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» La Nacion
Fecha: 22/03/2026 07:39
Con notable vitalidad, Raúl Lavié se prepara para homenajear a Piazzolla, sigue haciendo teatro y saldrá de gira por Europa; una figura legendaria del espectáculo, con 74 años de trayectoria y 88 de vida - 17 minutos de lectura' En esta tradicional confitería, Raúl Lavié no es un parroquiano más: la gente se acerca, lo saluda, le pide autógrafos. La charla transcurre en pleno centro porteño, una zona que conoce de memoria, cerca de teatros y de históricas salas, y a unas pocas cuadras del cruce de Avenida Corrientes y Carlos Pellegrini, donde una placa con la leyenda Esquina Raúl Lavié rubrica su popularidad. Desde hace décadas, el cantante y actor es un emblema del medio artístico y un guerrero de mil batallas, que no le rehuyó a nada: se presentó en los escenarios más disímiles. Como una contraseña, su nombre forma parte del paisaje de la Ciudad. Aquí, en una mesa de La Ideal, está en su salsa, respondiendo a cada pregunta con una vitalidad que se desmarca del paso del tiempo. A sus impecables 88 años, explica su rutina cotidiana: realiza ejercicios y caminatas no muy extensas desde que se operó de la rodilla; en sus ratos libres dibuja y pinta, viaja a diario una hora y media en auto hasta el Multiteatro para hacer funciones de la obra Vamo los pibes; y proyecta shows y una gira por Europa. Tengo la bendición de mi familia, que me quiere y me cuida mucho, explica orgulloso, mientras que a su lado, su esposa Laura asiente. La historia de Lavié tiene contornos únicos: desde su debut como cantante profesional, en 1952, vivió los últimos destellos de la época de oro del tango. También su declive en el gusto popular y, en las últimas décadas, su resurgimiento entre las nuevas generaciones. Aunque su estilo temperamental y el fraseo son marca registrada, no se limitó al tango. Desde los tiempos del Club del Clan, en el que cantaba temas de Paul Anka en español, boleros y temas melódicos, incursionó con éxito en la televisión, la radio, el teatro musical y filmó más de 30 películas. Tal vez por eso, recibe con particular alegría el afecto del público y los pedidos de autógrafos. Eso quiere decir que hice las cosas bien, que honré la profesión. Lavié se entusiasma especialmente cuando habla de Piazzolla. Durante años cultivó la amistad con el bandoneonista marplatense y se presentó en vivo junto con él. Fue uno de sus defensores en los tiempos en que el músico tenía una sórdida batalla con la patria tanguera. Su relación con Piazzolla es el sustrato para el espectáculo Astor y yo, su música y sus canciones, que presentará el domingo 29 de marzo en Bebop Club, en el que combinará música, canto y palabras. En todo el mundo Astor es respetado desde hace décadas, en nuestro país recién ahora se lo reconoce, sostiene. ¿Cuándo empezó la amistad con Piazzolla? Viene de toda la vida. En 1965 ya entramos en contacto. Yo iba a participar en un proyecto que nunca se concretó, con música de Astor, y en 1970 apoyé mucho su obra con Horacio Ferrer, grabando varios de sus temas. Ahí empezamos a trabajar juntos. Yo canté con el Quinteto en Michelangelo, también hicimos giras por Japón. Él declaró que fui el primero en creer en su música, y su hijo Daniel solía decirme que formo parte de la familia. ¿Fue testigo de la resistencia que generaba Piazzolla entre los tangueros? Totalmente. Mi primera participación con el Quinteto fue en un concierto en 1970, en La Plata. Cuando llegamos, el público se turnaba para insultarlo, iba para eso; era la época en que todo el mundo le caía encima. Y Astor no se quedaba callado, les respondía. Se había criado en las calles de New York en un ambiente caldeado, a las trompadas. Siempre decía lo que pensaba, era su carácter y sabía defenderse. Tenía un espíritu combativo muy grande, no solamente físico, también verbal. Astor también era famoso por las bromas pesadas que le hacía a sus músicos y amigos. ¿Las padeció? Sí, por supuesto, nadie estaba exento. Siempre se le ocurría algo. Yo le devolvía sus ocurrencias con bromas no tan pesadas como las suyas, y él se enojaba. Era gracioso: hacía bromas, pero no le gustaba que le hicieran lo mismo. Recuerdo especialmente las giras, cuando salíamos a cenar en restaurantes exóticos. Compartíamos el gusto por experimentar con las comidas. Nos llevábamos de maravilla, era un fuera de serie. Cuando yo fraseaba con Piazzolla, él me decía en el escenario mientras tocaba el bandoneón: Cantá a tiempo, Negro hijo de p..... Y yo le respondía: Vos seguí tocando, que al final nos vamos a encontrar ¿Y qué pasaba cuando usted cantaba obras de Piazzolla? Me criticaban. Muchos decían: eso que canta no es tango, aun cuando alternara obras clásicas con tangos de Piazzolla y Ferrer. Más de una vez, me tuve que defender en un escenario. Porque además yo siempre tuve mi forma de cantar y de frasear, que me distinguía de otros cantores de la época. A mí no me gustaba todo lo que se hacía en el tango, hay cosas muy malas también, por eso yo fui creando mi forma propia de cantar. ¿Cómo definiría su estilo? Yo hago un fraseo más cercano al jazz. Es decir, sobre el acorde entra mi voz. Y voy ganando espacios yendo para adelante y para atrás. Me acuerdo que en un homenaje a Astor, un célebre violinista extranjero me exigió que cantara a tiempo. ¡Por favor, que sabía ese hombre! Cuando yo fraseaba con Piazzolla, él me decía en el escenario mientras tocaba el bandoneón: Cantá a tiempo, Negro hijo de p..... Y yo le respondía: Vos seguí tocando que al final nos vamos a encontrar (se ríe). Tango versus nuevaoleros En 1962, al calor del ritmo del rock and roll, las caderas de Elvis Presley y el jopo a lo James Dean, debutaba en televisión el Club del Clan, una burbuja musical que hizo estallar el rating. Lavié formó parte del programa que promovió a una camada de figuras como Palito Ortega, Violeta Rivas, Johnny Tedesco, Lalo Fransen y Chico Novarro. El tango aparecía como símbolo del pasado, una situación que se profundizaría con los años. ¿Los tangueros tradicionalistas nunca le perdonaron del todo haber pasado por el Club del Clan? Es que yo siempre me sentí atraído por diferentes músicas y ritmos. Yo escuchaba jazz, música brasileña, italiana. Seguía a los crooners norteamericanos. Es más: cuando cantaba en el cabaret Maipú Pigalle, con la orquesta típica de Héctor Varela, me iba entre las tandas a otro boliche en la esquina para cantar boleros. Nunca me sentí un cantor de tango en sentido estricto. He grabado temas de Leonard Cohen, de Charly, de Fito. Siempre luché contra el prejuicio, no hay géneros para mí. Solo hay música buena o mala. Algunos no me lo perdonaron. Al mismo tiempo, el Club del Clan fue un boom. ¿Ahí dio el salto de popularidad? Sí, el éxito del programa de televisión fue tremendo. Y digo más: el Club del Clan nació conmigo. Cuando Alejandro Romay llegó desde Tucumán, me convocó para hacer un programa en Radio Libertad. Ese fue el germen del suceso. Yo venía de cantar con la Nueva Ola, donde éramos una serie de artistas contratados para grabar éxitos. Yo incluso llegué a cantar temas de folclore, con una orquesta y unos arreglos pensados al estilo de Michel Legrand, un célebre compositor francés. Mi estilo despertó adhesión, y casi enseguida fui popular. Sin embargo, nunca dejó de cantar tango. Los años 60 fueron una época de enormes cambios, con The Beatles, Elvis Presley, el rock argentino. El director de RCA, Ricardo Mejía, quiso capitalizar todo ese cambio creando el Club del Clan. Yo lo integré junto con varios muchachos, pero el error es pensar que hubo un culpable. Era el clima de época, los jóvenes se iban distanciado del tango. Ahora, yo en un momento sentí deseo de regresar al tango, porque no estaba de acuerdo con todo lo que grababa en el Club del Clan, se mezclaba mucho, y lo tenía que hacer a la fuerza. Y volví entonces al primer amor, de acuerdo con cómo yo sentía el tango. Ese era mi destino. Pero estoy muy orgulloso de haber integrado el Club del Clan. ¿Desde muy chico sintió que su destino estaba en el canto? No, para nada. A mí lo que me gustó desde chico fue el dibujo y la pintura. Yo no elegí el canto, el canto me eligió a mí. Llegué de casualidad. En el colegio nunca quise ir a las clases de música, me aburría el solfeo, siempre me ponía a dibujar. Atesoro mi cuaderno de cuarto grado, en el que solo hay dibujos. Hasta el día de hoy, adoro dibujar. ¿Y entonces, cómo llegó al tango? De chico tuve un amigo al que le gustaba Gardel, muy tanguero y siempre compraba la revista El alma que canta. Una vez lo acompañé a una prueba de canto, me escucharon hablar y me dijeron que tenía una buena voz. No quise dar la prueba, pero di mi dirección. A los tres días vino uno de los que tomaba la audición a mi casa, y obligó a mi familia a que me mandara a estudiar canto. ¿En su casa no se escuchaba música? Mi abuela escuchaba la radio. Había programas musicales. El tango formaba parte del sonido en Rosario. Era la música por excelencia. Todos conocíamos tangos, cantores y orquestas típicas, fue nuestra educación sentimental. Cuando tenía 15 años, empecé con una orquesta profesional en LT8 de Rosario. Pero al director artístico no le gustó como cantaba y me hizo echar. Edmundo Rivero, que cantaba de muy joven con la orquesta de Horacio Salgán, fue rechazado por un director artístico Sí, fue increíble. En Rosario me echaron porque no les gustaba como cantaba, y al poco tiempo en Buenos Aires firmé un contrato formidable con Radio El Mundo, que era la primera emisora del país. La historia fue así: me vine a esta ciudad y en pleno centro me encontré con un cantante rosarino al que le conté que se había terminado mi carrera. Él no podía creerlo. Me puso en contacto con Radio El Mundo, cuyo director artístico era Antonio Carrizo y el director musical Víctor Buchino. Me tomaron una prueba, me fue bien y se sumé como cantor solista. En ese momento me bautizaron como Raúl Lavié, hasta ahí usaba mi apellido familiar, Peralta. A mí lo que me gustó desde chico fue el dibujo y la pintura. Yo no elegí el canto, el canto me eligió a mí. Llegué de casualidad Desde hace décadas también desarrolló una carrera en el cine, la televisión, el teatro. ¿Cuál fue su formación? Yo no estudié actuación, ni pintura, ni dibujo. Soy un autodidacta completo, a pura intuición. Cuando me involucro en algo es porque tengo fe. Por ejemplo, en 1965 me metí en el teatro para ampliar a mi carrera de cantante, porque yo quería perdurar y me sentía seguro de hacer cosas nuevas. Me tiré el lance con el director Juan Silbert para trabajar en la comedia musical Los fantásticos; él quería, pero los productores dijeron que no. Al tiempo, cuando Silbert montó Locos de verano, en el Teatro San Martín, me convocó y fui el coprotagonista. No paré más. ¿Y estudió canto? Empecé a estudiar cuando era cantante profesional y ya tenía definido el color de voz. Cuando trabajaba con la Típica de Héctor Varela, que era una orquesta con un ritmo muy vertiginoso, terminaba agotado, porque además se presentaba a cualquier hora. Intenté estudiar, pero no me sirvió de mucho. Entonces encontré un libro que fue fundamental, no sobre canto, sino acerca de la técnica de respiración. Me encerraba en el baño de la pensión donde vivía a hacer los ejercicios respiratorios. Eso me sirvió mucho. Hay muchos cantantes que se formaron de manera autodidacta. Lazos familiares Contra cualquier presunción apresurada, detrás de su sonrisa y su carisma, Lavié ha tenido una vida compleja, con un camino que no fue precisamente llano, atravesando tormentas que lo pusieron a prueba. Nacido en Rosario en 1937, criado por los abuelos en un hogar humilde del pueblo santafesino de Sunchales, nunca conoció a su padre. ¿Si me sentí afectado alguna vez por no conocerlo? Son cosas que me sigo preguntando. Había un código de silencio en mi familia. Cuando cumplí un mes y medio, mi mamá me entregó a sus padres, mis abuelos. ¿No fue peor el silencio frente a un tema tan sensible? Nunca tuve problemas que me afectaran a nivel psicológico o algo que me doliera; lo viví con tranquilidad. A mi madre tampoco le pregunté absolutamente nada sobre mis orígenes, porque ella no hablaba de eso. Después me arrepentí, porque tal vez hubiera sido bueno hablarlo con ella y que limpiara un poco todas esas historias, pero preferí no invadirla. A mi padre nunca lo conocí. Recién supe quién fue hace algunos años. ¿Y cómo había sido la historia entre sus padres? Mi madre era oriunda de Sunchales, el pueblo de Santa Fe donde vivía con toda mi familia, abuelos, tíos y tías. La década infame de 1930 fue un momento durísimo, de entre guerras. Ahí comienza esta historia, porque en Sunchales no había trabajo. Mi madre y mis tías se las rebuscaban como podían, porque además a las mujeres les era muy difícil conseguir trabajo. Por eso, decidieron viajar a Rosario, empezaron a buscar empleo en empresas, pero no encontraban, y se les acababa la poca plata que traían. Buscaron como empleadas domésticas en casas de familia. ¿Así ella conoció a su padre? Sí, mi madre, que era una mujer increíble, estaba preparada para enfrentar los cambios. Cuando empezó a trabajar en la casa de la familia de mi padre, se sintió bien, fue muy apreciada. Ella y mi padre tenían una edad parecida, 20 años. Se enamoraron, pasó lo que pasó y quedó embarazada. Hubo un grave problema, un cisma en la familia acomodada de abogados de mi padre, que cuidaba mucho su parte social. No se aceptó el embarazo. ¿Y su madre se plantó? Fue un momento duro. Él presionó para que mi madre entendiera. Ella se puso de punta y dijo que su hijo iba a nacer, que no necesitaba la ayuda de ellos, ni necesitaba que me reconocieran. A mí me pusieron mi apellido materno. Después él, arrepentido, quiso casarse y reconocerme, pero ella se negó rotundamente. Debía estar muy lastimada. ¿Quién lo crio? Mis abuelos. Mi madre quedó en Rosario, tenía que trabajar. Entonces me entregó a mis abuelos, que me educaron. Con mi madre nos veíamos cuando yo viajaba a Rosario, a pedido de ella. ¿Pasó penurias económicas? Sí. Vivimos en casas en las que compartíamos cocina y baño con otras familias. Tuve una familia muy respetuosa de los espacios que ocupaba. Siempre me decían: somos humildes y trabajadores, pero no somos ladrones, ni tenemos apetencias para subir de clase. Yo a los 12 años empecé a trabajar para ayudar a mis abuelos. En 2019 tuvo que afrontar otra dura prueba, con la partida de su hijo mayor que tuvo con Pinky, Leo Satragno. Leo era un canto de luz. Cuando se enfermó de cáncer de vejiga, empezó un tratamiento. Y esa primera parte salió bien, bajó la intensidad de la enfermedad, estaba mejor. Yo salí de gira por Japón e iba a los templos a rogar por él. Cuando reaparece la maldita enfermedad, intenté volver a trabajar con él, pero ya no podía. Hablábamos mucho sobre la fe. Yo nunca me mostré angustiado, ni insulté al destino ni a Dios ni a nada. Y él tampoco: cuando lo iba a visitar siempre estaba con una sonrisa, me hacía escuchar música y toda la familia lo acompañaba. El día que murió hice función de teatro. ¿Cómo fue eso? Yo lo fui a visitar, sabía que estaba muy mal. Después, cuando iba en el micro rumbo a Mar del Plata, donde hacía La jaula de las locas, me llegó la noticia de su muerte. Lloré todo el viaje y le dije a Laura, mi esposa: si no subo esta noche al escenario, no subo nunca más. En Mar del Plata, pedí que nadie me saludara y silencio total durante la función. Me maquillé, me cargué todo el vestuario y subí a escena para hacer una obra cómica. El teatro explotaba de público. ¿No lo intimida la idea de la muerte? Para nada, yo estoy concentrado en la vida. Hay una canción cuya letra dice: Mirando la vida pasar. Yo no quiero eso, siempre quise ser protagonista de mi vida. Tampoco quiero que me manden a un geriátrico, ni quiero sufrir. Estoy seguro de que no voy a sufrir, porque estoy sano. Pero insisto, no pienso en eso, uno vive y muere, no nos tiene que llamar la atención. El señor del tango Entre todos los capítulos que tuvo su trayectoria, hay uno muy especial: su participación en el espectáculo coreográfico y musical Tango argentino. Desde 1983, y durante más de una década, formó parte de una embajada de grandes cantores, músicos y bailarines que pusieron al tango nuevamente en la vitrina. No sucedió de un día para el otro, pero fue un parteaguas y abrió las puertas para el reconocimiento mundial del género, con temporadas en Broadway y en diferentes puntos del planeta. Lavié desmitifica que el éxito de Tango argentino haya sido inmediato, cuando la compañía debutó en el Teatro Châtelet, de París. No conseguíamos ni siquiera un teatro para ensayar, ni tampoco la ayuda para volar a Europa. Todo el mundo nos decía: ¿Qué van a hacer ustedes a París? O directamente nos tildaban de locos. Presagiaban que íbamos a volver al día siguiente. Los grandes responsables del suceso fueron Claudio Segovia, que murió hace poco, y Héctor Orezzoli. También tuvo que ver el director Jorge Lavelli, quien recomendó el espectáculo a las autoridades culturales parisinas. Ellos crearon un espectáculo muy inteligente, haciendo un relato de lo que era el tango, con un repertorio exquisito. Recorrí el mundo entero con Tango argentino. Entre el público estaban Mikhail Baryshnikov, Liza Minnelli, Anthony Quinn, Plácido Domingo. ¿Le quedó algo en el tintero? Me hubiera encantado grabar con Tony Bennett, eso me quedó pendiente. Fuimos amigos. Lo conocí cuando vino a cantar a Buenos Aires. Después cruzamos varias veces nuestros caminos, nos encontramos en San Francisco cuando hizo una exposición de pintura. Compartíamos el amor por las artes plásticas. La última vez fui a verlo al Gran Rex. Cuando lo saludé después del concierto, le dije: ¡Qué bien que cantaste!. ¿Y qué me respondió? No mejor que tú. ¿Cuál es su límite hoy, a la hora de aceptar una nueva propuesta artística? Yo prometí no hacer más teatro, pero después subo al escenario, me divierto y lo disfruto. El tema es que me cansa viajar todos los días desde mi casa al centro. Prefiero hacer shows puntuales. ¿Qué shows planea? Estoy generando ideas. Yo hice un espectáculo dedicado a Piazzolla y Borges, me gustaría darle una vuelta para hacerlo en el teatro, con despliegue de bailarines. Se va a titular Hombre de la esquina rosada, como el cuento de Borges. También saldré para Europa, en un tour de gente que se anotó para viajar conmigo, tengo confirmadas cuatro funciones en Milán y una de Venecia. Y hay varias cosas más en carpeta. No piensa en el retiro Al contrario: a veces pienso en qué estaré haciendo en 20 años. Seguiré cantando muchos años más. Bueno, proyectos no le faltan. Estoy fenómeno todavía. ¿Cómo no voy a estar feliz? Para agendar Astor y yo-su música y sus canciones. Concierto de Raúl Lavié. Domingo 29 de marzo, a las 13, en Bebop Club (Uriarte 1658).
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