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Fecha: 22/03/2026 06:05
Todas las encuestas de los últimos dos meses muestran un deterioro en dos rubros importantes para el sostenimiento del plan económico: la confianza en que las cosas con tiempo van a mejorar y la preocupación inmediata por los ingresos, el empleo y, de nuevo, la inflación. También ilustran sobre la caída de la imagen positiva del presidente, y del Gobierno en general. Se habla, a raíz de ello, de hartazgo con el ajuste, del quiebre del pacto que la sociedad o parte de ella había sellado con Milei, e incluso de complicaciones crecientes para los planes de reelección y nuevas oportunidades para una oposición que supere su crónica fragmentación. Es un poco mucho, dado lo inestable que ha sido la opinión en los últimos tiempos: así como ahora hay una ola en contra, cambios menores en la situación y las percepciones podrían generar una nueva ola a favor. Habrá que esperar y ver cómo siguen las cosas. El que seguro no está muy apurado por reaccionar a este nuevo clima es el gobierno. Sigue, como en el verano, convencido de que el programa económico tal como viene va a hacer crecer la inversión y el nivel de actividad, que la inflación va a volver a bajar, y que pronto se podrá regresar a los mercados de deuda, y eso permitirá una baja sustancial en las tasas de interés y consolidar el crecimiento. Así que de lo que se trata es de aguantar el mal clima circunstancialmente reinante, que sería más fruto de la mala onda de los medios y los ruidos políticos que de problemas graves de orden económico. Ni siquiera se toma muy en serio, por lo tanto, esos ruidos políticos, entre los que destaca el ruido Adorni a nivel local y la guerra en Irán en el plano internacional. De allí que el presidente haya pasado casi más tiempo afuera que en el país en las últimas semanas. Que siga convencido de que Estados Unidos e Israel se van a salir con la suya, doblegarán a los ayatolás y la incertidumbre en los mercados pronto quedará en el olvido. Que se haya postergado el tratamiento de la reforma más importante que tiene en agenda, la tributaria. A la espera de un segundo semestre en que las condiciones sean más favorables (siempre discutir impuestos con las provincias es más fácil cuando la recaudación está creciendo). Y que se haya focalizado la agenda legislativa en la reforma electoral y otros asuntos menores, que no parecen ser prioritarios para nadie más que para el mismo Ejecutivo. ¿Pero y si las cosas no salen como prevé? ¿No le convendría prestarle atención a lo que piensan muchos republicanos, muchos europeos, incluida su hasta aquí principal aliada entre ellos, Giorgia Meloni, en vez de ir a hacer pogo con Orban y sobreactuar alineamiento? ¿Por qué no hacer algunas correcciones al programa ahora, antes de que la situación del empleo, los precios y sobre todo la percepción de malaria sean más graves, y encima se haya consumido un tiempo precioso? Tal vez sea correcto esperar, y sin duda el oficialismo, por lo menos por ahora, puede darse el lujo de hacerlo. Porque este no es un año electoral, nada de lo que sucede es catastrófico, y es razonable que quieran darle tiempo a los inversores locales y externos de hacer su contribución para que el panorama mejore. Leé también: El desafío de Milei detrás del plan de inflación cero y las encuestas que preocupan a la Casa Rosada Pero tiene sus riesgos. Y sería bueno que el gobierno recuerde que ya a comienzos de 2025 decidió esperar que sucediera lo que finalmente demostró ser imposible, en vez de hacer cambios preventivos, y terminó quedando al borde del abismo: aguantó meses una devaluación, imaginando que podía procesar la salida del cepo sin un salto cambiario; también aguantó meses y meses la presión de los gobernadores, imaginando que no iban a poder coordinarse para amenazar su control del gasto, y se los entregó en bandeja al kirchnerismo; y como frutilla del postre aguantó hasta el final la candidatura de Espert, y terminó sacándolo del medio con altísimo costo y de la forma más ridícula. Que las cosas le hayan salido finalmente bien no puede hacer olvidar ninguno de esos errores. Porque de otro modo los va a volver a cometer. ¿Es lo que está sucediendo? Con Adorni, por lo menos claramente, sí: el escándalo no va a amainar, dejar pasar el tiempo no va a reducir el costo que el presidente pagará cuando reconozca el error de haberlo designado en el cargo que ejerce. Con su negativa a introducir cambios en la estrategia económica, darle prioridad en el Congreso a las reformas que pueden apuntarla, o el entusiasmo puesto en mostrarse belicoso con Irán puede que esté sucediendo algo parecido.
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