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  • Antes taparrabos, hoy noticia en los Globos de Oro: la ropa interior no tiene vergüenza

    » La Nacion

    Fecha: 25/01/2026 01:53

    Antes taparrabos, hoy noticia en los Globos de Oro: la ropa interior no tiene vergüenza De la hoja de parra a la lencería contemporánea, de esconder a exhibir: breve historia de las prendas que acompañaron cambios sociales, vaivenes del pudor y modelado del cuerpo - 12 minutos de lectura' Los popes de la moda se han expedido: la ropa interior como prenda exterior dejó de ser travesura para volverse poco menos que un uniforme en pasarelas de capitales fashionistas. En el último tiempo, firmas como Courrèges presentaron corpiños visibles bajo sacos, camisas abiertas o telas semitransparentes, mientras Dolce & Gabbana propuso vida alternativa al corsé: lucirlo cual sugerente topcito. Novedades muy relativas, dirán los más memoriosos: Vivienne Westwood ya había jugado con sujetadores sobre blusas y vestidos en su desfile Buffalo Girls de 1982, apenas unos años antes de que Jean-Paul Gaultier lanzara el icónico brassière cónico, llevado al summum de la popularidad por la reina pop Madonna en su era Blonde Ambition. En aras de revival noventero esta vez también las enaguas de seda o satén hace tiempo que se han vuelto insinuantes vestidos y permanecen en las últimas colecciones de Ferragamo, Schiaparelli, Stella McCartney, Alexander McQueen y compañía, confirmando que aquello que se escondía bajo ropa más formal ahora se lleva a la vista. ¿Se puede ir (prácticamente) en camisón a los Globos de Oro?, se preguntaba días atrás Vogue España a propósito del diseño de inspiración boudoir en rosa pastel que lució la actriz Zoë Kravitz. Sí, si lo firma Saint Laurent, concluía la publicación sobre una de las apuestas más comentadas de la noche. En la misma sintonía, Rose Byrne optó por un Chanel en tono verde quetzal, demostrando que la elegancia lencera no solo es apta para los flashes, sino también para subir al escenario a recoger el premio a Mejor Actriz de Comedia o Musical (por If I Had Legs Id Kick You). En cuanto a ellos, la tendencia se expresa con más mesura: el elástico del calzoncillo asoma bajo pantalones semicaídos, siempre y cuando el look relajado lo amerite, pero el último grito en bóxers, trunks o slips habla de materiales innovadores, mejor calce, más confort y más funcionalidad: contención, libertad, transpirabilidad, según se priorice. Diseños a años luz a unos 5.300 años, digamos de uno de los calzones más estudiados del mundo: el taparrabos de piel de oveja del célebre Ötzi, encontrado en los Alpes de Ötztal, en la frontera entre Austria e Italia, en 1991. En rigor, previo al descubrimiento de esta momia, mucho de lo reconstruido por investigaciones ha sido inferido a partir de otros hallazgos: punzones de hueso para perforar pieles y otras pistas. Entre ellas, agujas con ojo (la más antigua localizada en la cueva de Denisova, en Siberia, tendría unos 50 mil años), fundamental invención que permitió empezar a ceñir las telas al cuerpo. Rose Byrne optó por un Chanel en tono verde quetzal, demostrando que la elegancia lencera no solo es apta para los flashes, sino también para subir al escenario a recoger el premio a Mejor Actriz de Comedia o Musical (por If I Had Legs Id Kick You) El protector taparrabos de pieles animales o fibras vegetales resultó entonces una solución ineludible para hombres y mujeres de la Prehistoria: brindaba abrigo localizado, amplitud de movimiento. Cuando, durante el Paleolítico superior -hace unos 40.000 años- las temperaturas comenzaron a descender, pasó a quedarse bajo pieles más gruesas, aunque todavía no mediara la noción del pudor. Que apareció, según el relato bíblico, después de que la serpiente tentara a Eva con la famosa manzana del árbol del conocimiento (del bien y del mal), y ahí se hizo presente la hoja de parra con la que supuestamente se cubren Adán y su compañera, avergonzados de sus genitales. La ropa íntima nunca ha sido ni detalle menor ni mero asunto práctico: desde el taparrabos hasta el corpiño cónico, desde la faja disciplinadora hasta el slip high tech, lo que se tapa funciona como un barómetro de la cultura en su acepción más amplia. Segunda piel y última barrera contra la desnudez total, registra obsesiones higiénicas y miedos diversos; fija umbrales de pudor, traduce mandatos morales y modelos de género; moldea cuerpos según ideales cambiantes y negocia con el deseo. Marca etapas de la vida, clases sociales, fronteras entre lo público y lo privado. Seguir el rastro de estas piezas es una manera de leer cómo cada época administró el cuerpo: entre el cuidado y el control, el deseo y la norma, la intimidad y el poder que la regula, entre la higiene y, por qué no, el fetiche. La desvergonzada antigüedad occidental En el antiguo Egipto, por ejemplo, la pieza base masculina fue el schenti, un paño de lino que se envolvía alrededor de las caderas y se pasaba entre las piernas. Entre esclavos y campesinos funcionaba como prenda exterior; entre los faraones se llevaba bajo túnicas, algunas de ellas traslúcidas. Un conocido registro arqueológico ancla el dato: Tutankamón fue enterrado con 145 mudas, suficientes para la eternidad pretendida. En las mujeres era habitual vestir túnicas de lino directamente sobre la piel, sin nada debajo ¿Y cómo se las arreglaban durante el período? Al parecer, empleaban papiros suavizados, casi una toallita rudimentaria. En la Grecia clásica, bajo las túnicas, tanto ellos como ellas andaban sueltos y frescos, cuando no recurrían al taparrabo en contextos específicos trabajo físico, ejercicio atlético, casi siempre asociado a varones. Para los senos, algunas mujeres usaban el strophion, una banda de tela. Precisamente, una comedia de la época deja un guiño: en Lisístrata, de Aristófanes, una esposa anuncia que se quita esta prenda para tentar o desesperar al marido guerrero que no se aviene a firmar la paz. En la Roma antigua, la pieza íntima en cuestión era el subligaculum nombre muy sugestivo, que podía adoptar la forma de calzón o shortcito, y se llevaba bajo la toga o la estola. Mosaicos como los de la Villa del Casale muestran mujeres también con mamillare o strophium (bandas para el pecho) mientras entrenan; es decir, como indumentaria deportiva. Las romanas voluptuosas en lencería insinuante que popularizaron films onda péplum no tendrían ningún asidero, según la historiadora británica Emma Southon. Todo era de algodón, lana o lino, muy básico, nada sensual, anota sin rodeos, añadiendo que la seda, cuando aparecía, jugaba en otra liga: un lujo rarísimo, solo estaba al alcance de emperatrices para orgías muy elegantes. De tapados y exhibicionistas En la Europa medieval apareció una suerte de camisola que cumplía funciones de higiene y decencia. La usaban hombres y mujeres, con una diferencia: mientras que en ellas descendía cerca de los tobillos, en ellos caía hasta el muslo y se combinaba con braies, es decir, calzones amplios y holgados. Mención aparte para una pieza masculina sobresaliente, que asomó hacia el final del período: en inglés, el codpiece. Surgió cuando los jubones se acortaron y las calzas dejaron la entrepierna demasiado desprotegida. Parche práctico en sus inicios, devino signo de poder y estatus, otorgando turgencia y tamaño. En tanto que ellos alardeaban frente a damas o adversarios, el ideal femenino pedía recato: un pecho pequeño y disimulado, que llevaba a más de una a comprimirse esa zona. Aún así, un hallazgo relativamente reciente, hace casi dos décadas, en el Castillo de Lengberg, complejiza el asunto: conocidas como breastbags, tazas de tela con tirantes, antecedentes del corpiño. El revisionismo hizo su gracia y encontró menciones en textos de antaño; por caso, Cyrurgia (13121320), de Henri de Mondeville, médico de Felipe el Hermoso que discurría sobre la función contenedora de estos sujetadores. Indecentes, según la mirada de un teólogo alemán de la época, Konrad Stolle, que editorializó sin medias tintas. Hubo corsés rígidos, reservados a la corte, y otros más flexibles pensados para la faena cotidiana de mujeres trabajadoras. Incluso para varones que, vanidosos, apelaron a estas ingenierías A contramano de otro cliché muy arraigado el del cinturón de castidad, el medievalista Albrecht Classen se ocupó de desmentirlo con método: en su ensayo The Medieval Chastity Belt sostiene que revisó fuentes de época y no encontró evidencia que probara su uso como mecanismo real de control de la virtud de las mujeres. Lo que aparece, en cambio, en documentos de la época es la alegoría moral o el chiste satírico; y los ejemplares que hoy se exhiben en museos, advierte, son fabricaciones tardías siglos XVIII y XIX, fantasías proyectadas sobre un Medioevo fabulado. Anatomía de una silueta decorosa En cierto modo, a partir del Renacimiento, la ropa interior se hizo cargo del modelado de las curvaturas; al menos, de las femeninas. Surgieron el corsé causante de problemas respiratorios y desmayos y el guardainfante, un armazón que ensanchaba la falda hasta lo inverosímil, reflejado en Las meninas de Velázquez. Se le atribuye a Catalina de Médici la introducción de una variante del corsé en la corte francesa, usando ella misma modelos reforzados con tablillas de marfil, nácar y plata. De tan popular, la prenda eventualmente alcanzó a niñas y niños bajo la creencia de que el cuerpo era blando y debía ser moldeado tempranamente, según Denis Bruna, historiador de la moda y profesor de la École du Louvre. Hubo corsés rígidos, reservados a la corte, y otros más flexibles pensados para la faena cotidiana de mujeres trabajadoras. Incluso para varones que, vanidosos, apelaron a estas ingenierías: militares y dandis, por caso, que así esculpían una silueta de pecho prominente, postura erguida. Hacia el XVIII, las prendas íntimas femeninas adoptan el delicado y sugerente encaje, y van sumando capas y más capas de enaguas superpuestas en pos del volumen de las faldas. Tan inconfortables que justifican que, en su Vindicación de los Derechos de la Mujer, la filósofa y escritora Mary Wollstonecraft -madre de Mary Shelley- hable de la moda como una insignia de esclavitud. En plena era victoriana, de hecho, una mujer podía vestir hasta trece capas interiores, que en conjunto rondaban los 4 kilos y medio. Contando, claro está, el miriñaque, esa especie de jaula sobre la que el escritor francés Théophile Gautier ironizó: ¡Ampliarán los salones, cambiarán la forma de los muebles y los carruajes, demolerán los teatros!. Nótese que, en fechas en las que mostrar las medias rozaba el escándalo, existía una suerte de antecedente de la bombacha: los pantalettes, calzones largos (y optativos) abiertos en la entrepierna por higiene y ventilación, de fibras naturales, siguiendo los consejos del higienista alemán Gustave Jaeger. De más está decir que, sin esa raja, ir al baño hubiera sido prácticamente impracticable. En cuanto a los varones, el calzoncillo largo en boga solía ser de seda para los más pudientes; de franela o lana para la clase trabajadora. Del boudoir al espacio En el siglo XX todo se acelera. Sin abandonar del todo sus mañas correctivas, la ropa interior se vuelve objeto técnico, producto de masas y campo de batalla simbólico. Para las mujeres, el quiebre llega cuando el corsé se parte en dos. A fines del XIX, Herminie Cadolle presenta su corselet-gorge: sostiene el busto desde los hombros, promete bienestar y desacomoda el orden establecido. Ex comunera que vivió un tiempo en la Argentina, patenta en 1898 lo que ya se parece mucho a un corpiño moderno. El invento avanza empujado por el siglo nuevo: vestidos más sueltos, mujeres que trabajan, hacen deporte y ocupan roles masculinos durante la Primera Guerra. Cocó Chanel libera a la mujer del corsé, además de darle pantalones y blazers de corte masculino. Otras inventoras, como Caresse Crosby, ensayan variantes del corpiño mientras la industria termina de ordenarse. En los años 30, el sostén ya tiene un sistema: talles de copa, tirantes regulables, cierres, elásticos; el nailon lo vuelve liviano, lavable y accesible. En los 60 y 70, llega la revolución sexual, y se vuelve al portaligas como accesorio erótico. En los 90, el péndulo gira otra vez: glamour, Wonderbra, supermodelos, erotización explícita. A lo largo del siglo XX, evolucionan los formatos, materiales y colores de culottes, pantaletas, trusas, bragas dejan de ser una solución única para volverse un repertorio variopinto. Hoy conviven la bombacha de tiro alto, la vedetina, la tanga que desnudó el trasero, en ocasiones con el hilo dental que llevó la reducción al límite, o las prendas absorbentes que disimulan accidentes. A fines del XIX, el ciclismo populariza el suspensor; en 1935, Arthur Kneibler lanza los célebres calzoncillos Jockey: ajuste, sujeción, éxito inmediato Naturalmente, ellos no se quedaron al margen. A fines del XIX, el ciclismo populariza el suspensor; en 1935, Arthur Kneibler lanza los célebres calzoncillos Jockey: ajuste, sujeción, éxito inmediato. Los bóxers más sueltos ganan terreno tras la Segunda Guerra, cuando los soldados los incorporan como uniforme íntimo. Hacia el final del siglo, la disyuntiva ¿bóxer o slip? se vuelve casi filosófica, hasta que el híbrido bóxer-brief impone la síntesis, impulsado por una campaña icónica de Calvin Klein con Mark Wahlberg como modelo aspiracional de una generación de muchachos. La saga prosigue en este XXI, cada vez menos apegado a la sugerencia y más al desnudo. Hasta próximas disrupciones, una anécdota para quien todavía duda de la ingeniería detrás de prendas como los sujetadores. Cuando la NASA llamó a concurso para fabricar el traje que llevaría al hombre a la luna, ¿quién ganó? Playtex, firma especializada en fajas y corpiños, que supo contener la presión vital, soportar temperaturas extremas, radiación, potenciales micrometeoritos, y aun así permitir movimiento. Todo cosido a mano. Un desvío de menos de un milímetro, y el esfuerzo se iba a pique. De allí que las costureras trabajasen con una precisión extraordinaria, y que el traje se revisara con rayos X, auditado cada pliegue por científicos. Playtex aportó su probado expertise, del que podían dar fe incontables damas: sostener sin inmovilizar, ajustar sin asfixiar, haciendo posible una de las grandes proezas del siglo XX, con la industria de la lencería como inesperada coprotagonista. A fin de cuentas, ya en 1941, el productor y diseñador de aviones Howard Hughes había creado un corpiño estructurado con alambre para exaltar las curvas de Jane Russell en el film El proscripto.

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