar. Para mí es un canto a la habilidad humana en los tiempos más remotos. Pero no solo le fascina la habilidad, sino también la historia que la acompaña: cómo llega. Es un regalo de Gamal Abdel Nasser a Arturo Frondizi en 1960. Y Frondizi, en lugar de quedársela, la manda directamente al museo. Ese gesto también forma parte de la pieza. A Sergio Baur le impresionó la contemporaneidad de la vasija. Si uno la sacara de contexto, podría pensar que es una pieza moderna. Tiene algo que no termina de anclarse en el pasado. Santos tampoco dudó: Para mí, el daguerrotipo de la década de 1840. Probablemente una de las primeras fotografías de piezas egipcias. Poder exhibir eso en Buenos Aires es, realmente, un privilegio. Ya no es Egipto antiguo, sino la forma en que ese Egipto empezó a ser mirado, registrado, capturado. La elección no es fácil y Campagno arremetió: Yo me quedo con el libro que trae Manuel Belgrano. Es una historia de Egipto escrita en el siglo XVII por un autor turco, traducida al español, comprada en Europa y traída al Río de la Plata. Es anterior a la egiptología como disciplina. Es el primer libro sobre Egipto que llega a la Argentina. Y además lo trae Belgrano. Eso también dice algo. Hacia el final, apareció la dimensión política de lo que genera esta muestra: En un momento en que el discurso dominante plantea la motosierra, el desmantelamiento del Estado, esta exhibición muestra otra cosa agregó Campagno. Que hay instituciones públicas el Bellas Artes, la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad de Buenos Aires que pueden producir una acción cultural de esta escala. Una exposición todavía puede convocar, incomodar, entusiasmar, discutir. Incluso construir una comunidad aunque sea provisoria a partir de diferencias. Llevar Egipto al Bellas Artes un museo de tradición artística implicó desplazar objetos arqueológicos hacia otra lógica de percepción: no solo como testimonios del pasado, sino como formas vivas, capaces de interpelar el presente.
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