07/02/2026 06:55
07/02/2026 06:55
07/02/2026 06:55
07/02/2026 06:55
07/02/2026 06:55
07/02/2026 06:53
07/02/2026 06:48
07/02/2026 06:48
07/02/2026 06:43
07/02/2026 06:43
» TN
Fecha: 07/02/2026 05:47
Hay un deseo que pido siempre que pasa un tren. Calamaro lo dijo hace casi 20 años y Sol lo llevó adelante cuando sentía que la vida se le escurría de las manos. No sabe si efectivamente El Salmón lo hacía, pero ella, en su momento más crítico se aferró a esa frase, a esa canción y a esa esperanza que de alguna manera solo buscaba volver a la rutina de días buenos y malos, pero lejanos al dolor y la incertidumbre. Así, comenzó a pedirle al tren. Leé también: Desafió dos duros diagnósticos, le dijeron que no podía tener hijos y un año después ocurrió el milagro Ese deseo, finalmente, se concretó. Ella cumplió su promesa y compartió esta breve historia en una placa para brindar algo más que esperanza: ¿Te cuento algo? Durante un año de tratamiento oncológico crucé este puente muchas veces. Cada vez que lo hacía, esperaba al tren, pedía un deseo y nos saludábamos con el maquinista. Siempre mis deseos se hicieron realidad. En el corazón de este puente celebré la esperanza y hoy, sana, celebro la vida. Recordá pasar por el puente y pedir tu deseo, en tren siempre responde. Aquí hay magia", reza el cartel. El puente que cruza el tren Mitre, a pocas cuadras de la estación de Colegiales, en la intersección de Cramer y Zabala, es testigo de ese recorrido, de esa lucha y de la magia. El diagnóstico Sol es de Gaiman, Chubut, se recibió como profesora de inglés, pero desde hace muchos trabaja en un estudio contable en Trelew. Su vida en el pueblo, tranquila y silenciosa, cambió rotundamente cuando a mediados de 2024 un fuerte dolor en el pecho apareicó. Al principio creyó que era muscular porque estaba entrenando mucho, pero con el correr de los días se dio cuenta de que era otra cosa. Una visita a la guardia derivó en decenas de estudios, una tomografía y un resultado que determinó que había algo en el mediastino. A partir de ahí continuaron las revisiones más exhaustivas hasta que en septiembre de 2024 se ordenó su derivación al Instituto Alexander Fleming de Colegiales. Allí confirmaron la presencia de una mancha en el pecho y la biopsia determinó que se trataba de un linfoma no Hodgkin. Desde entonces Sol supo que su vida estaba cambiando y ahora le tocaba batallar para ella misma. Mi médico oncólogo fue mi luz en todo esto. Me diagnosticó un viernes y el jueves ya estaba comenzando mi primer ciclo de quimioterapia. En cada ciclo debía estar cinco días internada, al quinto me iba y a los 21 días volvía a ingresar. Así fueron seis ciclos, explica la protagonista de la historia en diálogo con TN. Con el correr de los días, las quimios y los pronósticos, Sol hacía paso a paso el recorrido por el puente que la llevaba hasta su salvación. En ese momento vivía en un hotel en Núñez y pasaba todos los días por ahí. Esa era mi unión directa hacia mi salvación, que era el el Fleming. Entonces esperaba el tren y cuando lo veía venir, pedía un deseo y saludaba al maquinista, a los maquinistas, porque siempre eran distintos y siempre me respondían ese saludo o me tocaban bocina o hacían cambio de luces, recuerda todavía con una sonrisa. Yo iba con ese deseo a la clínica y siempre se me venía a la cabeza la canción de Andrés Calamaro: hay un deseo que pido siempre que pasa un tren. Cada vez que pasaba, justo el tren llegaba. Hubo muy pocas veces en las que lo tuve que esperar, siempre fue muy natural, asegura. Es por eso que ese encuentro lo tomó como un mensaje. Fueron pasando los días y mis deseos se fueron haciendo realidad, sostiene. Sin embargo, las cosas todavía no iban a acabar para ella. Una vez que yo terminé los seis ciclos de quimioterapia ya estaba por irme a mi pueblo y me descubren en el último estudio que tenía otro tipo de cáncer que se llama mesotelioma, especifica Sol. Con este nuevo diagnóstico pasó a otro sector, una nueva médica y otra vez un tratamiento. Decidieron hacerme seis ciclos más de quimioterapia, pero esta vez eran ambulatorias: venía a la clínica durante algunas horas y me volvía a un departamento en Belgrano al que me había mudado, aclara. El puente nunca dejó de ser su conexión para pedir sus deseos y soñar con el frio patagónico tocándole la cara una vez más. Así, finalmente, meses después terminó con todos los tratamientos y el tan ansiado resultado llegó: estaba sana. Cuando me dijeron que ninguno de los dos cáncer estaban no me quedó nada más que esperar el tren y agradecer. Ya no era un deseo, sino un agradecimiento. Yo me pude ir sana a mi pueblo y retomar mi vida, asegura con los ojos vidriosos. Pero pese a su buena salud, la joven sintió que todavía faltaba algo más. En su primer control, a cuatro meses del alta, voló a Buenos Aires y en medio de estudios surgió una idea. Llegué, pasé por el tren y pedí mis deseos. Cuando me empezaron a dar los resultados pude decir que se estaban cumpliendo nuevamente. Mis estudios daban bien y este tren, que es muy importante para mí porque significó mucho, me volvió a dar mucha esperanza y fé, insiste. Yo sabía que que en algún momento todo iba a pasar y así surgió la idea de la placa. En una conversación que tuve con una persona en Fleming mientras todavía esperaba, compartimos nuestras historias y yo le conté mi relación con el tren. Ahí me dijo: ¿qué te parece si esto lo contamos de alguna manera?, recuerda. Y así, finalmente, apareció el proyecto. Me dijo de poner una placa en el puente donde pedía los deseos. Entonces yo redacté el texto y esta persona la mandó a hacer. La única condición que tuvimos fue esperar los últimos resultados del primer control para ponerla. No fue una idea mía, fue una idea de una persona que se conmovió con la historia del tren y de mis deseos, explicó. Los análisis llegaron y fueron una vez más favorables. Ese fue el paso para que la placa encuentre su lugar en la subida del puente. Me gusta la idea de que sea para las personas que también pasan por acá y la leen. Yo espero que esta placa ayude a las personas a tener fe y a tener esperanza si están pasando por un tratamiento difícil o por un diagnóstico difícil. Yo sé lo que se siente, sé la incertidumbre que se siente ante un diagnóstico tan fuerte, tan devastador, ante tratamientos tan traumáticos, porque por más que uno esté acompañado, por más que uno tenga el apoyo de un montón de personas, en realidad estás solo con tu enfermedad y con tu problema, sostiene. Con su vida retomada en su pueblo, junto a sus hijas y sus afectos, Sol solo quiso dejar un mensaje esperanzador y sobre todo anónimo, pero las redes una vez más hicieron su magia y sus ojos profundamente celestes e intensos, mostraron que luchar tiene recompensa y cara. De alguna manera, que puedan ver que estoy bien, que estoy contando una historia real, demuestra que la placa no es solamente un símbolo, sino que detrás de esa placa hay una persona que soy yo. Eso me da mucha tranquilidad y que ahora, desde mi lugar, puedo ayudar a los demás, asegura. Aunque hoy la separan más de 1300 kilómetros de su casa al puente, cada vez que vuelve no deja de visitar el lugar que la hizo soñar: Siempre que paso le sigo pidiendo deseos al tren y quiero decirles que los deseos se cumplen. Es como dice la placa: en este lugar hay magia. Créditos Edición: Belén Duré Fotos y video: Juan Pablo Chaves
Ver noticia original