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  • Ante los problemas para dormir, hay cada vez más siestarios: cómo funcionan y por qué las empresas los incorporan

    » TN

    Fecha: 25/01/2026 05:48

    Dormir una siesta en el trabajo o en la facultad dejó de ser una rareza para convertirse en una señal de época. En un contexto marcado por el cansancio crónico y por un cambio profundo en la forma de organizar el empleo, cada vez más empresas y universidades apuestan por los siestarios, espacios pensados para pausas breves de descanso en plena jornada. La tendencia combina bienestar, productividad y nuevos incentivos laborales, y abre una discusión que va más allá de la siesta: cómo trabajamos, cuánto descansamos y qué esperan hoy las compañías. Leé también: Apatía, desconfianza y crisis de representación: cómo piensan hoy los jóvenes argentinos El fenómeno se apoya en datos concretos. Después de la pandemia, diversos estudios epidemiológicos realizados en distintas regiones del mundo -y particularmente en la Argentina- muestran que alrededor del 50% de la población tiene problemas para dormir, y que principalmente sufre de insomnio. El cansancio acumulado, el estrés y la sobreexigencia diaria se trasladaron a los ámbitos laborales y educativos, y obligaron a las organizaciones a repensar estrategias para cuidar la salud de los empleados sin resignar el buen rendimiento. En el interior del país, la siesta estuvo históricamente ligada a una organización del trabajo que permitía cortar al mediodía, volver a casa y acostarse a dormir; algo que en las grandes ciudades no existe. Los siestarios surgen como una iniciativa para quienes viven en grandes urbes y no pueden desplazarse a su domicilio, pero necesitan un lugar donde recuperarse y descansar, explicó a TN el jefe del Laboratorio de Sueño del Hospital de Clínicas (MN 84.970) Facundo Nogueira. Sin embargo, la implementación de estos espacios también está vinculada a una transformación más profunda en la cultura empresarial. Para el sociólogo Carlos de Angelis, conviven hoy dos culturas: una tradicional, que está prácticamente desapareciendo, y otra impulsada por una nueva generación que se aleja del modelo obrero. En ese último esquema, los espacios de trabajo son ámbitos flexibles, más parecidos a salas de juegos, con pausas libres y lugares para descansar. Qué son los siestarios Lejos de la idea improvisada de dormir en el escritorio, los siestarios están pensados como espacios específicos de descanso, integrados a la rutina laboral. En algunas empresas, como Google, funcionan dentro de las propias oficinas; en otros casos operan como áreas independientes que se reservan con anticipación. En los siestarios independientes, el acceso es simple y gratuito. Los usuarios se registran, eligen un turno y cuentan con ropa de cama y pijama. Las reservas suelen ser de hasta 45 minutos, un tiempo pensado para descansar sin alterar el ritmo del día ni interferir con el sueño nocturno. Este modelo también se expandió a los espacios de coworking, donde el descanso se incorpora como parte de la experiencia laboral. Allí, los siestarios conviven con oficinas compartidas y servicios pensados para startups, pymes y equipos en crecimiento, que no siempre cuentan con infraestructura propia para sumar este tipo de beneficios. Uno de esos ejemplos es Workplace by IRSA. La idea siempre fue más que ofrecer oficinas: queríamos armar una comunidad dinámica, donde las empresas se conecten, compartan y se potencien entre sí. Nos propusimos crear algo distinto, un club social corporativo, un entorno que inspire y te dé ganas de venir, contó a este medio Rocío Pérez Berzoni, líder en comercialización del espacio. Ubicado en el corredor norte de la Ciudad, en el Polo Dot, funciona de lunes a viernes de 8 a 20 y recibe en promedio más de 500 personas por día. Dentro de ese esquema, el área de descanso está pensada con criterios claros: cuenta con tres boxes disponibles, en franjas horarias que van de 13 a 16.15. Por qué cada vez más empresas eligen tener siestarios El auge de los siestarios no puede entenderse sin mirar el cambio de paradigma que atravesaron las empresas en las últimas décadas. Durante buena parte del siglo XX, la imagen dominante era la de la industria pesada: la automotriz, la metalúrgica, el obrero fuerte y musculoso, señaló De Angelis. Ese modelo, asociado a la fábrica, la rutina y el esfuerzo físico, empezó a quedar atrás a partir de los años 2000. En su lugar se impuso otra figura: la de las empresas tecnológicas. Hoy la imagen predominante es la del programador, alguien que necesita concentración, creatividad y capacidad para improvisar frente a problemas, sostuvo. Ya no se trata de fuerza física, sino de rendimiento mental en entornos atravesados por pantallas, internet, inteligencia artificial y un ecosistema digital permanente. Esto también modificó la relación entre los trabajadores y las empresas. Antes, el gran incentivo era la carrera laboral: ingresar joven, crecer dentro de la compañía y jubilarse allí. Hoy un egresado de 25 años lo último que piensa es que se va a jubilar en la empresa donde entra, planteó el especialista. Esa dinámica dejó a muchas organizaciones frente a un nuevo desafío: cómo atraer y retener talento que ya no busca estabilidad a largo plazo. Leé también: Estancias y hoteles de lujo: las vacaciones que eligen miles de argentinos para sus mascotas En ese contexto aparecen incentivos no tradicionales. El nuevo paradigma es Google; antes lo era Ford, resumió. Ambientes laborales que se parecen más a un salón de juegos que a una oficina clásica, con metegol, ping pong, café, comida disponible y espacios para socializar. El trabajo en equipo y el bienestar pasan a ocupar un lugar central, incluso como parte de la identidad de marca. Los siestarios encajan en esa lógica y dialogan con otra característica de las nuevas generaciones: el agotamiento. Son sujetos cansados, con multitareas, de multipensamiento. Jóvenes que pasan horas y horas en pantalla, jugando con la PlayStation o en línea, investigando la deep web, que terminan durmiendo cuatro o cinco horas. Ante eso, las empresas saben que el trabajador va a llegar cansado, agotado. Incluso, una jornada rígida de 9 a 17 para muchos resulta directamente imposible. Y entonces aparece el mensaje: Si necesitás descansar, descansá, describió el sociólogo. Detrás de estas decisiones también hay una transformación en el lenguaje y en las jerarquías. Ya no se habla de empleados y jefes, sino de colaboradores: La empresa te dice: Esto es como tu casa. ¿Querés comer? ¿Querés descansar? ¿Querés jugar un rato?. Lo que antes era ponerse la camiseta, hoy aparece en forma de merchandising y beneficios". Los motivos detrás del mal dormir y el impacto en la salud a largo plazo En la Argentina, la mitad de la población duerme mal. En los últimos 40 o 50 años hemos ido perdiendo progresivamente horas de sueño por noche, precisó Nogueira. Las estimaciones muestran que desde los años 60 hasta principios de los 2000 se perdieron alrededor de dos horas de descanso nocturno. Según explicó el especialista, ese retroceso está directamente vinculado con los cambios en los patrones de vida. La disponibilidad permanente de tecnología y de contenido multimedia interfiere sin dudas con las horas de descanso, indicó. Sin embargo, no es el único factor: también influyen las jornadas laborales extendidas, el crecimiento de las grandes ciudades, los tiempos de traslado cada vez más largos y una sociedad que funciona con estímulos constantes durante las 24 horas. El impacto de dormir poco o mal no se limita al cansancio. Desde el punto de vista cognitivo, Nogueira expuso: La falta crónica de sueño genera embotamiento, dificultades en la concentración, pérdida de atención y de memoria. Ese deterioro reduce el rendimiento intelectual, afecta la capacidad de aprendizaje y vuelve más difícil sostener tareas complejas, tanto en el trabajo como en etapas educativas. A largo plazo, las consecuencias pueden ser todavía más graves. Desde la salud mental, la médica psiquiatra y especialista en estrés Silvia Bentolila insistió con que no es un cansancio común que desaparece sólo con dormir. La falta de descanso puede generar irritabilidad, ansiedad, alteraciones del estado de ánimo, depresión, consumos problemáticos y un marcado deterioro cognitivo que afecta el rendimiento diario y la forma de vincularnos con otros. En ese escenario, aseguró que una siesta corta puede cumplir un rol reparador. Hay evidencia científica de que una siesta breve ayuda a mitigar los efectos biológicos del estrés crónico, porque corta el circuito de la hiperalerta y puede bajar el cortisol. La clave está en la duración y el horario: menos de media hora y antes de las cuatro de la tarde, para no interferir con el sueño nocturno.

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