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  • A 100 años del nacimiento de Goyeneche: sus comienzos en los cabarets cuando todavía era menor y los dibujitos que miraba ya pasando los 60

    » La Nacion

    Fecha: 29/01/2026 06:57

    La vida de un cantor único y el recuerdo de sus últimas grabaciones, que realizó Litto Nebbia - 7 minutos de lectura' Roberto Polaco Goyeneche, el hombre que supo cantar con signos de puntuación. ¿Pero qué cosa será eso? Ni más ni menos que hacer las pausas que el texto (o el verso, en este caso) requieren. La música no sería música sin sus silencios y el canto no es su excepción. Goyeneche fue un cantor de expresión y de silencios. O, en realidad, de pausas. Y muchas cosas más. Recorrer su vida, a propósito de que este 29 de enero de 2026 se cumple el centenario de su nacimiento, es emprender un viaje que va desde los lugares comunes del tango hasta la expresión única que hizo de Goyeneche un cantor único. La identidad barrial como emblema; la pasión futbolera como gesto irreductible (por Platense, el club de sus amores); el tango como lengua madre que llevaba impresa en su garganta, desde niño. El talento para decir en forma de canción; el reconocimiento temprano que hizo de ese muchacho del barrio de Saavedra un personaje inevitable de la música popular argentina. Los elogios no solo fueron familiares. Qué lindo cantás, le decían en el estudio jurídico donde comenzó a trabajar de muy pibe, como cadete. También pasó por otros oficios, como el de taxista o colectivero. Pero siempre quiso ganarse la vida como cantor, del modo que le salía. Ni siquiera fue a estudiar canto. En 1944 dio el primer paso, con el primer premio de un concurso de nuevas voces organizado por el Club Federal Argentino. Raúl Kaplun lo fichó en su orquesta, aunque no llegó a dejar testimonio en grabaciones. Luego lo llamó Horacio Salgán (nada menos) y más tarde Aníbal Troilo, que también lo incluyó en su típica. Se podría decir que no cualquiera ha tenido el privilegio de ser parte de estas dos últimas escuderías tangueras. Sin embargo, tanto en sus propias palabras como en las de muchos fanáticos y especialistas tangueros, Goyeneche solo fue Goyeneche cuando encabezó su propio proyecto. Y más allá de que el tiempo volvió a reunirlos a finales de los sesenta para discos como ¿Te acordás Polaco?, fue el mismísimo Troilo (especie de hermano mayor en el mundo del tango) que le sugirió, en 1963, a Roberto, que se largara como solista. Y fue en ese momento en que apareció esa voz con todos los puntos y las comas. Ya en ese tiempo llevaba el apodo de Polaco con el que lo había instituido otro torcán, Ángel Paya Díaz, aunque no tuviera ninguna relación ancestral con Polonia. El payador lo llamó Polaco por el simple hecho de verlo rubio y de ojos claros. El Polaco es el más grande de todos. Entendió al tango como nadie -decía el conductor de radio y televisión Antonio Carrizo, que además de fan confeso del cantor, realizó un extenso ciclo de charlas con Goyoneche-. Si el tango tiene lágrimas, Goyeneche retuerce el pañuelo y le saca una más, sin necesidad de ser lacrimógeno. Además, era un inocente. La inocencia era, quizá, una de las rarezas del Polaco, porque cantó en cabarets desde muy joven. Fue hijo de madre viuda y tuvo que salir a ganar el pan muy temprano. En esas charlas, el Polaco contó que había nacido en Saavedra, en la casa de su abuelo, de la Avenida del Tejar 3050 (hoy Balbín). Habló de su madre, María Elena; de su padre, Emilio, que murió muy joven, y de su hermano menor. Cuando murió mi papá yo era muy chico y mi hermano tenía meses. A mamá la tuve hasta los 21 y después se me murió. Ella le dio una autorización a (Raúl) Kaplun para que yo pudiera cantar en cabarets, porque era único sostén de madre viuda, pero era muy chico. De chico le decían Canario, porque cuando nací era amarillo y tenía el pelo blanco, recordó él. ¿Y cuándo se convirtió en El Polaco? Cuando me dejaron cantar como yo quería, porque antes era un cantor de orquesta. O sea que tenía que hacer lo que estaba arreglado para el cantor (...). Bueno, en un momento empiezo a cantar solo y hago los pianos y los fuertes donde los siento. Y mando a arreglar [las partituras de la orquesta] de acuerdo a lo que siento. Ahí hizo puff. Ahí fue Goyeneche, gracias a Dios y a la Virgen que me entendieron. Sus último años El gran Litto Nebbia -además de cantante y compositor se convirtió de manera autogestiva en custodio de un frondoso material del acervo sonoro argentino- fue quien grabó desde su productora Melopea los últimos discos de Goyeneche. Es curioso que ese muchacho que cantaba en cabarets cuando todavía no tenía la mayoría de edad, a los sesenta y pico largos pasara las tardes viendo dibujitos, con esa inocencia de niño que no hay que confundir con ingenuidad, claro. Entre tantas anécdotas, Litto recuerda la de un día en que Goyeneche llamó al estudio cuando estaban grabando un disco del violinista Antonio Agri. Estábamos cerca, él en la calle Melián, nosotros en Mariano Acha. Hace tanto que no lo veo a Antonio, me dijo. Por eso lo fui a buscar. Y cuando llegué le pregunto a la esposa adónde estaba. Y el Polaco estaba viendo Mickey y el Pato Donald. Cuando fuimos al estudio se acordaron de que se había encontrado en un cumpleaños donde cantaron y tocaron Viejo ciego. La grabaron y quedó como una perla en un disco instrumental de Agri. Nebbia conoció a Goyeneche en la época donde comenzó a grabar con el grupo Los Gatos. Recuerda que en ese tiempo las grabadoras tenías diferentes departamentos según los géneros musicales y que allí vio a Goyeneche con Troilo, pero ni siquiera se animó a acercarse para saludarlo. Recién en la década del ochenta trabajó con él cuando un productor francés lo contrató para registrar una serie de discos que se publicaron en Europa. A partir de esas grabaciones el Polaco se convirtió en un habitué del estudio de Litto, donde terminó frente al micrófono, para hacer sus últimos registros. Roberto murió en 1994, por el agravamiento de un cuadro de neumonía. Con el paso de los años el Polaco desarrolló un estilo que se fue fortificando. Y por cuestiones físicas y de la edad, se transformó en un decidor impecable, un tipo infernal para transmitir. Llegué a producir tres discos y, además, una cantidad de compiladitos de cosas inéditas que él nos fue dando. Realmente nosotros estábamos siempre emocionados porque el tipo era una roca que te pasaba por arriba, pero también tenía una forma muy humilde. Así como hablaba era grabando. Hacía una toma y decía: Ya está, no quiero más nada. Era un gran cantor porque era un tipo inteligente cantando. Improvisaba mucho, pero esa improvisación también había pasado por toda una escuela, donde había un punto, una coma, una respiración. Fue un creador total que no tiene demasiadas comparaciones en el género. Y también era un personaje porque fue un tipo muy abierto, humilde, conocido por gran parte de la juventud. Su barrio, su ciudad y el club de sus amores también lo siguen recordado como uno de los íconos de la cultura popular. Una avenida porteña lleva su nombre. También un paso bajo nivel de la Avenida Balbín lleva su nombre y el del famoso boxeador José María Mono Gatica, y una tribuna del estadio del Club Atlético Platense. Además, se emplazó un busto del cantor en la Plaza República Oriental del Uruguay, del barrio de Recoleta y fue homenajeado por Cacho Castaña en la canción Garganta con arena. Ya ves, el día no amanece, Polaco Goyeneche, cantame un tango más. Ya ves la noche se hace larga, tu vida tiene un karma, cantar, siempre cantar (...) Canta, la gente está aplaudiendo y aunque te estés muriendo no conocen tu dolor. Canta que Troilo desde el cielo, debajo de tu almohada un verso te dejo.

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