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    » Clarin

    Fecha: 22/03/2026 07:23

    Me confesó un amigo esta semana que estaba padeciendo una depresión geopolítica. Me di cuenta que yo también. La definición del síndrome sería la sensación de que el mundo se vuelve cada día más oscuro y todo se está yendo al carajo. Y no solo por lo que está pasando, sino por lo que puede llegar a pasar. Nuestro destino lo marcan tres variantes de la locura, la de Trump, la de Netanyahu y la de los ayatolás de Irán. Más, claro, la de Putin. Lo que causará, todo indica, la proliferación de las armas nucleares. Como desesperado pero no ilógico recurso defensivo, estados que no tiene la bomba están pensando en conseguirla. Y justo cuando llega la revolución de la Inteligencia Artificial, que amenaza no solo con cambiar el rumbo de la civilización sino de dirigirlo, independientemente de lo que diga la inteligencia humana. Bombas nucleares por medio mundo y la IA operando con autonomía: menudo panorama. Más la ironía del que el lío en el que estamos se desató gracias a la voluntad de Netanyahu, a la que se sumó Trump con poca idea de lo que estaba haciendo, de acabar con el potencial nuclear de Irán. Y otra ironía más, resulta que Irán ya tiene su arma de destrucción masiva. No es un misil que pueda destruir Tel Aviv sino una pequeña armada de drones capaz de bloquear el de repente mundialmente famoso estrecho de Ormuz, de volar las plantas de gas y petróleo de Oriente Medio y de reducir la economía mundial al caos. Mientras, ahí medio olvidada, sigue la guerra de Putin en Ucrania, otra razón por la que oímos con cada día más frecuencia que países como Alemania, Japón o Arabia Saudí, entre otros, podrían sumarse a la familia nuclear. Todos recuerdan que Ucrania poseía el arsenal nuclear tercero más grande del mundo hasta que en 1994 se lo entregó todo a Rusia a cambio de garantías de su seguridad territorial firmadas por Rusia y Estados Unidos. Hoy Rusia está en el quinto año de su guerra territorial contra Ucrania. Para un país rodeado de vecinos peligrosos, la lección es obvia. Se podría incluso argumentar que en tales circunstancias sería irresponsable no acceder a la arma más disuasoria que el ser humano ha inventado. El argumento en contra también es obvio. No se ha disparado un arma nuclear en más de 80 años pero si los países que la tienen aumentan de nueve, como hoy, a doce, o trece -- o más -- la matemática nos dice que aumentan las probabilidades de que se vuelva a utilizar. El argumento cobraría más fuerza si el mundo estuviese en manos de gente racional en vez de psicópatas que no dan valor alguno a la vida ajena o fanáticos religiosos dispuestos a sacrificar sus propias vidas por la fe, sin olvidar la promesa celestial, a cambio del martirio, de un harén lleno de jóvenes vírgenes ansiosas por perder la inocencia sexual. Pero ante todo vivimos en el mundo de Donald Trump, el niño rey de una jungla humana sin leyes (la jungla animal sí las tiene); sin responsabilidad social; sin conocimientos de la historia, de la ciencia, de la geografía, de nada; sin límites morales de ningún tipo. ¿Existe algún motivo por sentirse remotamente optimista, por mantener una pizca de fe en la humanidad? Sí, quiero necesito- creer que sí. Como alimento de la esperanza, o al menos del consuelo, veo todos los episodios en YouTube de un podcast llamado the Rest is Politics que dirigen dos veteranos políticos británicos curtidos en la guerra y en la diplomacia internacional. Alastair Campbell, laborista escocés, fue asesor en 10 Downing Street de Tony Blair durante seis años. Rory Stewart, conservador inglés, fue diputado parlamentario y ministro de gobierno, habla once idiomas (entre ellos el persa) y a principios de siglo hizo una caminata una caminata que duró 21 meses desde Irán hasta Nepal, pasando por Afganistán. Stewart y Campbell niñatos no son. Cada semana entrevistan a algún personaje importante de la política internacional. Los que más me han inspirado a mí e impresionado a ellos han sido Mark Carney, el primer ministro de Canadá; Alexander Stubb, el presidente de Finlandia; y, esta semana, Pedro Sánchez, el presidente de gobierno español. Fue no solo interesante sino revelador para mí ver a Sánchez fuera de su entorno habitual, el gallinero de la política diaria española. En vez de verse obligado a intercambiar insultos habló con calma sobre los temas más serios del momento, como las guerras en Irán y Ucrania, como Israel y Gaza, la inmigración, el futuro de la Unión Europea y la Inteligencia Artificial. Y en todos los casos en un impecable inglés y con una lucidez, un abanico de conocimentos y una capacidad de entrelazar conceptos complejos admirables. Pensaba mientras le escuchaba en la vergüenza ajena que me provocaría ver en su lugar a los Feijóo, Díaz Ayuso, Abascal y compañía, aunque hablasen inglés. Después de la entrevista, como es habitual, Campbell y Stewart dieron su veredicto. Campbell opinó que Sánchez era un tipo de muy alto nivel (very impressive) y un político fenomenal. Agregó que antes de la entrevista había hablado con varios diplomáticos extranjeros en Madrid que le habían dicho que Sánchez era, de muy lejos, el político español más capaz en muchos años. Stewart dijo que Sánchez era realmente brillante y destacó su disposición, inexistente en los políticos británicos, de imprimir un valor moral en la politíca internacional y en el espinoso tema de la la inmigración. Amigos ultrapolitizados en Estados Unidos que vieron la entrevista lamentaron el abismo moral e intelectual que separa al adulto Sánchez de su presidente y de la mayoría de sus rivales demócratas, y se quedaron atónitos ante su pragmatismo, su visión del futuro, y la amplitud y profundidad con la que trató los problemas más serios que afectan hoy al mundo. Yo también. Los que quieran chillar, que chillen. Sobre la firma Newsletter Clarín

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