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Concordia » Cadena Entrerriana
Fecha: 01/03/2026 21:40
El gendarme argentino Nahuel Gallo fue liberado después de 448 dÃas de una pesadilla inenarrable en Venezuela. El cabo primero de la GendarmerÃa Nacional Argentina dejó la cárcel El Rodeo 1, donde estuvo secuestrado sin comunicación con su familia, sin un proceso formal público, ni asistencia legal propia ni consular. Gallo fue vÃctima de desaparición forzada por una dictadura narcoterrorista que fue descabezada y que abrió sus cárceles como un gesto calculado, después de la espectacular incursión militar que llevó desde Caracas a Nueva York a Nicolás Maduro. Tres semanas después del ese operativo, y en medio de un proceso de liberaciones que lleva adelante el régimen, el argentino retornó al paÃs para reencontrarse con su pequeño hijo, VÃctor, con su pareja, MarÃa Alexandra, y con su madre, Griselda, que no se doblegaron y reclamaron sin respiro su liberación. Fueron 448 dÃas. 10.750 horas interminables. El primer indicio de su liberación habÃa ocurrido esta misma semana, cuando pudo comunicarse por primera vez con su mujer, MarÃa Alexandra. Ocurrió en medio de una entrevista radial. Infobae habló con ella poco después. Por el teléfono se escuchaban risas, alegrÃas y una mezcla de alivio y esperanza. Esa llamada habÃa confirmado dos cosas, después de tanta desolación: que AgustÃn Nahuel Gallo estaba vivo y que, efectivamente, estaba en El Rodeo 1. Para que esa comunicación ocurriera, pasaron muchas cosas, pero una fue central: todos los extranjeros que estaban allà comenzaron una huelga de hambre para exigir que se les aplique a ellos tambien la ley de amnistÃa que el régimen habÃa aprobado para los presos polÃticos. HabÃan pasado varios dÃas sin comer y el régimen decidió aflojar las cadenas. Es una apertura, sin embargo, que se logró por necesidad y urgencia, más que por convicción. La caÃda de Maduro y la liberación TodavÃa está vivo el recuerdo del operativo militar que sacó a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, de su alcoba para llevarlos a los tribunales estadounidenses para dar cuenta de sus crÃmenes de Estado y de los otros, principalmente, conspiración, narcotráfico y terrorismo. La noticia llegó como llegan las cosas que durante mucho tiempo se temieron imposibles: con alivio, pero también con cautela. Para la familia, la confirmación fue una explosión de alegrÃa inmediata y un alivio después de una pesadilla interminable, donde los peores miedos aparecieron una y otra vez. Es que Gallo no estuvo detenido: fue vÃctima de desaparición forzada, de un secuestro polÃtico. Para comprender el espesor real de esos 448 dÃas, hay que retroceder. Volver al punto exacto en el que la espera dejó de ser una expectativa y pasó a ser un abismo. Volver al dÃa en que Nahuel debÃa llegar y nunca llegó. Pero antes de reconstruir esa historia, hay que recordar que el gendarme fue un instrumento de la narcodictadura venezolana para desafiar a la Argentina gobernada por Javier Milei, quien siempre mantuvo una posición crÃtica sobre la naturaleza ilegal e ilegÃtima del régimen. En el medio de esta historia tenebrosa hubo acusaciones infundadas de magnicidio, la embajada en Caracas asediada, la ruptura de relaciones diplomáticas y una confrontación abierta. La reconstrucción de un calvario MarÃa Alexandra Gómez lo esperaba en Anzoátegui, adonde vivÃa entonces su madre y a quien habÃa ido a visitar. Era febrero y hacÃa calor. La casa estaba ordenada de una manera especial, no perfecta, sino preparada. VÃctor, que tenÃa poco más de un año, no entendÃa del todo qué significaba esa espera, pero percibÃa el clima. Los padres habÃan contado los dÃas para el reencuentro, hablado de horarios, de recorridos, de detalles mÃnimos. El viaje de Nahuel no tenÃa ningún misterio: cruzar la frontera, llegar, reencontrarse. HabÃa pedido autorización a la GendarmerÃa -estaba destinado en Uspallata, Mendoza- realizado todos los trámites correspondientes, como presentar una invitación, autorización especial y tenÃa previsto ingresar por un paso fronterizo formal. Ese dÃa, el contacto fue normal al principio. Un mensaje breve y tranquilizador. Un problema menor en la frontera, una demora. Nada que encendiera alarmas. En Venezuela, incluso lo irregular suele presentarse como cotidiano. Con el correr de las horas, el tono cambió. El último mensaje fue corto, impreciso y definitivo: Me están llevando. No dijo quiénes. No explicó por qué. No hubo tiempo para preguntas. Después, el silencio. MarÃa Alexandra pasó ese dÃa entero esperando que apareciera, esperando que sonara el teléfono, esperando una explicación mÃnima. La tarde avanzó sin respuestas. La noche llegó con una sensación que no se parecÃa a nada conocido. VÃctor se durmió sin su papá. Ella no durmió. Las primeras horas estuvieron atravesadas por la incredulidad. La idea de que se tratara de una detención administrativa, de un trámite migratorio que se resolverÃa pronto, funcionó como un refugio mental. Durante los primeros dÃas, esa hipótesis permitió sostener la calma. Los dÃas pasaron. Nadie llamó. Nadie explicó nada. Ninguna oficina respondió. El silencio empezó a ocuparlo todo. Con el correr de los dÃas, la palabra empezó a asomar, primero de manera esquiva, después con más fuerza: desaparición. Mucho tiempo después se supo que Nahuel habÃa recorrido varios centros de detención, hasta que llegó a su sitio defintivo: el penal de El Rodeo I. Saber dónde estaba no trajo alivio. Confirmaba que estaba vivo, pero también que habÃa quedado atrapado en uno de los engranajes más duros del sistema represivo venezolano, un lugar donde el tiempo se estira y la ley no existe. El Rodeo I es una cárcel donde están alojados presos polÃticos, mientras que los extranjeros estaban a cargo del temible DGCIM (Dirección General de Contrainteligencia Militar), que forma parte del aparato represivo que comanda el peligroso Diosdado Cabello. MarÃa Alexandra entendió entonces que su vida también habÃa cambiado. SeguÃa en Anzoátegui, con su hijo pequeño, en un paÃs donde reclamar podÃa ser peligroso. Empezó a recorrer oficinas, fiscalÃas, dependencias de seguridad y ámbitos diplomáticos. Cada puerta era una posibilidad mÃnima. Cada respuesta, cuando existÃa, era vaga. Promesas sin plazos. Frases hechas. Ninguna certeza. En febrero tomó una decisión difÃcil pero inevitable: mudarse a Caracas. No fue una mudanza planificada, sino un movimiento inevitable. Entendió que, si querÃa seguir reclamando, tenÃa que estar cerca de los lugares donde se concentraba el poder. Empacó lo indispensable, se llevó a VÃctor y dejó atrás la casa donde habÃa esperado a Nahuel. Llegó a una ciudad más hostil, más vigilada, más cargada de tensión. En Caracas, la rutina se volvió un peregrinaje. Oficinas de gobierno, organismos de seguridad, fiscalÃas y dependencias diplomáticas. Entrar, explicar, insistir, esperar. Salir sin respuestas. Volver al dÃa siguiente. Repetir. Durante meses, MarÃa Alexandra hizo ese recorrido con su hijo de la mano o en brazos. VÃctor aprendió a esperar en pasillos, a dormir siestas improvisadas, a adaptarse a una vida sin horarios claros. Mientras tanto, el régimen avanzaba con su relato. El 6 de enero del año pasado, Nicolás Maduro acusó públicamente a Nahuel Gallo de formar parte de una conspiración para asesinar a Delcy RodrÃguez. No presentó pruebas ni abrió una causa judicial real. Fue una acusación polÃtica, diseñada para justificar el secuestro y enviar un mensaje. Para MarÃa Alexandra, ese fue un punto de inflexión. Entendió que Nahuel no era un detenido común, sino un rehén. Las amenazas comenzaron a aparecer de manera indirecta: advertencias, silencios que decÃan más que las palabras, miradas que se repetÃan, gestos que no necesitaban explicación. La idea de que quedarse en Venezuela ya no era seguro se volvió cada vez más concreta. Pero irse también implicaba un riesgo: salir sin autorización, sin anunciarlo, sin dejar rastros. Durante esos meses, VÃctor siguió creciendo. Dijo nuevas palabras, cambió de talle, empezó a señalar fotos y a decir papá. Pasó dos Navidades sin él. En la primera, MarÃa Alexandra armó el árbol como pudo. En la segunda, dudó, pero lo hizo por su hijo. Pasaron dos fines de año sin brindis completo, dos veces mirar el reloj a las doce y pensar en alguien que no estaba, dos cumpleaños celebrados sin la presencia que debÃa estar ahÃ. A fines de mayo, la decisión ya estaba tomada: no estaban dadas las condiciones para quedarse. Después de meses de puertas cerradas y silencios calculados, MarÃa Alexandra entendió que la lucha debÃa continuar desde otro lugar. Se organizó entonces un operativo secreto de extracción. No fue una salida común. No hubo anuncios ni despedidas. Participaron el Ministerio de Seguridad argentino que en ese momento estaba a cargo de Patricia Bullrich, el apoyo de Estados Unidos y la colaboración de Colombia. La salida fue por Cúcuta. De allÃ, el traslado a Bogotá, luego una escala en Panamá y finalmente Buenos Aires. Todo el recorrido se realizó con extremo cuidado, siempre junto a su hijo, VÃctor BenjamÃn, sin margen para errores ni certezas absolutas, con la convicción de que quedarse ya no era una opción. En paralelo, Nahuel seguÃa preso. En El Rodeo I, los dÃas no se contaban: se soportaban. Interrogatorios, traslados, aislamiento. La falta de información era parte del castigo. Durante largos perÃodos, no supo qué pasaba afuera. No sabÃa si su pareja y su hijo estaban a salvo. No sabÃa si alguien seguÃa reclamando por él. En algún punto, entendió que su libertad no dependÃa de una causa judicial, sino de una negociación polÃtica. Que su cuerpo era una ficha. No fue el único. En mayo, otro argentino, Germán Giuliano, fue capturado mientras navegaba frente a las costas venezolanas. Dos historias distintas, una misma lógica: extranjeros tomados como rehenes para ganar margen frente a la presión internacional. Esa presión creció con el paso de los meses: reclamos diplomáticos, denuncias en organismos internacionales, exigencias públicas. Donald Trump reclamó la liberación de presos polÃticos y extranjeros. El régimen resistÃa, negociaba, ganaba tiempo. Hasta que el tablero se rompió. La incursión militar que terminó con la captura de Nicolás Maduro cambió el escenario. El lÃder de la dictadura narcoterrorista fue sacado de Caracas y trasladado a Nueva York, donde espera un juicio por narcotráfico. El régimen quedó descabezado. Delcy RodrÃguez asumió el control de un gobierno provisional sin legitimidad plena. En ese contexto, liberar rehenes se volvió una necesidad polÃtica. El anuncio lo hizo Jorge RodrÃguez. Fue frÃo y burocrático. Habló de razones humanitarias, evitó reconocer el secuestro y la palabra desaparición forzada. Ahora empieza otra cuenta regresiva: la del abrazo, la de un padre que volverá a ver a su hijo después de dos Navidades, dos fines de año, unos 450 dÃas de ausencia forzada. VÃctor cumplirá tres años el 21 de enero. A partir de ahora, su papá estará ahÃ. La historia de Nahuel Gallo no termina con su liberación. Quedan marcas, secuelas, preguntas. Pero queda algo firme: fue secuestrado por una dictadura narcoterrorista y sobrevivió gracias a la presión internacional y a una familia que nunca aceptó el silencio. Nahuel volverá. Y con él, una verdad incómoda: mientras existan regÃmenes que usan personas como rehenes, ningún viaje es solo un viaje. Puede ser una pesadilla. compartir
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