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  • Nikola Tesla, inventor: "Las mujeres extraordinarias hacen imposible que hombres como yo puedan vivir con ellas"

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    Fecha: 11/03/2026 05:13

    ¿Queremos al otro porque es especial o es especial porque lo queremos? Cuando Nikola Tesla llegó a New York City en 1884 tenía 28 años, un acento extraño para los oídos estadounidenses y una certeza absoluta: iba a cambiar la historia de la electricidad. Había nacido el 10 de julio de 1856 en Smiljan, un pequeño pueblo del Imperio austrohúngaro y desde joven sentía que su destino era excepcional. Tenía una memoria prodigiosa, una imaginación visual fuera de lo común y una disciplina al borde de la obsesión. Era el cuarto de cinco hijos. Leé también: Carmen Polo y el dictador Francisco Franco: la historia de amor que sobrevivió a la guerra, al poder y al odio Su padre, Milutin Tesla, era sacerdote de la Iglesia ortodoxa serbia y además un hombre muy culto, gran lector y excelente orador. Durante años insistió en que su hijo siguiera sus pasos en la vida religiosa. Nikola, sin embargo, sentía desde chico una fascinación casi obsesiva por la ciencia, las máquinas y la electricidad. Ese conflicto marcaría su juventud: el padre soñaba con verlo en el púlpito; el hijo imaginaba motores, corrientes invisibles y ciudades iluminadas por energía. La figura decisiva para su imaginación fue su madre, Georgina uka, una mujer brillante que, aunque no sabía leer ni escribir, tenía una memoria prodigiosa y una enorme habilidad para inventar herramientas domésticas. Nikola siempre diría que su capacidad para visualizar máquinas completas en su mente venía de ella. Dormía poco. Caminaba kilómetros cada noche. Trabajaba durante horas sin parar. Su vida estaba diseñada para una sola cosa. Inventar. Todo lo demás amistades, distracciones, romance quedaba en segundo plano. Con el tiempo lo explicaría con una frase que sorprendió incluso a sus fanáticos: No creo que un inventor deba casarse. Para Tesla, la creatividad exigía sacrificios radicales. Durante años sostuvo esa idea con una coherencia casi ascética. Hasta que entró en la casa de los Johnson. A comienzos de la década de 1890 Tesla tenía poco más de treinta años y ya era conocido en ciertos círculos de Nueva York. Fue entonces cuando empezó a asistir a las cenas que organizaban el escritor y editor Robert Underwood Johnson y su esposa, Katharine. Enseguida Johnson, editor de The Century Magazine, una de las revistas culturales más prestigiosas de Estados Unidos en ese momento, se convirtió en uno de sus grandes amigos y protectores. La casa de los Johnson era uno de los salones más interesantes de la ciudad. Científicos, periodistas, artistas y políticos se sentaban alrededor de la mesa para discutir literatura, ciencia, política y el futuro. Tesla, que normalmente evitaba la vida social, ahí parecía sentirse cómodo. Gran parte de la razón era Katharine. Nacida en 1858, apenas dos años después que Nikola, Katharine era inteligente, culta y tenía una curiosidad genuina por las ideas. Además, era una mujer llamativa, de ascendencia irlandesa y elegante en su porte. Caminaba con los hombros hacia atrás y la cabeza erguida. Su cabello empezaba a entrecanecer, pero conservaba un aire juvenil. Quienes la conocían recordaban sobre todo sus ojos: ligeramente coquetos, con una chispa de juego detrás de una mirada melancólica. Mientras muchos escuchaban al inventor con admiración pero sin comprender demasiado, ella le hacía preguntas precisas. Quería entender. Esa diferencia no pasó desapercibida. Tesla, que podía parecer distante o incluso frío, con ella mostraba algo distinto. Las visitas empezaron a repetirse. A veces las cenas terminaban tarde y las conversaciones seguían en algún rincón del salón. Otros días el científico volvía simplemente para charlar. En esos años su carrera estaba atravesada por una rivalidad feroz con Thomas Edison. Edison era mayor, famoso y poderoso. Tesla, más joven y todavía intentando consolidarse, defendía una idea que muchos consideraban arriesgada: la corriente alterna. La disputa pasó a la historia como la guerra de las corrientes. Hubo ataques en la prensa, demostraciones públicas y campañas para desacreditar al rival: el poderoso inventor Edison, que defendía su sistema de corriente continua frente a la corriente alterna que impulsaba Tesla. Era una batalla científica y también personal. En medio de ese clima, la casa de los Johnson se convirtió para Nikola en un refugio. Un lugar donde no tenía que convencer a nadie de nada. Y los oídos de Katharine una caricia para su alma. Una noche invitó al matrimonio a su laboratorio. El lugar parecía una mezcla entre fábrica y escenario teatral. Bobinas gigantes, cables colgando, máquinas que zumbaban en la oscuridad. Cuando Nikola encendió uno de sus dispositivos, relámpagos violetas atravesaron la habitación. Las chispas iluminaban su figura mientras caminaba entre descargas eléctricas como si fuera algo cotidiano. Katharine observaba encantada. Para alguien que vivía encerrado en cálculos y proyectos, ese tipo de atención era inusual. No era simple admiración: era comprensión. Y a veces, sentirnos entendidos es todo lo que necesitamos. Con el tiempo aparecieron gestos que muestran lo especial que era ese vínculo. Cartas afectuosas. Invitaciones. Libros compartidos. Incluso poesía que él traducía del serbio. Y también flores. Una relación sin intereses de por medio: ¿existe amor más genuino? Después de algunas de aquellas cenas, al día siguiente llegaban ramos a la casa de Katharine. No era algo habitual en Tesla. Quienes lo conocían sabían que tenía poca paciencia para los rituales sociales y las convenciones románticas. Era lo que se dice un bicho de laboratorio. Sin embargo, con ella hacía ese tipo de cosas. El detalle llamó la atención de su entorno. Había algo distinto. El elemento más delicado de la historia era evidente: Katharine estaba casada. Y su marido era íntimo amigo de Tesla. Lejos de generar conflicto abierto, esa situación produjo un equilibrio extraño. Nikola seguía visitando la casa, conversando con ambos, compartiendo veladas que se extendían hasta la madrugada. Durante años nadie habló de escándalo. Pero muchos historiadores coinciden en algo: Katharine fue probablemente la mujer más importante en la vida de Tesla. Hay quienes creen que en algún momento estuvo cerca de confesar lo que sentía. No hay una declaración directa documentada, pero sí recuerdos y comentarios de la época que sugieren una tensión silenciosa. El propio entorno parecía percibirlo. Katharine escribió sobre Tesla en más de una ocasión y lo describió como un hombre brillante y sensible, diferente a todos los demás que conocía. Para alguien como él, que pasaba gran parte de su vida solo entre máquinas, esa clase de conexión era rara. Los años siguieron su curso. Tesla nunca se casó. Nunca tuvo hijos. Continuó trabajando con intensidad obsesiva incluso cuando su fama empezó a disminuir y el dinero escaseaba. Pero la relación con los Johnson se mantuvo. Hasta 1924. Ese año Katharine murió. Tenía alrededor de sesenta y seis años. La noticia lo afectó profundamente. Algunos que lo conocían dijeron que fue uno de los golpes emocionales más fuertes de su vida. Después de eso su mundo social prácticamente desapareció. Con el tiempo empezó a quedar al margen del centro de la ciencia. Nuevos inventores, nuevas empresas, menos interés en sus proyectos. Nikola envejecía. Aun así seguía caminando largas horas por Nueva York cada noche. En esa etapa dejó otra frase reveladora sobre el amor y las mujeres: Las mujeres extraordinarias hacen imposible que hombres como yo puedan vivir con ellas. Tenía más de ochenta años cuando su vida se volvió casi completamente solitaria. Vivía en hoteles, trabajaba de noche y dedicaba parte del día a alimentar palomas. Una de ellas, una paloma blanca que lo visitaba con frecuencia en la ventana de su habitación, se volvió especial. Cuando habló de ese animal dijo algo que desconcertó a muchos: La amé como un hombre ama a una mujer. Para algunos fue una excentricidad más del inventor. Para otros, una pista sobre su vida sentimental. El 7 de enero de 1943, a los 86 años, Nikola Tesla murió solo en la habitación número 33 del Hotel New Yorker, en Nueva York. Al día siguiente, cuando una empleada entró después de ver varios días el cartel de No molestar colgado en la puerta, lo encontró sin vida. En la habitación quedaban papeles, cálculos, cuadernos y bolsas de semillas para las palomas que el científico alimentaba cada día. Leé también: Tenía un amor, una familia y un Nobel, pero su vida dio un giro inesperado: la historia más oscura de Einstein Había ayudado a crear el sistema eléctrico que hoy ilumina ciudades enteras. Pero la historia más íntima de su vida quedó en otro plano: esas conversaciones largas, las flores enviadas después de una cena, la inteligencia de Katharine Johnson que lo hipnotizaba. Un amor que nunca se declaró del todo. Y que quizás, precisamente por eso, todavía sigue generando preguntas más de un siglo después. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

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