08/02/2026 07:56
08/02/2026 07:54
08/02/2026 07:52
08/02/2026 07:52
08/02/2026 07:50
08/02/2026 07:47
08/02/2026 07:46
08/02/2026 07:46
08/02/2026 07:46
08/02/2026 07:46
» TN
Fecha: 08/02/2026 05:51
Modificar algunas formas de percibirnos puede ayudarnos a reconectar con nosotros mismos de una manera más amorosa y compasiva. Estamos acostumbrados a pensarnos en términos de logros, metas, pendientes y fracasos. ¿Cómo modificaría nuestra relación con el presente si pudiéramos vernos como personas en proceso? ¿Si pusiéramos fuerza y foco en lo que estamos intentando, en lo que vamos mejorando, en lo que de a poco nos va dejando de doler? Estoy aprendiendo, estoy practicando, estoy mejorando son formas que nos permiten nombrar la vida como lo que es: no un presente perfecto, sino un presente continuo. Leé también: Descarga mental: una práctica simple que puede aliviar nuestra vida cotidiana Cuando dejamos de tratarnos como versiones finales, empezamos a reconocernos como personas en proceso. De esta manera, poco a poco comenzamos a amigarnos con todo aquello que creemos insuficiente, equivocado o no resuelto, y que muchas veces escondemos o sostenemos con vergüenza. Así también recuperamos fuerza y voluntad para cambiar aspectos limitantes, crecer y desplegarnos. Nos estamos haciendo, estamos mejorando, lo estamos intentando. Somos personas en proceso es una de las ideas más potentes de Carl Rogers, reconocido psicólogo humanista. Considerarnos de esta forma permite que nuestro ser y nuestro estar en el mundo se transformen. Dejamos de mirar la vida de manera lineal, evitamos los balances cerrados y, sobre todo, suspendemos las conclusiones definitivas sobre quiénes somos y cómo somos. Cuando dejamos de tratarnos como versiones finales, empezamos a reconocernos como personas en proceso. Me doy cuenta de que, si fuera estable, prudente y estático, viviría en la muerte. Por eso acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque este es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida y cambiante, escribió el propio Rogers. Reconocernos en medio de un camino de aprendizaje, experiencia y evolución nos permite soltar el control obsesivo, despegarnos de las etiquetas y descolgar falsos diplomas que fuimos amurando en nuestras paredes internas. Hay reconocimientos y logros que pesan tanto que terminan por hacernos caer. Cuando logramos considerarnos humanos en proceso, dejamos de estar a la defensiva frente a los otros y frente a la vida misma. Nos permitimos sentir y registrar lo que aparece, sin negarlo, minimizarlo ni racionalizarlo de inmediato. Aprendemos que no somos eso que sentimos momentáneamente y que, cuando una emoción nos invade, podemos darle tiempo antes de actuar de manera impulsiva. Así, la exigencia empieza a aliviarse. Nos abrimos y nuestra identidad se tiñe de nuevas posibilidades. Cuando nos sabemos personas en proceso, vamos recuperando la confianza en nuestras propias percepciones, sensaciones e intuiciones, no como verdades absolutas, sino como una brújula recalibrada. Afinamos la escucha interior y dejamos de necesitar aprobación externa de forma permanente. Incluso las dudas se vuelven más tolerables: podemos convivir con ellas hasta que las respuestas emergen con mayor claridad. Ser personas en proceso nos permite cambiar de idea, revisar creencias y abandonar mandatos que ya no nos representan, con más facilidad y sin sentirnos incoherentes. De a poco empezamos a alejarnos de lo que deberíamos ser para amigarnos con lo que somos. Para Rogers, revisarnos, corregirnos y poder cambiar de rumbo son características de personas psicológicamente sanas. No se trata de vivir sin límites, sino de darnos la posibilidad de desarmar estructuras internas demasiado rígidas que ya no acompañan nuestro crecimiento. A veces, lo que llamamos disciplina es miedo, y la autoexigencia es solo desconfianza. La lógica del debería y del ya tendría que nos aleja de las experiencias vitales. Leé también:Cuestiones pendientes: los consejos de Rilke para vivir una vida con más sentido Cuando decimos estoy aprendiendo, estoy practicando, estoy mejorando, dejamos de tratarnos como objetos a evaluar y empezamos a habitar nuestros movimientos internos con confianza. Y desde ahí se abren nuevos caminos. No somos versiones terminadas ni identidades rígidas. Vivir es experimentar, crearse, equivocarse y volver a empezar, incluso sabiendo que nunca comenzamos de cero, que no hay tiempo perdido, porque todo lo vivido, de algún modo, nos trajo hasta acá. La vida no nos es dada hecha, sino que nos es dada para hacerla, decía Ortega y Gasset. La existencia humana es una tarea permanente. Nos vamos convirtiendo en el resultado de nuestras elecciones, en el contexto en el que estamos y con las herramientas que tenemos en cada momento. Así se lo recuerda también por su célebre declaración: Yo soy yo y mi circunstancia. Quizás hoy podamos acompañarnos en este tiempo incierto, de cambios acelerados, con un lenguaje y una nueva comprensión de la vida que nos permita habitar el presente sin convertirlo en una prueba exigente ni en algo que haya que lograr. Una mejor vida no es una meta ni un destino: es una dirección que tal vez nos oriente a descubrir un nuevo sentido. Que así sea.
Ver noticia original