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  • Ni carbón comprado ni parrilla de acero: los métodos infalibles para hacer asado con lo que hay a mano junto al río

    » TN

    Fecha: 12/02/2026 10:27

    El río tiene otro ritmo. No va y viene como el mar, sólo va. No hay médanos: hay barro, hay pasto y hay sombra de árboles, ese bien que por escaso fue reemplazado por sombrillas en la Costa Atlántica. Bajo esos árboles, corre más el viento y se mueve la soltura de los locales con una tribu urbana que merece ser documentada: Los Reyes del Humo. Hice el trayecto Berisso-Olivos con la ventanilla baja, guiado únicamente por el olfato, y me encontré con un tratado sociológico sobre cómo el argentino resuelve la ecuación ancestral de fuego + carne. Acá, las cinco postales del rebusque y la felicidad ribereña. - El clan de los recolectores La primera escena me devolvió al origen. Eran pibes, pero parecían salidos de un reality de supervivencia de Discovery. Nada de carbón comprado en la estación de servicio. Nada de heladeritas, nada de Rolitos. La lógica acá es cazador-recolector. Vi cómo sacaban un pescado del río y la transición del anzuelo a las brasas fue inmediata. ¿El combustible? Lo que la naturaleza provee. Agarraron una rama seca de un árbol caído ahí mismo, la quebraron con un cuchillo y armaron un fuego intenso, salvaje. El pescado se cocinaba ahumado con madera de la zona. Francis Mallman hubiera estado orgulloso de ellos. Es la vuelta a las cavernas, pero con cumbia de fondo. - La clase magistral: el asado de obra Más adelante, vi a un joven solo frente al fuego como hipnotizado mientras su familia esperaba sentada en unos troncos. Lo saludé y el apretón de manos fue un DNI: piel curtida, manos fuertes. Un padre que compartía su mística de sus viernes, un domingo en familia. Estaba haciendo un auténtico Asado de Obra, quizás el estilo más honesto y aromático de nuestra gastronomía. ¿Qué lo define? No hay tiempo para la cocción lenta de tres horas. El asado de obra es intenso, prepotente. La parrilla suele ser improvisada con lo que hay. En este caso, usaba la rejilla de una vieja heladera comercial. Inoxidable, indestructible y con historia. El fuego es fuerte, casi arrebatado. A falta de ladrillos, las piedras del río transforman la parrilla en un horno a cielo abierto. El secreto son los cortes nobles y rendidores: falda, asado banderita, choris, alitas. Se sella fuerte, queda crocante por fuera y jugoso por dentro. Es un asado que no pide permiso, se mastica con ganas y tiene sabor a viernes al mediodía. - Las reinas de la verdura Bajo la sombra de unos árboles (ventaja clave del río: tierra firme para armar el picnic), encontré a una familia comandada por hermanas. Parrillita mediana, al piso, humeando dignamente. Al lado, una camioneta grande, de trabajo. No me equivoqué: tenían verdulería. En este caso, el verdadero espectáculo era la mesa auxiliar. Como buenas profesionales del rubro, no cayeron con la lechuga mustia de siempre. Había rúcula fresquísima, tomates reliquia y todo tipo de verduras. Un oasis healthy de colores y texturas entre tanto colesterol. Eran las dueñas de la logística y de la frescura. - La parrilla hereditaria En este clan, la protagonista no es la gente, sino la herencia. Un joven y su padre custodiaban una parrilla chiquita pero pesada, con unas ingeniosas patitas retráctiles. Perteneció al abuelo, un antiguo trabajador petrolero, y ese fierro tenía más historias que el propio río. El legado estaba intacto. Mientras la carne crepitaba, padre e hijo ignoraban el celular. Habían delimitado el terreno con sogas para armar una cancha de tejo con precisión de ingenieros. La espera del asado se respeta con el deporte nacional. - Los insurrectos del disco Ya en Punta Lara, donde la infraestructura mejora y hay parrillas de material fijas, encontré a los rebeldes. Eran ellos: entre veinte familias haciendo vacío y tira de asado, había una que dijo basta. En la misma parrilla de cemento, calzaron un disco de arado signado por mil batallas y cocinaron un guisazo rojo, ardiente con papas y carne cortada a cuchillo que burbujeaba como magma. Eso ardía. Hacían 32 grados a la sombra y ellos estaban comiendo lava con cucharón. Hay que tener coraje para plantarse así frente a la tradición. Eso también es patria.

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