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» Clarin
Fecha: 21/02/2026 07:08
Termina la serie. Aparecen los créditos. Y ahí estamos: mirando la pantalla negra como si nos hubiese dejado un novio por mensaje de texto. Con Machos Alfa pasa eso. Te reís, te encariñás, te acostumbrás a esas voces que durante días te hicieron compañía. Y de golpe, fin. El algoritmo ofrece reemplazos urgentes, como quien acerca candidatos en una cita a ciegas. Pero ninguno llena ese vacío doméstico que deja una historia cuando se va. A los periodistas nos ocurre seguido con la hoja en blanco. Y no es porque nos falten temas. Se trata de un síndrome raro. El recordado Fabián Polosecki lo explicaba mejor que nadie: Hay algo peor que la angustia de la página en blanco. Algo peor que no tener ninguna historia que contar: es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas. El vacío no siempre es ausencia. A veces es saturación. Después del último capítulo, entonces, hacemos lo que hacemos siempre frente al hueco: elegimos algo del menú para llenarlo. Lo que venga. Otra historia. Pero en realidad nunca es cualquiera. Y ahí aparece La mujer del camarote 10, en Netflix. Una periodista agotada que acepta una invitación de prensa para cubrir una nota amable a bordo de un crucero por los fiordos noruegos. La primera noche escucha un golpe. Cree ver a una mujer que cae al mar desde el camarote 10. A la mañana siguiente le aseguran que allí no había nadie. Que está confundida. Que soñó. Que está cansada. Que descanse. Que disfrute el viaje. Y ahí se activa algo que cualquier periodista reconoce primero en el cuerpo y después en la cabeza. Y se parece bastante al síndrome posterior a una serie adictiva: esa sensación de que algo falta..., pero en realidad lo que falta es una historia que nos vuelva a encender. Después de todo, el algoritmo y la hoja en blanco nos interpelan del mismo modo. Ambos devuelven la pregunta esencial: ¿qué historia necesitamos ahora? La periodista del crucero podría haberse quedado en la superficie. Cumplir con la nota linda, subir la foto del atardecer y volver a casa. Pero algo no le cierra. Esa es la clave: el periodismo empieza cuando algo no encaja. Cuando la curiosidad incomoda más que el cansancio. El periodismo nunca fue una profesión amable con el vacío. Siempre hay que llenar, como los 3.000 caracteres de esta columna. Pero el verdadero terror no es no tener nada que decir. Es sospechar que ya lo dijimos todo. O peor: que ya lo escuchamos todo. Y que ninguna historia nos sorprenda. Y sin embargo... Cada vez que la pantalla vuelve a quedar en blanco -o en negro- algo se reinicia. Nos recuerda que necesitamos relatos como quien necesita oxígeno. Por eso elegimos ficciones donde una colega nos pone frente al espejo. Para recordarnos que la curiosidad no se jubila. Que el instinto sigue ahí, incluso cuando juramos que solo queremos distraernos. Porque seguimos buscando lo mismo: una historia que nos despierte. Y cuando aparece, ay, ya no hay algoritmo que alcance ni vacío que asuste. Sobre la firma Newsletter Clarín
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