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» TN
Fecha: 22/03/2026 05:32
El destino de Andrés, su propósito y su forma de encarar el día a día, de alguna manera, están marcados por una frase sencilla que él mismo lleva como bandera: "la bondad es un círculo". Y también, que cuando una persona ayuda a otra, ese gesto no se detiene, sino que continúa creciendo. Su vida dio un vuelco inesperado un día de diciembre de 1988. Lo que debían ser festejos y celebraciones entre las fiestas de fin de año, se convirtió en una pesadilla para el joven taiwanés que apenas acababa de cumplir 27 años. Leé también: Perdió a su mellizo en un accidente y construyó un cine con sus manos en su honor: Se lo prometí a mi mamá Hacía tres años que había llegado a la Argentina y se había instalado en el oeste del conurbano, en la localidad de Villa Celina, para trabajar en un emprendimiento familiar dedicado a la producción de brotes de soja y al envasado de verduras frescas. Él, principalmente, se desempeñaba en la distribución y venta de los productos en el Mercado Central. Gracias a ese trabajo conocí a muchos amigos argentinos. Siempre sentí que la gente aquí era muy cálida y generosa, aseguró en diálogo con TN. Si bien Andrés habla muy poco español, su primo Antonio es quien lo ayuda a comunicarse y ofició de traductor durante la conversación con este medio. Una vida en la Argentina En el tiempo que llevaba en el país, el joven formó una familia con otra ciudadana taiwanesa, Analía, y juntos tuvieron a Elisa. Su día a día en la Argentina transcurría con normalidad hasta que un día decidieron realizar su primer viaje de a tres y su vida cambió para siempre. En ese entonces, la más chica de la familia tenía solo seis meses, así que decidieron viajar a Bariloche en auto para conocer la Patagonia. Era un momento muy especial para nosotros, recordó. Desde el principio sentí que Argentina era un país de una belleza extraordinaria. Sus paisajes, su gente y su espíritu siempre ocuparon un lugar muy especial en mi corazón, añadió. El accidente que le cambió la vida ocurrió el 26 de diciembre de 1988. Aquel día estaban realizando el camino de regreso a Buenos Aires y quisieron pasar por Península Valdés para ver las ballenas. Pero mientras avanzaban en la ruta, comenzó a soplar un viento muy fuerte que hizo que el vehículo despistara. El auto volcó varias veces, recuerdo que fueron al menos cuatro vueltas hasta quedar completamente dado vuelta, explicó. Cuando logré salir del coche, todo parecía una escena de desastre. Había objetos esparcidos por todas partes y varias personas heridas. Yo también estaba herido. Entonces vi a mi esposa en el suelo. Nuestra hija había salido despedida del vehículo y estaba a unos tres metros de distancia, detalló. Enseguida levantó a la beba y la puso al lado de su madre. El sol era muy fuerte, así que tomé una sombrilla y la clavé en la arena para darle sombra a mi esposa. Cuando me acerqué más, vi que tenía una herida muy grande en la parte interna del muslo causada por un vidrio. En ese momento ella me preguntó algo que nunca voy a olvidar: ¿La niña está bien?. En medio de la desesperación, Andrés intentó contener la situación: Sí, está bien. Tienes que resistir. Muy pronto vendrá ayuda. Tienes que aguantar. Intenté detener la hemorragia. Usé un ovillo de lana que habíamos comprado en el viaje y lo até con fuerza para tratar de parar el sangrado. Pero lamentablemente había perdido demasiada sangre. Ese momento quedó grabado para siempre en mi memoria. Ese día cambió mi vida para siempre, lamentó con los ojos vidriosos, casi como reviviendo aquel momento de horror. El hospital y un gesto que lo marcó para siempre La asistencia médica tardó en llegar y los trasladaron a distintos hospitales. Él llegó a lo que hoy es el Hospital Isola de Puerto Madryn junto a su hija. Recuerdo que ella ya no tenía la leche de su madre. Tenía hambre y lloraba sin parar. Yo estaba en la cama, herido, y no sabía qué hacer. En ese momento la tomé en brazos y la acerqué a mí. Me acosté y traté de que succionara mi pecho, como una forma instintiva de consolarla, pero eso solo la calmó por unos segundos, precisó. Fue entonces cuando una enfermera vio la escena y se acercó a ayudarlo. Ya sabía que mi esposa había fallecido esa tarde y entendió completamente la situación así que se llevó a mi hija para alimentarla. Yo no entendía bien qué estaba pasando así que bajé a buscarla y cuando la vi amamantándola me derrumbé por segunda vez. Lloré profundamente. Pero desafortunadamente la enfermera, por su turno de trabajo, no podía continuar amamantándola. Por eso, Andrés le pidió que lo ayude a encontrar a alguien que ocupara su lugar. Y así lo hizo. Encontró a una mujer que, sin conocerme, aceptó ayudarme. Mi hija necesitaba alimentarse cinco veces al día, desde las 5:30 hasta las 23, y esa mujer llegaba cada día puntualmente para amamantarla, recordó. Días después, la mujer llegó llorando: su propio bebé, Gabriel, que estaba internado en el mismo centro de salud con síndrome urémico hemolítico, iba a ser dado de alta y debían volver a su pueblo. Por eso, le aconsejó que Elisa comenzara a tomar la mamadera. En un momento saqué el dinero que tenía conmigo, unos cien dólares, y quise dárselos como agradecimiento. Pero ella me dijo algo que nunca voy a olvidar: ¿por qué tengo que recibir tu dinero?. En ese momento sentí una profunda vergüenza. Me pregunté cómo alguien podía ayudar así, sin pedir nada a cambio, contó, aún sorprendido. De todos modos, insistió para que lo aceptara, convencido de que así iba a sentirse mejor. Esa misma noche, la mujer regresó con su esposo y su bebé para despedirse. Ese gesto es algo que nunca voy a olvidar en mi vida, sostuvo. Para Andrés, cada persona que apareció en ese momento se volvió una pieza clave en su recuperación y en el camino que tendría por delante. Después de todo lo que pasó, solo tenía un pensamiento: sobrevivir y poder criar a mi hija. No pensaba en nada más, aseguró, con lágrimas en los ojos. La vida después Tres meses después del accidente, Andrés y Elisa partieron a Taiwán. Subí al avión con mi hija, que tenía casi ocho meses, en un brazo, y en el otro llevaba las cenizas de mi esposa. Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida, recordó, quebrado. Así comenzó una nueva vida y la recuperación. Conectar con su cuerpo fue, de alguna manera, lo que lo ayudó a encontrar el camino que quería seguir. Me interesé especialmente en las técnicas de quiropráctica y en la estructura de los huesos. Gracias al apoyo de mis padres, pude ir reconstruyendo mi vida. Trabajaba con mi familia y al mismo tiempo criaba a mi hija, precisó. Sin embargo, todavía tenía una deuda pendiente: estudiar. Fue así como a los 45 años ingresó a la universidad y a los 49 se recibió. Con el correr de los años, supo que su profesión también lo iba a ayudar a devolver el amor que recibió durante el tiempo que el país lo acobijó, específicamente durante los días más difíciles que le tocó pasar. Fue de esa manera como Andrés empezó a recolectar dinero para cumplir su promesa. La idea nació el mismo día del accidente. Cuando mi esposa falleció, yo no podía dejar de pensar en una cosa: si en ese momento hubiera habido una ambulancia cerca quizás el resultado habría sido diferente. Ese pensamiento quedó profundamente grabado en mi corazón así que tomé una decisión en silencio: algún día, cuando tuviera la posibilidad, iba a donar una ambulancia a ese lugar, explicó y aseguró que fue un anhelo que guardó dentro suyo durante 38 años. Así, con el dinero recaudado, hace algunos años comenzó a buscar la forma concreta de comprar el vehículo y trasladarlo a la Argentina. Para mí no era solo una donación, era una forma de cerrar una historia y también una forma de transformar el dolor en algo que pudiera salvar vidas, sostuvo. Pese a ello, la burocracia no hizo las cosas fáciles. Al principio intenté hacerlo por mi cuenta. Incluso viajé a Hong Kong para contactar a un abogado argentino y pedirle ayuda con la donación, ya que yo quería que la ambulancia llegara específicamente al hospital que había cuidado de mí. Pero por cuestiones legales, políticas y económicas en Argentina, especialmente por las restricciones cambiarias, no era posible transferir dinero directamente desde el exterior. Ahí comenzó un operativo intenso hasta que finalmente, y con la ayuda de mucha gente, logró su propósito. Esto fue el resultado de muchas manos y muchos corazones trabajando juntos, dijo e hizo mención especial a Alejandro, que fue clave en los trámites, y a su primo Antonio, que ofició de intermediario. El regreso y un regalo desde el corazón Después de 38 años regresé a la Argentina con un propósito muy claro: cumplir la promesa de donar una ambulancia. Este regreso no fue solo un viaje, fue la manera de cerrar una historia que había quedado abierta durante casi cuatro décadas, aseguró Andrés. Cuando bajé del auto y volví a pisar ese lugar, sentí algo que no puedo describir con palabras. Llevaba un ramo de flores y recé en silencio. Después las levanté y las lancé hacia el cielo. En ese momento solo pensaba en mi esposa, Analía. Quería decirle que, después de 38 años, finalmente había cumplido mi promesa. Que había podido donar una ambulancia en su nombre y que todo lo hacía con un profundo sentimiento de gratitud, relató. Para mí, no fue solo un recorrido físico, fue cerrar una herida que había quedado abierta durante 38 años, sostuvo. A principios de marzo se realizó la ceremonia de donación, en una jornada que resultó profundamente movilizante. Yo no lo sabía, pero habían logrado encontrar a las personas que yo tanto quería volver a ver. Me sorprendieron. Cuando vi al médico que me atendió en aquel momento sentí una emoción muy profunda. También estaba el otro médico que participó en mi atención, recordó. Se tratbaa de los profesionales Carlos López y Hung Shil Ku, quienes lo asistieron en la guardia. Pero la mayor sorpresa ocurrió después con la presencia de Amalia Hompanera, integrante del voluntariado Damas Rosadas del Hospital de Trelew, quien acompañó a Andrés durante su internación, y los familiares de Stella Maris Guridi, la mujer que tenía a su hijo internado en el hospital y amamantó a Elisa. Cuando vi a las mujeres que ayudaron a alimentar a mi hija ya no pude contener mis emociones. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Una de ellas murió hace uno años así que su esposo vino con su hija y me dijo algo que me conmovió profundamente: esta es mi hija, su madre fue quien amamantó a tu hija. En ese momento la abracé y no pude dejar de llorar. Ella también lloraba. Fue un momento muy difícil de describir, pero lleno de humanidad, de amor y de gratitud, detalló Andrés todavía con lágrimas en los ojos. Durante aquel encuentro, aseguró, sintió algo muy claro en su corazón: La bondad del pueblo argentino me salvó la vida. Y no solo eso, también hizo posible que hoy yo esté aquí. Por eso, quiero decirles desde lo más profundo de mi corazón: gracias, Argentina. Gracias por su bondad, porque ustedes hicieron posible mi vida, dijo conmovido. Hoy siento una emoción muy profunda. Todo este camino comenzó con una tragedia y después de haber vivido algo tan difícil siempre pensé que quizás la vida me estaba dando una razón para seguir adelante, un propósito más grande. Gracias a todo lo que viví en Argentina y gracias a la bondad de su gente pude reconstruir mi vida y convertirme en médico. Hoy puedo ayudar a otras personas en mi propio campo y eso, para mí, es una forma de dar sentido a todo lo que pasó, insistió. Sobre la entrega de la ambulancia, aseguró: Después de completar esta donación sentí que una parte muy pesada de mi corazón finalmente puede descansar. También entendí algo muy importante en la vida: la bondad es un círculo. Cuando uno ayuda a otros, ese bien sigue creciendo. Yo no me considero un filántropo. Solo soy una persona que intenta vivir con honestidad y hacer lo que puede por los demás Pero estoy convencido de algo: esta ambulancia no será la única. Vendrán más, una, dos, tres no lo sé. Lo que sí sé es que, mientras tenga vida, quiero seguir ayudando a más personas. Ese es el verdadero propósito de mi vida". En medio de una emoción que todavía lo invade, Andrés no escatimó en hablar de aquella mujer que todavía lleva en el corazón. Analía era una persona muy bondadosa, tenía una gran compasión por los demás, amaba profundamente a los niños y a su familia. Todo lo que hacía en su vida tenía un sentido de bondad. Recuerdo que incluso en la madrugada, cuando trabajadores llegaban tarde al lugar donde estábamos, ella se levantaba para prepararles algo caliente solo para que no pasaran frío. Pero el recuerdo más profundo que tengo de ella es de ese último momento. Aun estando gravemente herida, me hizo una pregunta: ¿La niña está bien? Esa fue la última frase que me dijo", resaltó. Siempre he sentido un gran dolor por haberla perdido tan joven, pero también sé que su vida me dejó una enseñanza muy grande. Y por eso, hoy, solo puedo decir: gracias, sumó. Acerca la tercera protagonista de esta historia, la pequeña Elisa, esa beba que sobrevivió al duro accidente, Andrés, muy orgulloso, contó que también creció y se transformó en una gran mujer. Hoy tiene 38 años, es madre de dos nenes y, asegura su padre, es muy feliz. Ella también donó una parte de la plata para esta ambulancia porque quería ayudar a completar el deseo, destacó. Y como si la ambulancia y el camino recorrido no fueran suficientes, no quiso irse del país sin volver a decir gracias una vez más. Quiero expresar mi profundo agradecimiento a todas las personas que hicieron posible este momento: a las autoridades de Salud de Chubut, al director del hospital, a los médicos que salvaron mi vida en aquel entonces y también a las mujeres que ayudaron a alimentar a mi hija. Y, por supuesto, a mi primo Antonio, quien me acompañó y me ayudó en todo este proceso, concluyó Andrés.
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