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  • Del surf al emprendimiento: cómo un joven convirtió su pasión por el mar en un encuentro deportivo que no para de crecer

    » La Nacion

    Fecha: 29/01/2026 16:01

    Del surf al emprendimiento: cómo un joven convirtió su pasión por el mar en un encuentro deportivo que no para de crecer PINAMAR (Enviada especial).- El mar fue mi trabajo, después fue el problema y hoy es mi cable a tierra, dice Fermín Besteiro. Está sentado frente al mar, en un parador que da directo a la playa. No es una pose: cada vez que duda, cada vez que necesita pensar una respuesta, gira la cabeza y mira el agua. A veces apenas unos segundos. Otras, un poco más. Después vuelve, sonríe y sigue. Como si el mar le devolviera algo. Seguridad, quizás. O permiso. La entrevista con LA NACION ocurre ahí, sin estridencias. Es verano, pero no hay música fuerte ni gritos. El viento mueve las sombrillas, el ruido del mar se filtra entre las mesas. Fermín habla tranquilo. Tiene 30 años y una historia que no encaja del todo en los relatos habituales: no es solo la de un surfista profesional, ni la de un emprendedor joven, ni la de un productor de eventos. Es la de alguien que tuvo que aprender a dejar de ser lo que era para no romper lo que amaba. Fermín fue el último de cuatro hermanos y nació en Mar del Plata, aunque no por elección. Mi mamá estaba con la panza bastante grande y en un viaje nací ahí, cuenta. El regreso fue inmediato: Pero en el acto volvimos a Pinamar. Mi familia ya vivía acá. No hubo transición. Pinamar no fue una mudanza, sino una continuidad, con una familia ya instalada: Mis viejos son pioneros de Pinamar; mi papá fue el primer pediatra del pueblo, mi mamá, docente. El vínculo con el mar aparece desde el comienzo. Soy enfermo del mar, me encanta, todo lo que tenga que ver con el agua, dice, y enumera surf, kitesurf, pesca, nadar y deportes como parte natural de su vida desde chico. Su hermano Julián fue quien lo empujó al agua desde el comienzo. Le encantaba surfear y lo llevaba siempre, incluso cuando Fermín era más chico. En la orilla, su padre observaba: él con el agua a la altura de las rodillas y Fermín ahí, barrenando en la orilla. Había también una perra, rescatada de la calle, que lloraba cada vez que Fermín se metía al mar. Vivió con él hasta los 17 años. La primera tabla fue una vieja, amarilla, que su hermano rescató de un basurero. Me la puso en los pies, dice. Y con eso empecé. Y de ahí hasta hoy no me bajé. A los 14 años ya era surfista profesional. Competía. Viajaba. Tenía sponsors. Representó al país. Durante años, el mar fue su trabajo. Su calendario se organizaba alrededor de mareas y pronósticos. Se levantaba temprano, agarraba la bicicleta, la tabla en la mano, y se iba a encontrar con sus amigos. No había celulares. Hablábamos por teléfono fijo el día anterior. Era: siete y media en una esquina. Y a las siete y media estábamos todos ahí. La playa era territorio. Se quedaban todo el día. A veces toda la noche. Acampábamos. Hacíamos hamburguesas. Éramos chicos, trece, catorce años. Hubo un punto de inflexión donde tenía que decidir qué iba a hacer con mi vida a futuro, dice. El surf, en ese momento, no estaba muy bancado y no ofrecía un camino claro a largo plazo. Aunque en su casa siempre le inculcaron la importancia del estudio, sus padres le propusieron una última alternativa antes de empezar la facultad: Ese año que iba a arrancar a estudiar me dijeron: si querés, dedicate un año más al surf. Nosotros te ayudamos, te bancamos. Aun así, decidió dejar el surf competitivo y empezar otra etapa. Hace una pausa. Mira el mar. Sonríe apenas antes de seguir: Sin dudas fue difícil. No lo dramatiza, pero tampoco lo minimiza. El mar empezó a cumplir otro rol. Antes era mi trabajo. Después tenía que pasar a segundo plano. El paso del surf competitivo a una rutina atravesada por el estudio y los negocios no fue inmediato ni ordenado. Cada vez que volvía al agua sentía que rendía menos. El nivel que tenía fue bajando, y eso me frustraba, dice. Maniobras que antes le salían de forma automática empezaron a fallar. Pasaba mucho tiempo haciendo otra cosa y después volvía al mar y no surfeaba como antes, explica. Y eso me hacía sentir mal, agrega. Lo habló. Con amigos. Con su padre. Incluso en terapia, dice. Había algo que no cerraba: dejar el surf era perder una identidad, pero seguir forzándolo era empezar a odiarlo. Había días en los que decía: 'este deporte no lo quiero hacer más, cuenta. Estudió administración. Aprendió sin mentor: Nadie me enseñó a emprender. En su casa se trabajaba en relación de dependencia. Médicos, docentes, proyectos públicos. Su madre, además, había fundado una organización social que fue reconocida en medios. Pero no desde el lado de negocios, aclara. Mientras estudiaba, empezó a mirar Pinamar de otra manera. En verano esto es una vidriera: viene todo el mundo, vienen todas las marcas, dice. Pero esa intensidad dura poco. Después, en invierno, se muere todo. Es un pueblo fantasma. Esa diferencia entre una temporada y la otra lo llevó a pensar que ahí había una oportunidad. Quizás se podían hacer negocios acá, explica. De esa idea surgió su primer emprendimiento. A los 22 años abrió una franquicia de Franui en Cariló junto a un socio. Nos dimos cuenta de que no había, dice. Insistió durante meses: mandó mails, esperó respuestas. Fue un trabajo de hormiga. El local se sostuvo tres años. Cuando el producto se saturó, decidieron cerrar. Dijimos: es momento de cortar. Después vino Lowers, una gintonería armada desde cero sobre una vereda que antes era un estacionamiento. Lowers es una ola de California, de alto rendimiento. Hay días en que Cariló se le parece, explicó. El bar tenía una regla escrita en el menú: abría de noche, salvo los días de buenas olas. Esos días abría más tarde. Y era cierto. En el medio abrió una wafflería, que operó un verano y vendió rápido: Nuestro primer negocio vendido. Desde 2018, Fermín empezaba a organizar un evento de kitesurf que crecía año a año. No lo podés controlar. Es estrés puro, dice sobre la dependencia del viento, del clima, de las marcas y de los riders que viajaban desde distintos puntos del país. Pero el evento funcionaba y crecía. El 14 de enero pasado, el DWS Kite Surf volvió a realizarse en la playa de Pinamar. LA NACION estuvo presente en la séptima edición, organizada por Fermín junto a su socio y un equipo reducido. Durante la jornada, él permaneció fuera del agua, coordinando, recibiendo a los deportistas, articulando con las marcas y resolviendo la logística general. El encuentro reunió a más de 120 riders de distintos puntos del país, con actividades como downwind, clínicas, demostraciones y exhibiciones sobre las tablas impulsadas por cometas, generando un espectáculo visual que se consolidó como un clásico del verano en la costa. La jornada incluyó música, ambientación, sorteos y espacios pensados para quienes se acercan a disfrutar del deporte y del despliegue sobre el agua. Desde la organización destacaron además el crecimiento sostenido de la participación femenina y, según la Asociación Argentina de Kite, en el país hay cerca de 30.000 kiters de distintas edades, muchos provenientes de otros deportes de viento y tabla. Con su socio Leandro amigo desde el jardín fundó BEST Producciones, un equipo chico y horizontal, armado con amigos, guardavidas y gente del pueblo. Venimos muy de abajo. Y eso lo queremos cuidar, dice. La productora organiza el DWS Kite Surf, que ya se consolidó como el evento de kitesurf más grande del país, y también festivales musicales de escala nacional. El punto de inflexión definitivo llegó en 2025 con un recital masivo en la playa producido para Monster Energy: más de 10.000 personas. Salió bien, dice, y vuelve a mirar el mar. Lo que lo terminó de convencer no fue el éxito económico, sino la sensación física. Cuando estás ahí, en el escenario, y la gente grita es mucha energía concentrada, explica. Es como el mar. Estás ahí. No atendés el teléfono. No hay mensajes. Estás presente. El miedo, aclara, no desapareció: El miedo al fracaso siempre está. Habla de noches sin dormir y de estrés físico. Para Fermín, el surf sigue siendo su cable a tierra: Media hora. Cuarenta minutos. Sin celular. Nadie me puede ubicar ahí. La música y los festivales, en cambio, son parte de su trabajo organizativo: coordinar logística, artistas, sponsors y público, gestionando cada detalle desde la productora, con la misma intensidad y atención que dedica al kitesurf. Algo cambió cuando dejó de exigirse con el surf. Hubo días buenos en los que no fui, dice, y sonríe. Y cuando fui, la pasé increíble. El mar volvió a ser disfrute. En su casa hay siete tablas, cada una es un recuerdo de años de práctica y aprendizaje. La música, en cambio, viene de su hogar y de su madre. En la casa de ella hay un piano de pared que estuvo siempre. Mi mamá es profe de conservatorio. El piano siempre estuvo, cuenta. Su nombre también viene de ahí: de una canción de Spinetta. Quizás antes no le prestaba atención, pero la música estaba ahí. Tenía que llegar más adelante. Cuando habla del futuro, vuelve a mirar el mar. Acá hay gente capacitada, dice sobre Pinamar. No todo tiene que venir de afuera. Sueña con producir eventos de escala mundial desde su ciudad. Desde atrás. En silencio. Al final, cuando intenta definirse, no duda. El mar es mi vida. No puedo vivir en un lugar que no tenga mar. Pinamar es su hogar. La música, su adrenalina. Todo lo demás el surf profesional, los negocios, la producción fue el camino para aprender algo más difícil: escuchar cuándo insistir y cuándo soltar. Hace una última pausa, mira el agua y sonríe. Por eso hice bien en escucharme.

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