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  • Crudo relato de un joven jujeño: Muchos niños trabajamos bajo el sol como esclavos

    » La Nacion

    Fecha: 29/01/2026 17:28

    Agustín Paredes Robles tenía 12 años cuando dejó la escuela para cosechar morrones; en un texto escrito por él, cuenta lo que significó dejar de jugar y apartarse de sus amigos; con el apoyo de una ONG, hoy combate el trabajo infantil en el campo - 8 minutos de lectura' Desde que nací vivo en una finca vecina al barrio San Santiago, en el municipio de Monterrico, en Jujuy. La casa de mi familia es una de las que se destinan a los trabajadores de la finca, porque somos eso, trabajadores. Tengo 21 años y puedo decir que me gusta el campo para vivir: es tranquilo, el aire se siente puro, no hay tantos peligros como en una ciudad. Pero trabajar en el campo es muy sacrificado. Cuando sos adulto no pensás en cuánto vas a trabajar o en que te va a doler el cuerpo porque lo que importa es darle de comer a tu familia. Pero cuando sos un niño o un adolescente y trabajás, no solo te duele el cuerpo: te perdés de lo que importa a esa edad. Yo trabajé desde chico y no me daba cuenta de todo lo que me perdía. Pero antes te explico: en muchas zonas del país, así como en Jujuy, donde vivo, hay muchos chicos que trabajan en donde se cultiva tabaco, yerba y verduras. Algunos no van al colegio. Por eso siempre digo que no hay mucho de bueno en el campo para los chicos si tienen que trabajar bajo el sol como esclavos. Para ellos no hay nada que los incentive a hacer otra cosa. Es algo que lamentablemente está naturalizado, hay generaciones enteras de familias cuyos niños trabajan. Como te dije, yo fui uno de esos chicos. Me perdí muchas cosas que eran importantes a mi edad: jugar, conocer gente nueva, tener conocimientos de historia, matemáticas. Un día me di cuenta y cuando pensaba en lo imposible que iba a ser recuperar lo perdido, alguien me dio una mano. La ayuda que recibí me cambió la vida. Humilde y buena Mi familia es muy humilde y muy buena. Como dije, me crié en una finca, a una hora y media de Jujuy capital, en un barrio donde viven unas 500 familias. De chico vivía con mis padres y mis cuatro hermanos. Nuestra casa, que es donde aún vivimos, es una casa normal, de ladrillo y techo de chapa, con tres habitaciones, una cocina y un baño. Algunos dirán que es una casa pobre, pero para mí es normal. Yo compartía mi habitación con alguno de mis hermanos, el mayor o el menor. Yo soy el tercero. En total tengo ocho hermanos, uno falleció. Nunca lo conocí. Tenemos entre 6 y 22 años de edad. Las más chicas, de 6 y 15, son hijas de mi papá. Mis padres se separaron cuando yo tenía 3 años. Uno en el campo se levanta muy temprano para trabajar. Mi mamá y mi padrastro cosechaban o hacían diversas tareas para la finca. Muchas familias llevan a sus hijos a las cosechas. Pero mi mamá siempre me decía que era importante estudiar, por eso no nos llevaba a trabajar e íbamos a la escuela o nos quedábamos en la casa o jugábamos al fútbol con los chicos del barrio. Ella siempre me dijo que en el campo no había nada para nosotros, que el futuro lo íbamos a descubrir en la escuela. Trabajar o estudiar No siempre se puede solo estudiar. A mis 12 años estaba yendo a pescar cuando un señor me preguntó si quería ganarme unos pesos cosechando morrones. Le dije que sí. Me daba 200 pesos por día. Era bastante plata. El primer día fui y le dije a mi mamá. Me miró seria y me dijo está bien. Esa fue mi primera changuita. Creo que me compré una remera o algún dulce. A los 13 me agarró una especie de enojo con el colegio y mi familia. Me había llevado muchas materias. Me esforcé mucho para rendirlas bien y pude pasar a tercer año del secundario. Pero en el medio, me peleé con mi mamá y me fui a vivir con mi papá. Al año siguiente, que fue el año del comienzo de la pandemia de coronavirus, en 2020, fui al colegio y vi que mis compañeros habían cambiado de uniforme, yo no me había enterado. Lo peor de todo fue que no estaba inscripto. En el cole me dijeron que no me preocupara, que después llevara todos los documentos. Yo seguía enojado porque sentía que me había esforzado para nada. Para peor, al poco tiempo empezó la pandemia y las clases iban a ser virtuales. Así que a mis 14 dejé el colegio y me puse a trabajar cargando huevos en las ferias y en alguna cosecha. También deambulaba por ahí. Estuve así dos años. Estaba triste, enojado, como perdido. Yo iba a trabajar y me cruzaba con conocidos míos que se estaban recibiendo de la secundaria. Veía que yo no sabía muchas cosas que otros chicos sí sabían, de historia, matemáticas. Además, me di cuenta de que me sentía solo y que necesitaba conocer gente nueva, hacer amigos. Con tantas cosas que sentía, volví a vivir con mi mamá. Quería un poco de paz. Le dije que no quería trabajar más, que quería volver al colegio. Ya tenía 16, era mitad de año y no sabía si iba a poder anotarme o tener cabeza para estudiar. Volver a tener ilusiones Una mañana vinieron a la finca unas personas que no conocía. Eran de un programa llamado Porvenir que realiza la Asociación Conciencia con las familias trabajadoras de las fincas para prevenir el trabajo infantil. Me ofrecieron ayuda para anotarme de nuevo en el colegio y gracias a ellos pude volver, aunque fuera mitad de año. Yo estaba feliz. También me ayudaron con clases de apoyo escolar. Nada es ideal. En el medio, en los veranos comencé a trabajar cosechando tabaco en otra finca, unas 8 horas. Es muy cansador. Hay que agarrarle la maña y aguantar el dolor de la cintura porque todo el tiempo te agachás. Me hubiese gustado no tener que trabajar, pero aprendí mucho y ayudé a mi familia. Eso sí, durante las clases, solo estudiaba. Los voluntarios de Conciencia hicieron que confiara en mí y me sorprendí de mi capacidad para aprender. Hasta me di cuenta de que me gustaba matemáticas, a pesar de que me era difícil. En 2024 terminé la secundaria con el mejor promedio de mi clase y fui escolta. Hice amigos y recuperé todo lo que había perdido lejos de la escuela. Ya no estoy todo el tiempo enojado, solo y sin ilusiones. Hoy colaboro con la Asociación Conciencia. Vamos a las fincas y hablamos con las familias trabajadoras. Les preguntamos qué necesitan y les ofrecemos apoyo escolar para sus hijos y para los adultos que quieran terminar la secundaria. También hacemos actividades y talleres en el verano para que los chicos no tengan que acompañar a sus padres a trabajar en el campo. Tratamos de hacer lo que dije más arriba: hacer posible lo que parece imposible. Ahora sigo trabajando en la finca porque estoy juntando plata para cumplir mi sueño. De chico siempre jugaba con soldaditos, con camiones o aviones y soñaba con cuidar a la gente. Ahora quiero entrar en la Fuerza Aérea porque me encantaría volar y me defiendo muy bien como mecánico. Quiero especializarme en aviones. También quiero seguir ayudando como me ayudaron a mí. Quiero decirle a los chicos que hay más opciones que el trabajo en el campo, que confíen en ellos, que tengan sueños, que es posible. Más información La asociación Conciencia trabaja para prevenir el trabajo infantil rural en el norte argentino. Este verano, en pleno tiempo de cosecha, abrieron actividades en 10 escuelas, sumaron un centro en Salta y además tienen cuadrillas que recorren las fincas y chacras tres veces por semana. - Si querés conocer más o ser voluntario, podés hacer clic en su cuenta de Instagram; si querés ayudar con donaciones, podés ingresar acá. El 10% de los niños y niñas de entre 5 y 15 años en la Argentina trabaja, de acuerdo al último mapeo oficial. Según ese estudio, en las zonas rurales, la cifra se duplica. Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Paula Soler.

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