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» TN
Fecha: 22/03/2026 05:46
En Avenida Rivadavia 6283, el tiempo no transcurre, solo se acumula. Eduardo Alonso tiene 86 años y una certeza aprendida después de tanto recorrido: es imposible contar lo que posee. En su local de Flores, los botones no son mercadería, son partículas de una Buenos Aires que ya no se viste como antes. Eduardo llega antes que nadie, incluso los domingos, para habitar ese silencio, rodeado de millones de piezas que custodian una historia de espejos y ausencias. Leé también: El tesoro de Norma: la historia de la mujer que compró una casa para exhibir más de 6000 frascos de perfumes El origen de El rey de los botones se remonta a 1933, cuando su padre emigró de España para clasificar los muestrarios que llegaban de Europa. Pero la verdadera mitología del lugar comenzó con un binomio: Eduardo y Horacio, hermanos gemelos, una misma estampa que, ya en el recreo escolar, convertía botones en yo-yos para vender a los compañeros. A los 14 años, la curiosidad se volvió industria. Compraron una plancha de galalita y, con una sierra, empezaron a troquelar discos que luego pulían a la piedra. La producción empezó a los 14 años. Hacíamos cuadrados, los pulíamos y les dábamos el baño. Ese fue el primer botón producido por mí y mi hermano, recordó Eduardo a TN. El éxito fue una coreografía compartida: en los años 60, él se encargaba del mostrador y Horacio de la fábrica. Era la época dorada de los tres locales, el saco y la corbata obligatorios, y un movimiento que no daba abasto. Sin embargo, la simetría se quebró de forma trágica. A los 38 años, un accidente de tránsito se llevó a Horacio. Eduardo perdió su reflejo y su mejor amigo. Fue muy duro. No sé si es porque éramos gemelos, pero era el mejor amigo que tenía. Éramos muy compinches, dijo. La pérdida se le metió en el cuerpo bajo la forma de un cáncer de próstata que los médicos sentenciaron como terminal hace cuatro décadas. Eduardo, testarudo, decidió seguir. El trabajo no fue una carga, sino el método para ganarle tiempo a la muerte. Hoy, Eduardo habita el local como quien camina un club privado sin la admisión de otros miembros. Conserva materiales antiguos y piezas que los turistas europeos vienen a buscar como si fueran reliquias arqueológicas. Eduardo observa con ojo crítico la decadencia del rubro textil: los botones de hoy, de plástico fino para telas sin la calidad de otra época, no tienen la nobleza de sus piezas torneadas. Leé también: Tiene 81 años, es jubilado y vende manzanitas para llegar a fin de mes: No pido plata, solo alimentos Los domingos son su ritual más sagrado. Se levanta a las siete, compra facturas para su mujer y se encierra en el negocio hasta el mediodía. No hay clientes, solo la radio y la tarea pendiente. Vengo aquí y me distraigo. Vengo a tirar cosas o a terminar un trabajo. Saco algo en limpio y para mí es como un premio, sostuvo. En ese refugio, entre fotos de su hija Marisol bailarina y medalla de oro en el Colón y el polvo de los estantes, Eduardo sigue fabricando. A veces, el recuerdo de Horacio aparece en un sueño o en el gesto de tornear una pieza nueva. No hay queja, solo una aceptación elegante de los ciclos. Uno se va antes que otro y bueno... tuve suerte. Hay que superar las pérdidas, expresó. Antes de apagar la luz, Eduardo se para frente al mostrador y sintetiza su existencia con la sobriedad de quien sabe exactamente quién es. En su reino de Flores, el último monarca del ojal sigue resistiendo. Un botón a la vez. Foto: Juan Pablo Chaves. Edición: Adrián Canda y Belén Duré.
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