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  • Nos fuimos y estalló el drone: así grabamos el documental de TN Morir en guerra ajena

    » TN

    Fecha: 11/02/2026 05:32

    La realización de Morir en guerra ajena, el documental de TN sobre soldados argentinos que combaten en Ucrania contra Rusia, estuvo atravesada desde el inicio por una certeza: cubrir una guerra desde adentro implica asumir riesgos permanentes, incluso cuando se cumplen todos los protocolos. Meses de preparación, diálogo con los entrevistados, gestiones con autoridades, pedidos de permisos y acreditaciones, consultas sobre hojas de ruta y planes de contingencia no alcanzan para garantizar seguridad plena en un conflicto activo, de alta intensidad y con un uso extendido de drones y misiles. El equipo de TN viajó a Ucrania en septiembre del año pasado, cuando la invasión rusa a gran escala estaba próxima a cumplir cuatro años. Allí se encontraron con un país de contrastes marcados. Por un lado, la vida cotidiana en la capital y en las ciudades alejadas del frente, donde durante el día se mantiene una relativa normalidad que se interrumpe al caer la noche con el toque de queda y el sonido de las sirenas antiaéreas ante ataques con drones o misiles. Por el otro, la realidad del frente de batalla: pueblos arrasados, destruidos, sin civiles, donde la única presencia humana es la militar. En esas zonas, incluso a 20 o 30 kilómetros de la llamada línea cero (la línea de combate), el riesgo es constante. Uno está a tiro de recibir el impacto o la amenaza de drones, relatan los propios militares, que instruyen a quienes llegan sobre protocolos básicos de supervivencia. Entre ellos, cómo evacuar ante la aparición de un dron: si un dron kamikaze se dirige a un vehículo, todos los ocupantes deben bajar y correr en direcciones distintas para reducir las probabilidades de impacto. Se trata además de regiones totalmente minadas, donde la ocupación rusa y la posterior recuperación por parte de Ucrania dejaron un escenario devastado: casas destruidas, rutas inexistentes, puentes caídos, tendidos eléctricos rotos. En ese contexto, la comunicación también se vuelve un problema de seguridad. Los celulares, en la mayoría de los casos, no funcionan, y mucho menos los de origen extranjero. Según explican en el terreno, drones rusos de vigilancia y monitoreo buscan captar señales para tareas de inteligencia y para dirigir ataques más precisos, además de identificar líneas internacionales, como las argentinas. Por ese motivo, los nuevos reclutados deben mantener los teléfonos apagados, retirar los chips con los que llegaron desde la Argentina y conectarse, si es necesario, a antenas Starlink o directamente adquirir equipos nuevos. Leé también: Del conurbano a sobrevivir de milagro en Ucrania: la historia de uno de los argentinos que lucha en la guerra La fragilidad de cualquier decisión quedó expuesta durante la propia grabación. El equipo de TN tenía previsto pasar una noche con nuevos soldados en una zona ubicada a unos 40 o 50 kilómetros de la línea de combate, en un campamento donde vivían cientos de militares recién llegados a Ucrania. Por cuestiones logísticas y por el riesgo de movilizarse hacia puntos que eran atacados de manera constante, se decidió adelantar un día la visita. En ese campamento, las condiciones de vida reflejan la lógica de la guerra. Durante la noche, las casas y los espacios donde duermen los voluntarios están completamente tapiados para evitar que se filtre cualquier línea de luz hacia el exterior. No hay contacto con el mundo de afuera. No se puede orinar en los árboles, ante la falta de baños, porque la acumulación de orina puede ser detectada por drones con sensores infrarrojos que identifican el calor. La rutina se limita a armas, entrenamiento, fusiles AK-47 y la vida mínima de un campamento en el corazón del conflicto. Esa decisión de adelantar la grabación fue determinante. A la mañana siguiente, pocas horas después de que el equipo de TN se retirara del lugar, un dron de fabricación iraní impactó durante el proceso de formación. Murieron nueve colombianos. Un argentino perdió un ojo y estuvo a punto de perder una pierna. Otros dos argentinos quedaron internados en grave estado, con quemaduras y riesgo de amputaciones. Fue una demostración brutal de que en una guerra de estas características la seguridad absoluta no existe y lo que parece seguro en un instante puede dejar de serlo al siguiente. El documental también expone el cambio que atraviesan los combatientes. Los nuevos soldados reclutados en la zona del frente no eran los mismos que el equipo había conocido en la Argentina, en la comodidad de sus casas o barrios, en Buenos Aires o en sus provincias de origen. Antes de viajar se sentían confiados, convencidos de estar preparados para enfrentar lo que imaginaban como una guerra. Pero en el frente, cuando se escucha el zumbido de los drones y se empuñan los fusiles de los que depende la supervivencia, los rostros cambian. Aparecen las dudas, aunque la convicción inicial persiste, al menos hasta que llega el ataque. Leé también: María Corina Machado denunció el secuestro de un dirigente opositor que había sido liberado en Venezuela Después del impacto del dron, muchos de los soldados con los que convivieron los periodistas advirtieron que no estaban preparados para esa situación extrema, para la sensación cotidiana de que la muerte acompaña cada movimiento. La rutina previa (levantarse ordenados, tomar mate, comer lo que ofrece el batallón, entrenar) quedó quebrada. La mayoría comenzó a pedir la baja, a reclamar que no tenían sus pasaportes y que no podían salir de Ucrania. Algunos lograron hacerlo; otros continuaron en servicio. Morir en guerra ajena muestra así las dos caras de una misma realidad: la conciencia brutal que surge al ser testigo directo de la muerte y la inconsciencia previa con la que, a miles de kilómetros de distancia, desde el living de una casa, se planea ir a poner en juego la vida (o perderla) en un conflicto ajeno.

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