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» La Nacion
Fecha: 29/01/2026 02:17
Las lecciones de Carney, el hombre del momento El primer ministro de Canadá causó impacto global con su discurso en Davos; mostró firmeza sin arrogancia y realismo con principios; ofrece un modelo de liderazgo que está vacante en la Argentina - 8 minutos de lectura' Hay un nombre que hoy está en boca de todo el mundo: el de Mark Carney, primer ministro de Canadá. Generó un impacto global con su discurso en Davos, una pieza oratoria de altísimo nivel con la que se plantó frente a los atropellos y la prepotencia de la Casa Blanca. Pero ¿qué es lo que ha impresionado y ha llamado tanto la atención? Tal vez, más que las aristas geopolíticas de su postura, lo que ha deslumbrado es un estilo de liderazgo: firme, pero no arrogante; enérgico, pero no agresivo; audaz, pero no temerario. Desde la vidriera internacional de Davos, Carney marcó un tácito y nítido contraste con un estilo que en las últimas décadas ha tendido a imponerse en distintas naciones y que tiene en Donald Trump a su máximo exponente: son liderazgos ultrapersonalistas, que ven el mundo a partir de sí mismos, que se creen poseedores de verdades absolutas, que exigen subordinación y obsecuencia, que desprecian la complejidad y los matices de las cosas, dividen el universo entre buenos y malos y se ven como salvadores de la humanidad. Ejercen el poder con agresividad, desprecian las formas como un rasgo de tibieza y ven en la crítica o la discrepancia una afrenta intolerable. Carney, un economista profesional que dirigió el Banco Central de su país y luego fue reclutado en una decisión histórica para conducir el Banco de Inglaterra, exhibió otra naturaleza de liderazgo: pragmático, pero apegado a valores y principios; firme en las ideas, pero suave en las formas. Escenificó virtudes que tal vez luzcan pasadas de moda en la política de muchos países: mesura, cortesía, respeto y cultura, combinadas a la vez con altas dosis de coraje, realismo y determinación. Reivindicó, además, un género que parecía sepultado y que demuestra, sin embargo, su vitalidad y su vigencia: el del discurso político. En una época en la que muchos líderes se expresan con eslóganes, insultos y chicanas, con sentencias en redes sociales y con monólogos a veces desconcertantes o con cartas y pronunciamientos oportunistas y sesgados, Carney impactó con un texto de alto vuelo en el que articuló profundidad con sencillez, como si honrara aquella frase de Ortega y Gasset: La claridad es la cortesía del filósofo. Algunos analistas, como John Carlin, lo han definido como el discurso más inspirador de lo que va del siglo XXI. Pero más allá de la ovación internacional que ha cosechado el mensaje de Carney, la corriente de simpatía y la popularidad alrededor de su figura propician un interrogante de fondo: ¿empieza a surgir en el mundo la demanda de liderazgos más constructivos, más racionales y más apegados a las reglas clásicas de la democracia? Después de un tiempo en el que muchos países apostaron a líderes disruptivos y provocadores, ¿la atención se vuelve a centrar sobre figuras más sobrias y equilibradas, más respetuosas de las formas y más ceñidas a los valores de la convivencia y el pluralismo? Son preguntas que exceden la dimensión local, pero que, por supuesto, la incluyen. Son preguntas que recuerdan, además, las dificultades que atraviesan muchas sociedades para construir liderazgos sanos e innovadores, que sean modernos y osados, pero que al mismo tiempo no vengan a desafiar ni a romper el sistema. Carney era, hasta la semana pasada, un nombre prácticamente desconocido en América Latina, salvo entre aquellos que siguen con atención minuciosa la política internacional. Sin embargo, en la Argentina, por ejemplo, figuró durante tres días seguidos entre las tendencias de X, con un volumen mayoritario de referencias positivas sobre su intervención en Davos. En el lenguaje de las redes, su mensaje se hizo viral. El texto completo, que fue publicado por LA NACION en su edición del sábado pasado, tuvo un alto índice de interacciones. Muchas destacaban su firmeza, pero a la vez su moderación. ¿Hay un síntoma y un mensaje en la magnitud de esa repercusión? Sería prematuro afirmarlo. Podría argumentarse, con razón, que fue una conversación de nicho que apenas involucra a pequeñas minorías. Sin embargo, parece sintonizar con los datos de algunas encuestas de opinión que influyeron en nuestro país sobre la campaña electoral del año pasado. Casi tres meses antes de las elecciones de octubre, el presidente Javier Milei anunció, en un encuentro de la Fundación Faro, que iba a dejar de insultar. Parecía haber tomado nota de lo que indicaban varios sondeos. En julio, por ejemplo, se había conocido un trabajo de Analogías que marcaba que el 73 por ciento rechazaba el estilo agraviante de Milei. Antes, Poliarquía había revelado que el 71 por ciento de los encuestados consideraba bastante o muy grave que el Presidente utilizara insultos y agravios contra distintos actores de la vida pública. La moderación en el lenguaje fue interpretada, en octubre, como uno de los componentes del gran resultado electoral que obtuvo el oficialismo, aunque el principal activo fue, por supuesto, el de los logros en materia de estabilidad económica. En las últimas semanas, Milei parece haber archivado aquella promesa de dejar de insultar y ofender a sus adversarios. Ha regresado, al menos, a la técnica de la burla y el agravio gratuito, como quedó demostrado en la controversia con la empresa Techint. Lejos de proponer un debate con altura, en el que se puedan plantear posiciones firmes, pero sin resignar los valores del respeto y de la cortesía, el Presidente embistió contra uno de los principales empresarios de la Argentina con un estilo agresivo y pendenciero que linda con la violencia retórica. En el camino, volvió a atacar también a periodistas por brindar información. Dicho sea de paso, la lista de enemigos de Milei se parece cada vez más a la de Cristina Kirchner: el periodismo independiente, los ñoños republicanos, la casta judicial y, ahora, Paolo Rocca. En ese paisaje de virulencia y extrema polarización, ¿dónde están los liderazgos políticos capaces de conmover con un discurso constructivo, honesto y con densidad conceptual? ¿Dónde están las voces nuevas, dispuestas a valorar la racionalidad económica, pero sin convalidar por eso la ruptura de las reglas de convivencia? ¿Dónde está el coraje para plantarse frente a la prepotencia sin emular esos códigos? Todas las preguntas podrían resumirse en una: ¿dónde están los estadistas? Hay un sector importante de la sociedad que valora la estabilidad, que se espanta frente al discurso retrógrado del kirchnerismo residual, que ve con desolación, pero sin sorpresa, el abrazo de Kicillof con Chiqui Tapia y Barrionuevo, y que teme, con razón, cualquier regreso al pasado. Pero esa misma porción de la ciudadanía siente un marcado escozor frente a la prepotencia del poder, al fanatismo como cultura política y a la desmesura y las bravuconadas como estilo de gobierno. La semana que viene empezará a despuntar el debate legislativo sobre reformas estructurales. Los gobernadores están convocados a asumir protagonismo en esas discusiones. ¿Será un escenario propicio para que se levanten voces originales, valientes y equilibradas en defensa de la convivencia democrática? Es cierto, como escribió esta semana Marcelo Gioffré en LA NACION, que vivimos una época en la que predomina el desprecio por los límites y la racionalidad. La angustia, el enojo y la impotencia de grandes núcleos sociales sintonizan con liderazgos estrafalarios que buscan canalizar la rabia y avivar la hoguera del resentimiento. Hay síntomas, sin embargo, de una demanda vacante: la de dirigentes que combinen seriedad, austeridad y respeto por la institucionalidad, con valentía, realismo y audacia para enfrentar desafíos de enorme complejidad. Mark Carney, un líder liberal de 59 años, hijo de una maestra y un director de escuela, que nació en un pequeño pueblo rural del interior canadiense y llegó a egresar de las universidades de Harvard y Oxford, acaba de dar una lección: la mesura no es enemiga del coraje; el disenso no excluye el respeto por el otro; la confrontación puede ser enérgica, pero a la vez civilizada. En países muy distintos, por supuesto, con otras necesidades y mayores vulnerabilidades, su discurso puede ser leído como un modelo inspirador. Tal vez interprete, al menos en su estilo y en sus formas, una demanda silenciosa que empieza a incubarse en nuestra propia sociedad. En Davos, esta vez, lo provocador, novedoso y disruptivo fueron la moderación y el equilibrio. Tal vez debamos tomar nota: lo transgresor, hoy, tal vez sea la sensatez.
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