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» La Nacion
Fecha: 25/01/2026 07:48
Viejos son los trapos Nos estamos poniendo viejos, me susurró un colega al saludarme por mi cumpleaños. Estuve a punto de darle la razón, pero me asaltó una frase de Mirtha Legrand dicha el mismo día de aquella charla: No soy anciana, soy una mujer grande. Considerando los 99 años que va a cumplir y teniendo yo un tercio menos, le reproché al colega que hablara por él, que viejos son los trapos, que no está muerto quien pelea, que nadie muere en la víspera y cuanto refrán trillado me vino a la cabeza. Como mi celular escucha todo -a veces pareciera que el algoritmo interpreta incluso lo que pienso-, me trajo a cuento un texto delicioso de la ya desaparecida poeta inglesa Jenny Joseph. Se titula Warning (advertencia). Cuando sea una viejecita me vestiré de morado / con un sombrero rojo que no combine y no me favorezca. / Gastaré mi pensión en brandy, en guantes de verano y en sandalias de raso y diré que no hay dinero para mantequilla. / Me sentaré en la acera cuando esté cansada, devoraré muestras gratis en las tiendas y haré sonar las alarmas. / Pasaré mi bastón por los barrotes de las rejas públicas y trataré de compensar los años de sobriedad de mi juventud. / Saldré con pantuflas en plena lluvia, arrancaré flores de los jardines ajenos y aprenderé a escupir. / Podré llevar camisas horribles y engordar más aún, comer tres libras de salchichas de una vez o solamente pan y pepinillos durante toda la semana. / Y acumular lápices, bolígrafos, posavasos y otras cosas en cajas. Pero ahora debemos usar ropas que nos mantengan secos, pagar nuestros impuestos, no decir malas palabras en público y dar buen ejemplo a los niños. / Debemos tener amigos a quienes invitar a cenar y leer el periódico. Pero, tal vez debería empezar a practicar un poco ya para que la gente que me conoce no se sorprenda tanto cuando de repente sea vieja y empiece a vestirme de morado. Confieso que tengo bastante de Jenny en esta doble media vida, a juzgar por aquella vieja canción de Julio Iglesias en la que situaba los 33 años como punto de regreso en el camino a la casa de San Pedro. Yo ya he decidido no esperar a ser viejita para decir lo que pienso habiendo pensado tanto lo que digo. El color de la ropa responde a mi ánimo y no a la moda; elijo dónde y con quién estar sin que me pese la elección; doy abrazos con fuerza cuando quiero ídem y pego saltitos de alegría en plena calle cuando me devuelven el abrazo con la misma autenticidad. No sumo malas palabras a mi habla cotidiana porque ya tiene muchas y ¡qué bien las uso cuando son merecidas!. Me reconozco solitaria y disfruto de mi soledad. Maratoneo series cual adolescente sin compromisos y después cumplo mis obligaciones arrastrándome como babosa con fatiga, pero con la convicción de quien se sabe vivo para seguir maratoneando. Pido que me devuelvan el saludo cuando se hacen los osos, lloro de emoción en los recitales y todavía no me animo a los pogos, pero lo estoy considerando. Los desafíos me divierten e intento que las traiciones duelan cada vez menos. Y, como no soy necia, sufro con el sufrimiento, pero recuerdo a Freud con su beneficio secundario y me entusiasmo con la recompensa. Cuando tenía 13 años, mi primo Ángel, de 26, me parecía un viejo. Hoy tengo la edad que me gusta, que es previa a la que me va a gustar. Como en la Advertencia de Jenny Joseph, no me digan que no les avisé.
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