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» TN
Fecha: 14/02/2026 06:17
A sus 87 años, Marina espera dos cosas con la ansiedad intacta de la juventud: el sonido del ascensor y el tono de una videollamada. Su hija vive en España y cada encuentro virtual o presencial es una fiesta íntima. Es muy emotivo, se disfruta mucho, cuenta a TN. Cuando la distancia no permite abrazos, la tecnología se vuelve puente. Habla con su hija, con su nieta y sonríe incansablemente frente a la pantalla. Leé también: Tiene 89 años, es profesora de inglés jubilada y vende sillitas de muñecas en la calle para llegar a fin de mes Pero hay un recuerdo que no necesita wifi: su marido, a quien conoció en Córdoba y con quien construyó una vida simple, pero maravillosa. Todavía, dice, lo siente cerca. Y ahí también aparecen las mariposas. Miguel y Olga: un amor de barrio Se conocieron entre cumpleaños de quince y miradas repetidas. Vivían cerca, pero tardaron en descubrirse. Cuando finalmente lo hicieron, el vínculo avanzó al ritmo de los bailes de época. Hoy, décadas después, siguen sentados juntos en el patio de la residencia Hirsch, en San Miguel. Miguel todavía evoca la entrada de Olga a la iglesia: el vestido cosido por la madre, el pasillo cubierto de pétalos y esa certeza silenciosa de que empezaba otra vida. Sentí que comenzaba una nueva etapa, resume. Ella también guarda la escena intacta: las monjas decorando la capilla y sus alumnos pequeños mirándola como si fuera un cuento. Cuando recuerdan su boda, admiten, vuelven a sentir mariposas. Toto: la revolución empieza en los brazos de un bisnieto Luis María Zanetti Toto, desde que tenía meses fue marino y pasó gran parte de su vida navegando. En casa era casi un visitante ilustre: llegaba y todo se revolucionaba. Hoy, a los 97, la revolución ocurre en silencio. Las mariposas aparecen antes de que el bisnieto toque sus brazos. Llegan antes de que pase, describe. Viudo hace poco tiempo, aprendió algo nuevo sobre el amor: no es solo querer, es dar sin obligación. Después de seis hijos, 19 nietos y 14 bisnietos, descubrió que el corazón sigue ensayando primeras veces. José: una noche en el mar José sonríe como quien guarda un secreto elegante. La historia ocurre en un barco rumbo a Río de Janeiro y tiene acento extranjero. No da demasiados detalles ni hace falta: lo importante es el recuerdo de esa historia de amor que duró una noche en el mar. Cada vez que piensa en eso, vuelve a sentir algo parecido a la juventud. No exactamente alegría ni tristeza, sino una emoción tibia que todavía lo sorprende. Dice que a veces dan ganas de llorar, pero igual sonríe. Porque hay memorias que no envejecen. Elena: enamorarse también es mirarse al espejo A los 76 años, Elena conserva un ritual previo a cada momento especial: maquillaje, perfume y una pausa frente al espejo. Sentirme linda, resume. Y en ese gesto cotidiano aparece el amor propio, ese que muchas veces se aprende tarde. Entre charlas, amigos y encuentros dentro del hogar, descubrió que arreglarse no es vanidad sino expectativa. Prepararse es esperar algo bueno. Y cada vez que lo hace, siente un pequeño cosquilleo en el estómago. Todavía hay nervios antes de salir. Paula: romance a distancia Paula tiene 56 años y una relación que sobrevive a la distancia. Se conocieron en el hogar y, aunque hoy viven separados, hablan todos los días. No hay promesas grandilocuentes: hay cariño constante. Las mariposas aparecen cuando mira sus fotos. Es muy romántico, dice sin dudar. En un lugar donde muchos creen que el amor pertenece al pasado, ella demuestra lo contrario. María José: el atardecer sobre las pirámides Diplomática de vida viajera, María José está a punto de cumplir 99 años. Entre todos sus recuerdos hay uno que sigue brillando: un balcón alto en Egipto, el sol cayendo sobre las pirámides y la sensación de estar viviendo algo irrepetible. Dice que enamorarse lejos de casa fue complicado, pero también una aventura que la marcó para siempre. Hoy, con la visión disminuida, cada vez que imagina ese cielo naranja, revolotean miles de mariposas.
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