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Fecha: 14/03/2026 15:11
Para muchos adolescentes, no hay nada peor que pasar el rato con sus padres. Pero, ¿y si los lazos familiares durante la adolescencia se tradujeran en una mejor vida social más adelante? Un estudio publicado en enero en la revista JAMA Pediatrics descubrió que una relación estrecha y afectuosa con los padres durante el bachillerato se asociaba a una serie de métricas sociales positivas hasta dos décadas después. Los investigadores analizaron seis resultados, como tener tres o más amigos íntimos o socializar al menos una vez a la semana. Descubrieron que una alta conexión social en la edad adulta era dos veces más común entre quienes habían sentido los lazos familiares más fuertes en la juventud, en comparación con quienes los habían sentido más débiles. "Tendemos a pensar que la soledad adulta o la baja conexión social son subproductos de la elección individual o de las estructuras sociales adultas", dijo Andrew Garner, pediatra e investigador de la Universidad Case Western Reserve, quien no participó en la investigación. Este estudio, en cambio, "nos obliga a pensar en términos de desarrollo". Los investigadores saben desde hace tiempo que una relación fuerte entre padres e hijos se correlaciona con el bienestar en la edad adulta, pero la mayoría de los estudios se han enfocado en medidas internas como la autoaceptación o el sentido de propósito, más que en dimensiones externas como la satisfacción con las relaciones. Pero en una era de redes sociales y menos interacción en persona --tan grave que el cirujano general de Estados Unidos declaró en 2023 una "epidemia de soledad"--, los epidemiólogos están prestando más atención al papel del aislamiento en los resultados de salud, ya sea ansiedad, enfermedades cardiovasculares o mortalidad prematura. Algunos proveedores de servicios médicos también han cambiado en consecuencia. Robert Whitaker, autor del nuevo estudio y catedrático de pediatría clínica del Colegio Vagelos de Médicos y Cirujanos de la Universidad de Columbia, ha intentado invertir el enfoque tradicional ayudando a las familias a comprender lo que pueden hacer, en lugar de lo que deben evitar. "En realidad, no establecemos estudios para hacer ese tipo de preguntas", dijo. "Siempre estamos intentando buscar y mitigar el riesgo, y eso está bien, pero no conduce necesariamente a una comprensión completa de por qué a las personas les va bien". Históricamente, la investigación sobre el desarrollo social también ha dependido de que los participantes recordaran su infancia, un método propenso a la falibilidad de la memoria. En lugar de eso, Whitaker y sus colegas utilizaron datos del Estudio Longitudinal Nacional de la Salud del Adolescente al Adulto, que siguió a un grupo nacionalmente representativo de adolescentes desde el séptimo grado hasta que tenían más de 30 y 40 años. Los estudios naturalistas que siguen a los sujetos en tiempo real son poco frecuentes. "Dos décadas de información nos dan una mayor idea de la verdad", dijo David Willis, profesor de pediatría de la Universidad de Georgetown, quien no participó en el estudio. "Dos décadas de información son convincentes. Es algo importante". En sus primeros años, los participantes valoraron cuánto los comprendían sus familiares, cuánto se divertían juntos y si se sentían cuidados y queridos, entre otras métricas. Whitaker y sus colegas calcularon el promedio de las distintas respuestas de cada uno de los 7018 participantes en "puntuaciones de conexión familiar" individuales, y luego agruparon a los participantes en cuartiles. Cuando los adolescentes se hicieron adultos, se les preguntó por la estructura, función y calidad de diversas conexiones sociales. Tras controlar variables de confusión como la raza, el sexo y el nivel educativo de los padres, el equipo de Whitaker descubrió que los adolescentes del cuartil más alto de puntuaciones de conexión familiar tenían una prevalencia de conexión social alta en la edad adulta superior en 23,4 puntos porcentuales a la de los del cuartil más bajo. Solo el 16,1 por ciento de los adolescentes del cuartil más bajo de conexión familiar acabaron teniendo una conexión social alta en la edad adulta; el 22 por ciento de los del segundo cuartil más bajo; el 28,6 por ciento de los del tercer cuartil más bajo; y el 39,5 por ciento de los del cuartil más alto. La magnitud de la asociación fue coherente en las seis métricas utilizadas para medir el bienestar social de los adultos. "Pasan muchas cosas entre los 16 y los 37 años", dijo Whitaker. "La vida es complicada. Intervienen muchas variables. Así que tener algo que siga mostrando una asociación significativa a lo largo de 20 años es poderoso". Aunque la investigación no examinó los mecanismos en juego, los expertos creen que los padres que establecían una manera de relacionarse saludable estaban modelando habilidades y hábitos que sus hijos podrían adoptar y aplicar más adelante. Los autores escribieron que los pediatras podrían ayudar apoyando a los padres que no crecieron con este tipo de relaciones. Llegaron a la conclusión de que, si ayudaban a los padres a sentirse seguros y vistos incluso en momentos de incertidumbre, estos podrían, a su vez, ofrecer esa estabilidad a sus hijos. "Esto valida lo que los pediatras intentan hacer cada día", dijo Garner. "Claro, queremos que los niños reciban sus vacunas, y nos encanta ayudar a los padres con hitos concretos como comer sano, aprender a ir al baño y dormir bien. "Pero también queremos asegurarnos de que todos los niños sean vistos, comprendidos y valorados", añadió, por el bien de su salud a largo plazo. La esperanza es que se obtengan beneficios significativos durante generaciones, dijo Willis. "Dos décadas después", dijo, "muchos de esos adolescentes son ahora ellos mismos padres". Emily Baumgaertner Nunn es reportera nacional de salud para el Times, y se centra en cuestiones de salud pública que afectan principalmente a las comunidades vulnerables.
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