08/02/2026 08:58
08/02/2026 08:58
08/02/2026 08:56
08/02/2026 08:54
08/02/2026 08:52
08/02/2026 08:47
08/02/2026 08:47
08/02/2026 08:47
08/02/2026 08:46
08/02/2026 08:46
» TN
Fecha: 08/02/2026 06:13
Cuando el presidente Javier Milei le grita a los grandes empresarios que resisten sus reformas, o pretenden condicionarlas o negociarlas para que afecten en la menor medida posible sus actividades tal como las vienen desarrollando, consigue ya de movida un doble beneficio: muestra que es el único impulsor y garante de los cambios, frente a un arco de actores muy diversos y sobre todo muy ambiguos, por estar atados al antiguo orden; y que gobierna, contra lo que dicen sus críticos, no para beneficio de los ricos sino pensando en la gente común. En especial en tanto consumidores, cansados de no poder acceder a bienes y servicios de calidad por sus altos precios. También pone a la defensiva y en riesgo de sufrir pérdidas crecientes, a esos hombres de negocios que quieren condicionarlo o negociar con él: si insisten en no colaborar estarán en riesgo de enfrentar un escenario cada vez peor, así que les conviene ceder, y no esperar inútilmente a que lo haga el gobierno. Leé también: ¿De nuevo manipulación en el Indec? El Gobierno genera desconfianza por no explicar la inflación de servicios Esto último es ya una suerte de marca registrada de La Libertad Avanza (LLA): desde el principio se ha dedicado a jugar a la gallina con sus ocasionales adversarios, para desarmar sus resistencias, a bajo costo, aun cuando ello implicara correr el riesgo de que de pronto esos costos crecieran, y se desatara el caos, lo que podía terminar sucediendo en caso de que sus contrincantes tampoco cedieran y lograran coordinarse y dirimir los conflictos a su favor. Como sucedió, para desgracia del oficialismo, con los gobernadores durante buena parte del año pasado. Como sabemos, esos problemas no le impidieron a Milei ganar las elecciones de medio término, y bloquear las iniciativas legislativas con que los mandatarios provinciales lograran coordinar su resistencia. Así que, aunque el Presidente pagó costos, al final no fueron tantos. Desde entonces ha retomado la iniciativa, con la misma estrategia y contando con mucha mejor disposición a colaborar, precisamente, de parte de los gobernadores. Los sindicatos vienen sufriendo el rigor de esta segunda ola de juegos de la gallina desde fines del año pasado, y hace unos días fueron incorporados a esa arena sus contrapartes empresariales. En particular las de la industria, afectadas por el avance de la apertura comercial y demás esfuerzos oficiales por aumentar la exposición de la producción argentina a la competencia internacional. Leé también: Acuerdo UE-Mercosur: ¿un marco de contención para la diplomacia ideológica de Javier Milei (y de Lula)? Esta apertura, ¿realmente está poniendo a muchas empresas en riesgo de desaparecer, como dicen algunos de sus representantes? Si fuera así, el problema es que muchos incentivos para ceder y colaborar -como al final encontraron los gobernadores, y parecen estar hallando los sindicalistas- no van a tener. Porque, más allá de márgenes de ganancia o cuotas de mercado, sería su propia supervivencia lo que está en juego, así que, perdidos por perdidos, tal vez les convenga pasarse al campo de la oposición dura y pelearla hasta el final. Así, si no encuentran ni vislumbran un lugar seguro bajo el nuevo orden, tal vez entre los empresarios industriales podrían aparecer enemigos más recalcitrantes del gobierno, de lo que optaron por ser la mayoría de los mandatarios provinciales, o está buscando la forma de volverse la crema de la casta sindical. No es este el caso, claro, de Paolo Rocca y Techint, que podrán verse afectados en su actividad metalúrgica, pero en la faz petrolera del grupo no dejan de recibir buenas noticias. Pero sí puede serlo, en cambio, el de muchos empresarios textiles y de otros sectores especialmente sometidos a la apertura externa. ¿Los cambios serán demasiado abruptos, y deberán cerrar y dedicarse a otra cosa? ¿O les ofrecerán la oportunidad de adaptarse a las nuevas reglas? ¿Cuál será el costo de esa reconversión, en un caso y en el otro, quién lo financiará y cómo impactará en el empleo, los salarios y por tanto en el consumo interno, que Milei dice estar promoviendo, cuando promueve más competencia? Todo esto estará en el centro de la agenda pública durante los próximos dos años. El Gobierno tiene ya una postura definida al respecto: no ceder en el ritmo de los cambios, sino acelerarlos cada vez que le sea posible; ni administrar compensaciones, en la forma de devaluaciones fiscales selectivas, santuarios comerciales o regímenes especiales de algún otro tipo, para proteger a actores particularmente conflictivos. Leé también: La lucha contra la inflación, ¿avanza o retrocede? Esto último es muy importante, porque marca una diferencia fundamental con lo que en los años noventa hizo Carlos Menem: éste entendía que su coalición reformista tenía que contener a los afectados por los cambios que estaba promoviendo, para que no se pasaran al campo enemigo, y así lo hizo, en particular con empresarios y sindicalistas. Tal vez Milei y Luis Caputo no están replicando esa receta, además de porque no simpatizan con las coaliciones amplias, porque saben que Menem terminó pagando cara esa inclinación: igual el desempleo fue en aumento, la deuda pública también creció y cuando necesitó volver ajustar y bajar costos, ya su coalición reformista amplia se había vuelto más conservadora que otra cosa. El Presidente parece preferir correr los riesgos al comienzo y no cuando su experimento haya madurado. Lo justifica con una expectativa política y una económica: que los adversarios ocasionales, si se pasan al campo enemigo, van a quedar más y más aislados y debilitados, porque él seguirá pudiendo derrotar a una oposición desarmada y desorientada; y que los sectores de actividad que mejor se están adaptando a las reformas actuarán como una locomotora suficientemente potente para arrastrar al resto a hacer lo propio, aunque inicialmente se resistan, y el crecimiento global alcanzará para que los costos sectoriales se diluyan y lo misma suceda con la conflictividad social. Pero, ¿si no se verifica esa ola de inversión necesaria para acelerar y extender el crecimiento? ¿Si los opositores dejan de hacerle fáciles las cosas al Gobierno y empiezan a proponer ideas más razonables?
Ver noticia original