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» La Nacion
Fecha: 06/02/2026 03:43
A fondo El drama oculto de los brigadistas Combaten las llamas cuerpo a cuerpo en el sur y sufren efectos devastadores Por Paz García Pastormerlo y Matias Avramow 6 de febrero de 2026 Sueños recurrentes de incendios que desembocan en insomnio, estado constante de alerta, depresión, abuso de sustancias y, en especial entre combatientes del fuego, una sensación de adrenalina que inhibe la sensación de sueño, de tristeza o de miedo son algunos de los síntomas que se repiten entre los testimonios de las personas que viven bajo el peligro de las llamas. Por estos días, en medio de los gigantescos incendios que asedian a la Patagonia, las crisis psicológicas afloran, aunque no aparecen en primer plano. Prevalece la urgencia para salvar vidas y evitar que el fuego arrase con todo. Los efectos en la salud mental de los que pelean contra incendios no son estudiados de manera sistemática en la Argentina. Pero países como Estados Unidos y Canadá identificaron en sus bomberos y guardaparques un creciente número de personas con síntomas similares a los reportados en situación de guerra. Además del estrés postraumático, describen patologías recurrentes y hasta intentos de suicidio. Diego Núñez es presidente de la Federación Internacional de Psicología de la Emergencia y encabeza el equipo de Psicología de la Emergencia de la Asociación Argentina de Salud Mental. Además, forma parte del grupo de profesionales que trabajan actualmente con los brigadistas del Parque Nacional Los Alerces y dice que lo primero que aparece en las charlas de defusing (una técnica de intervención psicológica de emergencia basada en la reorganización emocional) no es el trauma, sino el agotamiento extremo y la visión de túnel, una respuesta de supervivencia extrema. También surge la frustración y el sentido de pérdida, así como la incertidumbre, la preocupación, el miedo y la impotencia. Quedé en el piso llorando, pero yo no me acuerdo de nada NATALIA DOBRANKI Técnica en gestión forestal y voluntaria de la Brigada Andina Natalia Dobranski fue la primera persona que vio el cuerpo sin vida de su vecino. Don Reyes estaba desplomado sobre el camino, con su bicicleta tirada a unos metros. Hacía pocos días lo había visto colgado de su guindo buscando cerezas. Era un hombre bajito, parecía frágil, pero era tremendamente fuerte, recuerda, sorprendida por la escena que encontró. Durante el incendio gigantesco que cruzó la zona de Mallín Ahogado el año pasado, las llamas rodearon tanto la casa de don Reyes como la base de la Brigada Andina, grupo en el que esta mujer de 35 años combate el fuego. Tanto ella como sus compañeros perdieron todas sus herramientas de trabajo y sus pertenencias durante aquel incendio. Los pulmones de don Reyes colapsaron por el humo. Dobranski cuenta que las manos de este hombre de 74 años estaban marcadas por el manubrio de su bicicleta. Ella sabía que él estaba allí, en algún lugar. La familia lo había obligado a evacuar después de la alerta sobre el avance del fuego. Se fue, pero volvió. Les mintió a todos y regresó a su casa por sus animales y tal vez por un dinero que tenía guardado. Estoy segura de que cuando llegué, él estaba a unos metros, pero que por el ruido del incendio no nos encontramos, reconstruye. Enseguida confiesa que ella no recuerda nada. Sus compañeros se lo contaron y tiene algunas grabaciones en video porque en su pechera llevaba el celular utilizado para registrar los operativos. Pero, por más de que lo intente, las imágenes permanecen difusas. Es habitual entre los combatientes de incendios no recordar a una persona en peligro o los alaridos de un caballo atrapado entre varias líneas de fuego. Coinciden entre ellos en el impacto emocional que están atravesando. También los vecinos que sufren estos incendios de nueva generación: aquellos que cobran una fuerza tal que modifican las corrientes de viento, que escalan a alturas mayores a los seis o siete metros y que en segundos pueden destruir barrios enteros. Lo más difícil aparece después, cuando baja la adrenalina, con agotamiento emocional y estrés acumulado, reconoce un brigadista que prefiere no revelar su nombre. Tanto para Dobranski como para el resto de los entrevistados, de los incendios del año pasado a este no hubo tiempo suficiente para detenerse. Hablan cuando pueden y entre compañeros. Tratan de recomponer lazos debilitados por la caótica intensidad de la tragedia. En algunos casos, hay profesionales que asisten a brigadas o cuadrillas específicas en la Patagonia. Tenían excelentes condiciones para liderar las cuadrillas, pero ya no están porque empezaron con ataques de pánico ARIEL RODRÍGUEZ Guardaparque e interventor del Parque Nacional Los Alerces El jefe de cuadrilla, de casco naranja, encabeza la fila. Son siete los brigadistas que avanzan cabizbajos cargando herramientas manuales. Llevan semanas trabajando en los incendios forestales que ya arrasaron más de 46.000 hectáreas en la provincia de Chubut. Hace casi 40 ºC y se toman unos minutos para recomponerse antes de volver al perímetro del fuego. Con el ruido de aviones hidrantes y helicópteros de fondo, la escena parece una realidad paralela a lo que sucede a algunos kilómetros de distancia. En plena emergencia, la noción de tiempo y espacio se trastoca. La rutina consiste en levantarse temprano luego de una noche en la que es difícil conciliar el sueño, reunirse para organizar el día de trabajo y dirigirse a los puntos calientes, como llaman a los focos de incendio. Son cientos de personas trabajadores del Estado, bomberos voluntarios y vecinos autoconvocados que luchan desde hace un mes contra las llamas. Los brigadistas de Parques Nacionales deberían trabajar ocho horas por día, pero muchas veces se rehúsan a hacerlo. No quieren cortar porque están construyendo una faja de control o una línea de defensa [franjas de terreno en las que se saca la vegetación para que el fuego no tenga combustible que quemar]y les faltan 50 o 100 metros para asegurarla en un punto seguro como un pedrero o un río", explica Ariel Rodríguez, que es guardaparque desde 1998, hizo casi toda su carrera en Los Alerces y hace unos días fue nombrado interventor del parque. No poder terminar después de semejante esfuerzo es frustrante. Muchas veces terminan trabajando un poco más de lo que se establece, solamente para poder soñar que cumplieron con el objetivo y rogar que al día siguiente, cuando vuelvan a la línea, el fuego no haya pasado esa faja, agrega Rodríguez. Pero la traspasa, y toca hogares, mascotas y personas. Lo que deja es una sensación de riesgo permanente, que no permite pensar en nada más que en las llamas. Es terrible cuando, de repente, una noche, el fuego pasa la línea que construiste con tanto esfuerzo durante dos o tres días, reconoce este guardaparque de 52 años, que además fue jefe de Incendios del Parque Nacional Los Alerces. Rodríguez identifica como un problema central el impacto del fuego en la salud mental de brigadistas y vecinos. También admite que los combatientes suelen ser reacios a expresar lo que sienten. En terreno no tienen psicólogos presenciales, pero sí de forma virtual. Es un grupo de voluntarios que lo hacen gratis para asistir a todos aquellos que se quieran tomar ese minuto de conversación, que descomprime la situación, detalla. En Parques también propician charlas grupales en cada cuadrilla. Algunos participan, no todos, agrega. Bomberos y brigadistas del Parque Nacional Los Alerces hacen pausas breves en su lucha frenética contra las llamas del sur Decenas de combatientes consultados por LA NACION han participado de espacios en los que hablan de la muerte, de la adrenalina o incluso de los problemas familiares que esta situación provoca. Sin embargo, en casi ningún caso esta ayuda proviene de una agenda institucional. Sí diseñó una acción el Servicio de Prevención y Lucha Contra Incendios Forestales (Splif) de Río Negro, que firmó un convenio con el Colegio de Psicólogos de la provincia. Allí abordan las experiencias vinculadas al combate y a la demanda que esto significa. Incluso vamos a abordar problemáticas de consumos, si los hubiera, y todo problema que afecte el desempeño del trabajo de los brigadistas, describe Orlando Báez, titular del Splif. El objetivo es normalizar lo que sienten, que entiendan que sentirse abrumados es una reacción biológica normal y esperable ante un incendio que parece no tener fin. Eso descomprime la olla a presión antes de que se vayan a descansar, aporta Núñez, que conforma el equipo de psicólogos que trabajan en forma virtual con los brigadistas del Parque Los Alerces, en Chubut. El abordaje de la salud mental de quienes viven en la emergencia resulta crucial. Es clave recordar que no son superhéroes, sino personas con un entrenamiento especial, cuya principal herramienta de trabajo, además de sus instrumentos, equipo y entrenamiento, es su estabilidad emocional. Por eso es importante que el psicólogo de emergencia sea un especialista. Esto no lo puede realizar cualquier psicólogo. Detrás de cada brigadista o bombero hay una persona que está postergando su propio miedo y el abrazo de su familia para protegernos a todos. El fuego se apaga, pero el impacto emocional de estas catástrofes solo se sana con el acompañamiento profesional de especialistas, aclara Núñez. En sus años de experiencia, Rodríguez ha visto a muchos brigadistas dejar la actividad por las presiones que sienten al trabajar sobre la línea del fuego. Un año que no olvida es 2015, cuando un incendio intencional avanzó hacia Villa Futalaufquen, en Chubut. Fue un antes y un después. El personal tuvo muchas secuelas. Muchos tenían excelentes condiciones para liderar hoy las cuadrillas, pero ya no están porque empezaron con ataques de pánico. Habían participado en un sinnúmero de incendios, pero nunca los habíamos vivido protegiendo nuestras casas y nuestras familias, repasa. Estamos funcionando casi en modo de supervivencia AILÍN FEU Exsecretaria de turismo de Cholila y brigadista voluntaria Quienes viven entre El Bolsón y en Esquel desde hace años tienen impregnada la amenaza del fuego. El miedo motivó en este caso la creación de decenas de cuadrillas de vecinos. Si bien en todas las catástrofes se espera que la contención sea por parte de las instituciones, hace unas semanas, cuando el incendio del Parque Nacional empezó a acercarse a Villa Lago Rivadavia, el contacto se hizo más fluido entre amigos y familiares, y la verdad es que no lo pensamos demasiado. Fue decir: Son nuestros vecinos, y salimos, afirma Ailín Feu, de 37 años, quien hace una semana renunció como secretaria de Turismo de Cholila. Aunque en su vida cotidiana no manipula palas ni azadas, hoy forma parte de una cuadrilla. La sensación es literalmente que el mundo se paró ese 21 de enero y, a partir de ahí, toda la vida se resume a qué es lo que pasa con el fuego y hacia dónde va, describe Feu. Es difícil trabajar con la angustia y la presión que atraviesan la mente; sin embargo, el cuerpo responde. La adrenalina se activa y las personas actúan en automático. Muchas veces dejan de dimensionar el peligro que experimentan. Pero de golpe, sobre todo cuando alguien te pregunta cómo estás, te mata. Es la destrucción, porque ahí es donde frenás un toque, mirás alrededor y decís: Estamos destrozados, funcionando casi en modo de supervivencia. Literalmente todo alrededor se quema, expresa. La vivencia de Feu se replica en otros testimonios: la adrenalina no deja el cuerpo. Permanece días enteros acompañada de sensaciones de alerta mezcladas con una necesidad de dejar el descanso de lado y volver al fuego. Aparece también en los sueños y desencadena el insomnio. La asistencia a los brigadistas no está sistematizada por parte del gobierno nacional ni de las administraciones provinciales. Sin protocolos específicos, los ejemplos de atención son escasos y aislados. LA NACION se comunicó con el Servicio Nacional de Manejo del Fuego y con la Administración de Parques Nacionales para saber si tenían algún plan integral para atender estas problemáticas durante todo el año, pero no obtuvo respuesta. Lo esperamos, el fuego nos pasó y no pudimos hacer nada MANUEL MURILLO Voluntario de la Brigada Andina Hace seis años, un incendio en Nahuel Pan derivó en la creación de la cuadrilla Brigada Andina, con base en Epuyén. Manuel Murillo explica que todo nació de las ganas de ayudar. Son unas 30 personas que se lanzan a defender casas y chacras. Medio que uno se olvida del riesgo. Siempre tratamos de estar conscientes de dónde estamos metiéndonos, pero muchas veces es inmanejable. Al igual que otros amigos, yo me suelo mandar bastante, no mido mucho, reconoce. Hay una estrecha sensación de pertenencia entre los combatientes del fuego y hasta una inercia a agruparse cuando la emergencia los convoca. Este verano salió poco con la brigada porque el incendio que comenzó en Puerto Patriada destruyó la casa de su familia: Me tocó. Lo esperamos, el fuego nos pasó y no pudimos hacer nada. Me tocó quedarme ahí haciendo guardia de ceniza y apagando los focos que había cerca para que no se siguiera prendiendo. Ahora todo pasa por contener a la familia y estar lo más posible ahí, porque quedamos todos dados vuelta. Lo cierto es que, como subraya la mayoría, lo peor aparece cuando la urgencia cede. Feu habla del golpe del día después, un momento que genera mucha ansiedad. Eso va a ser lo más difícil, porque ahora estamos todos como en ese estado de alerta, pero cuando logremos bajar va a ser difícil, sobre todo lo que va a pasar en nosotros como comunidad. Porque la ayuda se va y quedamos los que vivimos acá, y creo que cuando realmente volvamos a mirarnos a la cara va a ser complejo, reflexiona. Coincide Branko Zuñiga, un maestro mayor de obras y fotógrafo independiente de Epuyén que participa de una cuadrilla de vecinos autoconvocados. En la emergencia, es difícil ponerse a pensar en toda la situación, es como que uno va con envión. Cuando me detuve a pensar, me quebré. Te da mucha tristeza, impotencia, porque nosotros sabíamos que se iba a quemar, ya se venía hablando. Y lo del año pasado fue un golpe muy duro para el pueblo, se quemaron 70 casas, cuenta. Los incendios forestales que se mantienen activos en la Patagonia son una prueba de que casi nadie es inmune al impacto emocional de un evento tan devastador. Sufren los que están lejos pero aman el sur y siguen el avance del fuego por los medios y las redes. Padecen los que perdieron sus viviendas o campos productivos. La angustia también la experimentan los que temen que las llamas se acerquen a sus casas. El estrés invade a los docentes que pasan sus vacaciones en las escuelas preparando viandas para los brigadistas y a los vecinos que terminan sus horarios laborales y se ponen el mameluco para ir a hacer guardias de cenizas en los terrenos de sus amigos y conocidos. Y, sobre todo, el fuego daña la salud mental de quienes soportan su calor extremo y luchan contra él, cuerpo a cuerpo, hasta el final. Créditos - Edición periodística Florencia Fernández Blanco @florfb - Edición fotográfica Aníbal Greco - Diseño María Rodríguez Alcobendas Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados
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