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  • Cabellos de oro, dientes de perlas, labios de rubí

    » La Nacion

    Fecha: 25/01/2026 07:48

    Los dos cajones de madera del lado izquierdo del mueble del baño eran territorio exclusivo de mi madre. Ahí guardaba su maquillaje, y por supuesto para mí era como abrir un tesoro. Cuando nadie me veía, buscaba el banquito de mi cuarto y me trepaba para poder ver de cerca lo que había. Entre mis favoritos había un trío de sombras en azules y grises y una variedad de labiales a los que llamábamos genéricamente los rouge, a pesar de que venían en muchos tonos. Si cualquier madre teme el momento en el que una hija que todavía va al jardín mete mano en ese cajón, hay que decir que la mía no puso demasiadas objeciones. Será porque desde muy temprano supe las maniobras de un buen maquillaje y traté cada pieza como si fuese una joya delicada. Dominaba la precisión del delineado de ojos, la máscara de pestañas que las dejaba largas y curvas, un toque de rubor en las mejillas (le decíamos colorete) y el labial recorriendo la línea exacta desde la comisura hasta formar un corazón casi perfecto en el centro. Nada de mamarrachearse la cara. Finalmente, en un intento porque deje sus cosas, una vez me llevó a una perfumería de la calle Alvear, en Martínez, y me compró un set solo para mí de una marca barata para que pudiese jugar a mis anchas. Ahí pude elegir un rojo furioso para los labios de diva de Hollywood y no esos tonos más recatados que usaba mi mamá. Durante siglos Europa había estado hambrienta por un rojo verdaderamente vibrante y gastaron sumas exorbitantes para conseguirlo. Si el escarlata había sido símbolo de pecado y lujuria en el Antiguo Testamento, en el Viejo Mundo era símbolo de riqueza y estatus. Pero antes de ser símbolo, fue búsqueda. Desde las cavernas, el ser humano persiguió el rojo con una devoción casi religiosa. Óxidos de hierro molidos para pintar bisontes; tierras rojizas para marcar cuerpos; rituales en los que el color era promesa de vida o advertencia de muerte. Pero el rojo más intenso, el más deseado, tardó siglos en revelarse. Artesanos y mercaderes buscaron hasta el cansancio una tintura que resistiese los sucesivos lavados en las telas y el paso del tiempo en las obras de arte. Lo habían logrado con el azul de ultramar, llevándolo literalmente desde el otro lado del océano, y hasta habían aplastado caracoles para llegar a un pigmento púrpura cuyo peso cotizaba más que el oro. Lo intentaron todo: desde recetas mágicas y alquimia hasta mezclas pestilentes de aceites rancios, sangre, bosta, laca, líquenes o cualquier flor o raíz de la que se sospechase podría teñir una tela de rojo. Falsas promesas: el resultado eran anaranjados que viraban al marrón y tarde o temprano se gastaban hasta desaparecer. La aparición de algo cercano a lo deseado era una tarea era tan laboriosa que ni los reyes le encontraban sentido. Tuvo que llegar Hernán Cortés a los mercados de Tenochtitlán en la actual Ciudad de México para encontrarse con un pigmento rojo jamás visto en el Viejo Mundo, un rojo tan rojo que hacía que los trajes de la elite azteca pudiesen verse a leguas de distancia. Mucho antes de que Europa supiera nombrarlo, el rojo tenía origen animal y no vegetal. A diferencia de lo que inicialmente creían los europeos (quienes pensaban que era una semilla o un grano, llamándolo grana), el origen del color era un pequeño insecto: la cochinilla, un parásito diminuto de las plantas de nopal o chumbera (una variedad de cactus). El color rojo proviene del ácido carmínico que las hembras producen para defenderse de los depredadores. Mayas y aztecas habían estado domesticándola durante miles de años y la usaban no solo para teñir sus túnicas y textiles, sino en cosméticos, medicinas y arte. Al ser secada y molida, la cochinilla producía un carmín profundo, vibrante y estable. No era solo un tinte: era un tesoro. No les llevó demasiado tiempo a los españoles comprender su potencial comercial. Después de la plata, la cochinilla fue uno de los productos más exportados del imperio español. El secreto se cuidó con celo. Durante siglos, Europa usó ese rojo sin saber exactamente de dónde provenía. Llegó a vestir a reyes, cardenales, nobles y ejércitos. Fue el color de las capas ceremoniales, de los uniformes, de los retratos oficiales. En la pintura, dio profundidad a los óleos de Tiziano y dramatismo a los pliegues del barroco. En la moda, marcó jerarquías: no cualquiera podía llevarlo (gracias, Valentino, te vamos a extrañar). Pero el rojo también supo ser sinónimo de peligro. En las señales, en las banderas, en las revoluciones. Es el color que prohíbe y el que convoca. El que enciende la alarma y el que llama a la pasión. En el siglo XX, se volvió político, publicitario, pop. Andy Warhol lo multiplicó; los labios rojos se volvieron manifiesto; el semáforo lo convirtió en mandato universal. Está en alimentos, cosméticos, tejidos, incluso en etiquetas que prometen naturalidad. Y sin embargo, detrás de ese color hay insectos, cactus, manos que recolectaron uno por uno esos cuerpos mínimos (y bastante horribles, hay que decirlo) para fabricar una intensidad inolvidable. Muñequita linda de cabellos de oro, de dientes de perlas, labios de rubí ese bolero siempre resuena en mi cabeza cuando pienso en el rojo. En mi primera colección de maquillaje para jugar, cuando uno giraba el lápiz labial aparecía el rojo carmín. Siempre supe que se trataba de un pequeño tesoro.

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