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» Clarin
Fecha: 22/03/2026 07:29
A 50 años del 24 de marzo de 1976: el golpe más furioso y anunciado se empezó a cocinar mucho antes A 50 años del 24 de marzo de 1976: el golpe más furioso y anunciado se empezó a cocinar mucho antes El terrorismo de izquierda y derecha, una crisis económica severÃsima y la ineptitud del gobierno de MarÃa Estela MartÃnez de Perón crearon las condiciones para que las Fuerzas Armadas se arrogaran a sangre y fuego el rol de salvadoras de la patria. Aquello fue un cóctel fatal para una democracia sostenida con alfileres. Tres factores operaban en simultáneo contra las instituciones de la República, ante una ciudadanÃa fatigada y un tejido social quebrado. La cruzada criminal del terrorismo de izquierda y derecha, que sembraba el paÃs de asesinatos a diario; la crisis económica terminal, con inflación descontrolada, salarios pulverizados y protestas de un gremialismo en rebeldÃa; y la ineptitud del gobierno de MarÃa Estela MartÃnez, la viuda de Perón, incapaz de transmitir señales de gobernabilidad ante una oposición que tampoco mostraba coraje e ideas. Esa inoperancia y parálisis de la polÃtica pronto serÃa identificada por analistas y observadores como un vacÃo de poder, que alguien deberÃa ocupar. Causas y consecuencias, la convergencia de estos tres aconteceres los transformarÃa en decisivos para la gestación del golpe del 24 de marzo de 1976, del que se están cumpliendo 50 años. Al asomar aquel año, las calles eran un camposanto a cielo abierto. Bandas insurgentes de cuadros trotskistas y peronistas de izquierda guerreaban contra las patotas de la más oscura ultraderecha, ésta a buen cobijo del Estado: el anticipo de las razzias a domicilio de los Grupos de Tareas. La muerte era un lugar común y la polÃtica, un violento reñidero sin árbitro ni final. Ante ese escenario dramático, y a través de una baterÃa de decretos (firmados en febrero y octubre de 1975), Isabel Perón lanzarÃa el Operativo Independencia el 5 de febrero de ese año, que autorizaba las expediciones punitivas de las FF.AA. para erradicar la subversión a cualquier precio, según algunas interpretaciones. Italo Luder complementarÃa en octubre esa decisión polÃtica como presidente provisional, con la jefa de Estado en licencia por problemas de salud. Ambos impulsaban a la guardia pretoriana militar al acecho para neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos. En el libro Disposición final/La confesión de Videla sobre los desaparecidos, de Ceferino Reato, periodista, investigador y politólogo, experto en el repaso de ese turbulento perÃodo que alterarÃa para siempre la paz de la Nación, desde su prisión en Campo de Mayo Jorge Videla le dirÃa al autor que los militares interpretarÃan esas normas como una licencia para matar. Escudados en la letra ambigua de la burocracia gubernamental, obrarÃan en consecuencia. Con Perón aún en vida, los crÃmenes polÃticos ya laceraban la sociedad. El terrorismo no apuntaba sólo a los militares. Asesinaba empresarios o los secuestraba con fines extorsivos. Asaltaba bancos, vaciaba armerÃas o mataba policÃas y hasta conscriptos para quitarles sus piezas reglamentarias. Procuraba dinero para financiar sus proyectos y poder de fuego para concretarlos. Una manera de aproximarse a su utopÃa insurreccional. Dos terrorismos y miles de muertos que apuraron el golpe En definitiva, los años de plomo, fuego y muerte no empezaron el 24 de marzo de 1976. Las expediciones terroristas de la guerrilla en los territorios castrenses fueron uno de los antecedentes, no el único, que azuzó la revancha de los cuarteles, ávidos de venganza desde que los comandantes de entonces fueran echados de la Plaza el 25 de mayo de 1973, en la asunción de Héctor Cámpora y su séquito de jóvenes militantes con borrachera revolucionaria, al grito de ¡se van, se van, se van y nunca volverán! No se fueron. Volvieron. Y no estarÃan solos. Los dos terrorismos, de izquierda y derecha, a su manera, apurarÃan el golpe. En esa cruenta disputa por la tutela ideológica de aquella Argentina errática, el peronismo isabelino elegirÃa dónde pararse en la lucha de cárteles polÃticos, y le darÃa un sigiloso aval a la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), sicarios reclutados por López Rega entre los matones remanentes de las fuerzas policiales, militares de baja graduación, las cloacas de la peor Inteligencia y hasta delincuentes comunes con un prontuario de alta calificación en el mundo del delito. Ese organismo paraestatal, claro antecesor del modo operativo del terrorismo de Estado, fue un escuadrón de la muerte amparado por la impunidad: secuestros y crÃmenes a sangre frÃa, y a la luz del dÃa, viajaban en Falcon verde, emblema motorizado de la represión genocida posterior, que ya entonces circulaban por las calles. La banda elegirÃa vÃctimas calificadas, en una saga que pareció haberse potenciado luego de la muerte de Perón y el crecimiento en el poder de José López Rega, guÃa polÃtico y mentor esotérico de la presidenta, bajo la misteriosa nomenclatura de Hermano Daniel. El diputado Rodolfo Ortega Peña, el sindicalista y polÃtico cordobés Atilio López, el militante Julio Troxler y el intelectual Silvio Frondizi encabezaron la nómina de una secuencia fue aterradora. Un relevamiento que circuló en los medios de la época adjudicarÃa a la manada lopezrreguista más de dos mil muertes en sólo treinta meses de operatividad. El diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman, un fogonero de las usinas del golpismo, quien luego terminarÃa siendo una vÃctima de la dictadura, sometido a secuestro y tortura, escrutaba con prolijidad cada dÃa los episodios violentos y llegó a afirmar que cada cinco horas ocurrÃa en el paÃs un asesinato polÃtico y cada tres estallaba una bomba. El periodista Andrew Graham-Yool, del Buenos Aires Herald, llevarÃa el registro de la violencia de entonces, según el cual sólo en 1975 hubo 1.065 vÃctimas, casi tres asesinatos por dÃa, de izquierda, derecha, centro o sin pertenencia ideológica especÃfica. Tremendo. En términos parecidos, el licenciado en Historia, investigador y periodista Marcelo Larraquy aportarÃa en el libro Los dÃas salvajes/Historias olvidadas de una década crucial 1971-1982 datos que estremecen: En enero de 1976, una oleada de secuestros en la provincia de Córdoba conmueve a todo el paÃs. Hay alrededor de sesenta vÃctimas que no aparecen. No se sabe si están vivas o muertas. La cacerÃa urbana no se detiene. Un cable de la Embajada de EE.UU. en Buenos Aires, informarÃa a la Casa Blanca el 9 de marzo de 1976 que durante los últimos tres años (cuando se sucedieron cuatro gobiernos constitucionales del peronismo) más de dos mil argentinos han muerto como resultado de la violencia polÃtica. Lejos, el mayor número de esos muertos fue causado por los terroristas de izquierda y de derecha. Como corolario de su impronta vandálica, la Triple A apuntarÃa además al mundo de la cultura y obligarÃa al exilio a artistas, intelectuales y periodistas, en un listado que, entre muchos más, y sólo por mencionar a los más notorios, comprendió a Héctor Alterio, Nacha Guevara, Norman Briski, Alfredo Alcón, Luis Brandoni, Susana Rinaldi, Carlos Carella, MarÃa Rosa Gallo, Carlos Somigliana, Osvaldo Soriano, David Stivel, Ricardo Halac, Robert Cox. Una historia repetida: inflación y crisis económica Para colmo de males, la vida cotidiana de las familias era un tormento y no sólo por el azote de la violencia. Los precios subÃan todos los dÃas, los reclamos sindicales cercaban al gobierno, los salarios se evaporaban apenas cobrados. Reato recuerda que la inflación de marzo de 1976 habÃa llegado al 38% y en ese primer trimestre del verano ya trepaba al 98.1%. Argentina se habÃa vuelto un paÃs tóxico. En el momento del golpe aún se sufrÃan las secuelas del Rodrigazo, virulento ajuste de la economÃa lanzado el 4 de junio de 1975 por el ministro lopezrreguista Celestino Rodrigo, que devaluarÃa la moneda casi un 100% y aumentarÃa alrededor del 75% combustibles y tarifas. También se liberarÃan los precios, hasta entonces bajo moderado control. Las negociaciones salariales serÃan anuladas y postergadas hasta 1977. Veneno puro para la clase media y los trabajadores fabriles. Observadores y analistas lo considerarÃan como el primer indicador estructural en materia económica del golpe de 1976. Emilio Mondelli, el último de los seis ministros de EconomÃa que usarÃa la viuda de Perón en apenas 21 meses de gestión, lanzarÃa sólo 15 dÃas antes de la intervención militar otro fuerte ajuste, pero sin espaldas polÃticas para aguantarlo. Isabel estaba estresada, consumida. Pesaba 45 kilos y se la veÃa domesticada por sedantes y ansiolÃticos. La rodeaba un entorno que respondÃa más a López Rega, activo desde el exterior, que a ella misma. HabÃa estado de licencia entre el 13 de septiembre y el 16 de octubre y sufrirÃa una internación de diez dÃas aquejada por dolores abdominales, en noviembre, recién regresada de su descanso. Su cuerpo no daba más. Un paper de circulación reservada, pero leÃdo en los escritorios del poder de entonces, aseguraba que en los 308 dÃas de 1975 que transcurren desde el 1º de enero hasta el 4 de noviembre, (la presidenta) trabajó 138 dÃas y descansó 170. No era un texto destinado a mostrar preocupación por su salud. Algo de eso habÃa percibido poco antes Robert Hill, embajador de EE.UU. en la Argentina, quien en un cable secreto del 10 de septiembre de 1975 informaba a sus jefes de Washington: El poder polÃtico no reside más en la presidente... Hay un vacÃo de poder y no será ella quién lo llene. El problema es que la señora de Perón puede no darse cuenta de que el juego está terminado. Sin embargo, poco antes del 24 de marzo, el paÃs republicano aún respiraba y miraba al radicalismo. Ricardo BalbÃn, su jefe histórico, accederÃa a hablar por cadena nacional el 16 de febrero. Ya no era el BalbÃn del abrazo histórico con Perón, su enemigo del ayer. Su retórica pareció más un resignado pésame en los funerales de la democracia que una defensa republicana. DirÃa que algunos suponen que yo he venido a dar soluciones, y no las tengo. Pero las hay... para que todos juntos, los argentinos, aunque sea con muletas, pero lleguemos a las elecciones presidenciales ya convocadas por la jefa de Estado para el 17 de octubre de ese año. Sólo faltaban poco más de siete meses. El paÃs real, el del terrorismo cotidiano, el del ajuste brutal y la sensación de ingobernabilidad flotando en el aire, tenÃa presente un discurso anterior. El que habÃa dado Videla en Famaillá, en la espesura del monte tucumano, en la Nochebuena de 1975, un dÃa después del ataque del ERP en Monte Chingolo, y una semana más tarde del misterioso ensayo golpista del brigadier Jesús Capellini, del 18 de diciembre, que tuvo un error de cálculo. Se anticipó al 24 de marzo, por eso ni el Ejército ni la Armada lo apoyaron. En la vÃspera navideña, Videla habÃa decidido acompañar a los soldados en ese acecho continuo al terrorismo del ERP. No tuvo la poesÃa de BalbÃn, tendrÃa el frÃo cinismo de un mesiánico ungido como presunto salvador de la Patria, que en verdad encubrÃa un amenazador mensaje a la sociedad civil sobre lo que vendrÃa luego del aparente alivio que llegarÃa con la intervención armada. En medio de una retórica engañosa, dejarÃa frases que la Historia y la Justicia condenarÃan con cárcel perpetua una década después: el Ejército Argentino en operaciones, aquà en el corazón del monte tucumano, como en todo el ámbito del paÃs, lucha armas en mano para lograr esa felicidad y esa paz que mi mensaje clama... Tenga presente el Ejército, y compréndalo la Nación, que la delincuencia subversiva, si bien se nutre de una falsa ideologÃa, actúa favorecida por el amparo que le brinda una pasividad cómplice... Frente a estas tinieblas la hora del despertar del pueblo argentino ha llegado. La paz no sólo se ruega, la felicidad no sólo se espera, sino que también se ganan. En las dramáticas horas finales también resonarÃan palabras polÃticas extraviadas. No me lo silben mucho al pobre Mondelli, dirÃa la presidenta Isabel en la CGT el 20 de marzo, luego de que el ministro detonara un nuevo terremoto en los bolsillos con una baterÃa de medidas impopulares, que ya en dictadura continuarÃa por cinco años José Alfredo MartÃnez de Hoz, con su apertura de la economÃa, estÃmulo a las importaciones, dólar barato y auge financiero en detrimento del paÃs fabril y productivo. El 22 de marzo, al regresar a la Argentina, el empresario Jorge Antonio, viejo amigo de Perón y principal financista de su destierro, dirÃa: Si las Fuerzas Armadas vienen a poner orden, respeto y estabilidad, bienvenidas sean. Ese mismo dÃa, del otro lado del charco, en Montevideo, Casildo Herreras, secretario general de la CGT, sorprenderÃa con aquello de Yo ya me borré. Penosas frases residuales de un peronismo agónico. El 24 de marzo, a las 0:50, al descender del helicóptero presidencial en Aeroparque por falsos problemas técnicos, Isabel serÃa notificada por el general Villarreal que ya no gobernaba al paÃs y que estaba a disposición de las Fuerzas Armadas, A las 3:30 el comunicado número uno de los golpistas dirÃa que a partir de la fecha, el paÃs se encuentra bajo el control operacional de la junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas Videla, Massera y Agosti pasaban a constituir la Junta de Comandantes, órgano supremo del Estado: cesaba la Constitución, se clausuraba el Congreso, se prohibÃa la actividad polÃtica y sindical, se impondrÃa una severa censura, sólo sonaba la cadena nacional para emitir comunicados, con pantalla negra y el escudo nacional de fondo. Sorpresivamente, ya pasado el mediodÃa, se transmitió en directo desde Chorzow, Polonia, el triunfo de Argentina por 2-1 ante la Selección local. El fútbol ya se perfilaba como un fabuloso negocio y una herramienta de todas las polÃticas. Transcurrido medio siglo de la mayor tragedia polÃtica argentina, es oportuno recordar que la deuda externa saltó de US$ 6.000 millones al momento de derrocar a Isabel a US$ 45.000 millones al momento en que Bignone colocó la banda presidencial a AlfonsÃn. -Han pasado cuatro generaciones, pero hay dolores que sólo cesarán cuando ya no queden testigos presenciales de aquellos dÃas de espanto. Quedarán, en cambio por siempre y para siempre, las palabras del fiscal Julio César Strassera, en el juicio a las Juntas de Comandantes responsables del genocidio, que cambiarÃan para siempre la impunidad del golpismo nacional: Señores jueces, Nunca Más. Sobre la firma Newsletter ClarÃn
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