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» Clarin
Fecha: 08/02/2026 07:47
El rescate de turistas más grande y la ilegalidad que salvó decenas de casas de los incendios en El Bolsón - Ocurrió hace un año, cuando el fuego provocó la peor tragedia de esa localidad de la Comarca Andina. - Hubo 191 viviendas destruidas, 3.600 hectáreas quemadas y un poblador muerto. - Clarín estuvo en el lugar y reveló cómo los pobladores ayudaron a los brigadistas para contener las llamas. El operativo de rescate de turistas más grande de Argentina y la ilegalidad que salvó decenas de casas del fuego convirtieron al incendio forestal de hace un año en El Bolsón, en una de las historias más icónicas del orgullo y la solidaridad en la Patagonia. En un muy caluroso 30 de enero de 2025, pasadas las 16, cientos de personas ya habían cruzado por Confluencia, el punto donde se unen los ríos Azul y Blanco. Es una zona de un paisaje perfecto: dos pasarelas colgantes, bosque cerrado, el inicio de un trekking viral en las redes sociales, que conecta a 16 refugios de montaña en los que pasan la noche decenas de mochileros. Pero esa tarde se convirtió en una trampa natural. Por el sendero troncal pasaron 856 turistas que se registraron, pero después las autoridades sumaron a los que no se habían anotado y llegaron a 1.045. Atraídos por el Cajón del Azul y sus pozones turquesas, una gran cantidad se alojó ahí. No había nubes y el viento empezaba a incomodar. Brisa, de 24 años, y su novio habían subido desde la chacra Wharton solo para pasar la tarde. Media hora después recibieron la alerta de un mochilero que llegó corriendo: el sendero por el que habían subido ocho kilómetros a pie estaba prendido fuego. El pánico fue inmediato. Sin señal de celular o Internet, los refugieros tomaron el control. Organizaron grupos, dispusieron una isla de piedras en el río como zona segura y mediante comunicación por radio con la Patrulla de Montaña ordenaron pasar la noche ahí. Contabilizaron a 290 personas solo en ese refugio. Turistas de distintos países lloraban, discutían, intentaban enviar mensajes. Un baqueano apareció con un viejo celular capaz de compartir Wi Fi por QR: fue la única conexión con el exterior. Todas las familias recibieron el mismo aviso: "Vamos a quedar arriba. No sabemos cómo sigue". Y perdieron señal. A las 3 de la madrugada llegó la Patrulla de Montaña. Había un plan, pero dependía del fuego y del viento. Con el amanecer, la tensión creció. A las 7 informaron que no podrían bajar: el fuego avanzaba más rápido de lo previsto. Recién al mediodía del viernes llegó la orden de evacuación. Casi 300 personas iniciaron el descenso de horas en fila india, ahogadas por el humo y el polvo. Otros refugios se sumaron al éxodo. Un helicóptero rescató a seis personas, mientras que 900 salieron por Confluencia y 120 por el camping Hue Nain. Los más alejados, en el Refugio "Los Laguitos", quedaron atrapados una noche más hasta que, guiados por el refugiero El Polaco, caminaron durante horas por un sendero remoto hacia Lago Escondido junto al perro Batata. Allí los esperaba el rescate en bote. Fueron los últimos en bajar. Los héroes anónimos El incendio se volvió una batalla abierta. Durante una semana, las llamas avanzaron montaña arriba hasta que el viento cambió. Con ráfagas de 60 a 80 km/h, el fuego giró hacia Mallín Ahogado, una zona rural llena de chacras. Las autoridades ordenaron evacuar. Don Ángel Reyes, de 84 años, se negó a abandonar a sus animales. Murió por inhalación de humo. Fue la única víctima fatal de la tragedia. El paisaje se volvió apocalíptico: el Cerro Piltriquitrón oculto tras una nube gris, helicópteros y avionetas descargando agua sin pausa, las calles convertidas en bases improvisadas. El viento alimentaba las pavesas -brasas voladoras- que podían encender fuego a cientos de metros. El viernes 7 de febrero, todo se descontroló. Los brigadistas del Servicio de Prevención y Lucha Contra Incendios Forestales (SPLIF) Río Negro, superados, recibieron refuerzos inesperados: los propios vecinos. El sábado 8 fue una tregua engañosa: sin viento, pero con un domingo anunciado como devastador. El COEM ordenó evacuaciones preventivas. Muchos vaciaron sus casas; otros, decididos a no huir, las empaparon durante todo el día. Se sumaron grupos enteros, como 75 miembros de la comunidad de Testigos de Jehová con camionetas cargadas de agua. Pero para el domingo 9, los pobladores se convirtieron en protagonistas dispuestos a colaborar para salvar las casas del Mallín Ahogado y de El Bolsón. Alguien consiguió la frecuencia de la radio del SPLIF. De boca en boca se empezaron a pasar el código 165.695 y un mandamiento: "Solo escuchar, nunca modular". Así, decenas de camionetas con tanques de mil litros se sumaron al combate. Aceleraban por los caminos rurales, abrían alambrados, rescataban animales, ayudaban a los brigadistas. Vestidos con ropa de trabajo, iban comerciantes, artesanos, chacareros, empleados, hippies, mozos, ingenieros. No había organización formal, pero cada grupo copiaba lo que hacía otro. Algunos armaron piletas pelopinchos como cisternas en la banquina de la Ruta 40; otros enlazaban mangueras para llegar hasta las casas. Las ráfagas seguían cambiando todo, por eso en medio del caos solo se acataba una orden. Si SPLIF gritaba ¡Repliegue, repliegue, había que correr sin mirar atrás. Clarín estuvo ahí durante siete horas junto a los pobladores. En la tarde de ese domingo se cumplió el temido pronóstico climático. El viento regresó. Los aviones ya habían hecho un récord: 98 descargas de tres mil litros cada una. Cuando el fuego llegaba a las copas de los pinos, "coronaban" con una explosión que lanzaba fuego para todos lados. Un camión del SPLIF pasó a toda velocidad avisando que las llamas habían cruzado el Río Azul. Detrás apareció otro ejército: los vecinos, con handies pegados al oído, siguiendo las órdenes que escuchaban del SPLIF y también de Bomberos Voluntarios. El jefe de los bomberos, Jano Namor -Fuego 100 en la radio-, decidió abrir su frecuencia para que todos los pobladores escucharan donde estaban trabajando. Le pidió a los radioaficionados que replicaran sus comunicaciones del otro lado de la montaña, donde tampoco había señal. En medio de la noche, cuando dos camionetas de bomberos se vieron rodeadas por el fuego y sin agua en el Callejón Rozinka, Namor pidió ayuda a los vecinos: "Fuego 100, atento, si hay algún particular escuchando, por favor deslizarse al Callejón Rozinka. Urgente". Sabía que los pobladores estaban en la misma frecuencia, pero aún así se sorprendió. Después de unos minutos se empezaron a ver unas luces. Entró un grupo grande de camionetas particulares, con mil litros de agua cada una. Desplegaron las mangueras y salvaron a todas las casas del callejón. Cerca de ahí, un camión de Vialidad Nacional descargaba 16 mil litros para abastecer al SPLIF. En pleno caos hubo insultos cruzados por la demora en tapar la pinchadura de una manguera. Mientras que el líder de Vialidad reclamaba, desde arriba su compañero le repetía que ya la había tapado. En medio de la tensión entendieron que las gotas en la palma de la mano era una incipiente llovizna que una hora después se convirtió en una lluvia copiosa que contuvo el incendio. El fuego destruyó 191 viviendas, arrasó 3.600 hectáreas y murió Don Ángel Reyes. Según los cálculos oficiales, fue el rescate de turistas más grande del país. Pero además, se convirtió en una de las mayores muestras de solidaridad. Aparte de las donaciones de todas partes del país, en medio las llamas hubo unas cien camionetas particulares que colaboraron hasta que el fuego fue contenido. La peor tragedia de El Bolsón, que a la vez fue un símbolo de unidad. AA Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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