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  • Los gobiernos de expectación, en siete claves

    » Clarin

    Fecha: 20/01/2026 06:26

    La comunicación denotativa transmite información de manera literal, directa, lo que es. Donde las palabras significan exactamente lo que dicen, sin interpretación adicional. Donald Trump publicó en la red Truth Social un meme generado con IA dirigido al presidente colombiano, Gustavo Petro. En esa imagen, Trump aparece vestido como gangster junto a un cartel que dice FAFO (Fuck Around and Find Out), que en español se traduce como: Sigue jodiendo y verás. Ese accionar denotativo se presenta como un Gobierno de Expectación, aquel que organiza su acción política alrededor de escenarios futuros concretos, por más sorprendentes e increíbles que sean. No significa una tendencia irrevocable y para todos, pero sí una red flag cuando se traspasan consensos democráticos generando una internacionalización de su estilo vía imitación, contagio y legitimación entre líderes disruptivos. ¿Qué cosas se dejan ver cómo tendencias en la comunicación de los Gobiernos de Expectación? 1. No se trata tanto de la comunicación de políticas públicas, sino de la comunicación de un proyecto de poder personal. El líder sustituye íntegramente a la institución y monopoliza la voz pública. La promesa de un orden sin estado, donde la administración pública deja de ser un sistema de reglas y se convierte en un instrumento personal. El liderazgo se basa en la voluntad. Sí, hay una cosa: mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme, afirmó Donald Trump en una reciente entrevista a The New York Times. La política deja de comunicarse como política de estado y pasa a comunicarse como voluntad personal del líder. Y los líderes se obsesionan, como la territorialidad en los felinos, marcando y defendiendo áreas que consideran suyas (geográficas y simbólicas). Sus esferas de influencia. 2. El líder se vuelve el principal vocero, desplazando a equipos técnicos, vocerías institucionales y protocolos que actúan luego y como complemento. Mantienen un relato de excepcionalidad: Solo yo puedo salvarlos como su lógica existencial. La comunicación deja de representar al gobierno y pasa a representar al líder como marca. La comunicación no solo acompaña decisiones: es la decisión y es personal. 3. Humillaciones, pensamientos, amenazas, anuncios, filtraciones, mentiras y declaraciones se usan como instrumentos -argumentos- de política pública. Todos son gestos performativos. Usan ironía, ambigüedad y humor para normalizar ideas extremas e impensables. 4. Se privilegia la lealtad personal por sobre la competencia técnica, lo que también se refleja en su comunicación como sistema: vocerías alineadas, mensajes unificados, baja tolerancia a la disidencia interna. Plan explícito para subordinar instituciones y centralizar la narrativa gubernamental. Hay purgas, subordinación o reemplazo por lealtad personal. La burocracia es un obstáculo. 5.La comunicación opera en capas. Un mensaje público y un mensaje interno o de actores del entorno, siempre más radical. Con capacidad de operar dentro y fuera del sistema mediático tradicional. Se combinan ecosistemas digitales propios, formales e informales, presencia creciente en medios mainstream, con coordinación de campañas transnacionales, y aprovechando vacíos regulatorios y lógicas algorítmicas. Ya no es sólo la deslegitimación activa de periodistas y medios como enemigos: lo que hay es un bypass permanente vía redes donde la gran afectada es la verdad. 6. El caos se torna estratégico. Las crisis son vistas como recurso: se producen shocks para dominar agenda y justificar medidas. Menor previsibilidad. Mayor ritmo decisional. Agendas con múltiples aristas. La comunicación construye un clima de urgencia que justifica medidas extraordinarias. De transparencia ni se habla. De rendición de cuentas, menos. 7. La emocionalización se torna sistemática como motor de la adhesión. Miedo, esperanza, amenaza, orgullo movilizan a la ciudadanía. Se gobierna más a través de percepciones que de políticas concretas. Se generan tiempos de espera, desde la curiosidad, tensión o angustia sobre acontecimientos que interesan e importan. Siempre, comunicar es gobernar. Sorprender también. La ciudadanía, atónita, observa más de lo que actúa, reacciona, comenta, se indigna, defiende, pero no interviene, consume y en todo caso, a desgano, acepta. La participación se reemplaza por la contemplación o la arenga. Son excepcionales los espacios de acción colectiva que generan impacto, salvo alguna protesta eventual cuando se transversalizarse el rechazo. La esfera pública es el espacio de la libertad y la pluralidad, en el cual el poder político surge como resultado de la acción colectiva concertada. Es un espacio de tensión, intersección y deliberación. Cuando ese espacio sólo se modela asimétricamente desde la imposición, se asiste a una subversión de valores, donde las normas liberales están para ser destruidas. Como afirman los profesores de comunicación política Curd Knüpfer, Sarah Jackson y Daniel Kreiss, estos gobiernos se apropian de normas liberales como libertad de expresión o pluralismo. Hay estrategias deliberadas que disfrazan agendas bajo discursos de sentido común, libertad o antielitismo. La comunicación pasa a estructurarse en torno a conflictos identitarios, no a debates de políticas públicas. El liberalismo no es una desviación temporal, sino que, como afirma la investigadora Marie Moncada, se vuelve disruptivo cuando desafía los procedimientos democráticos que convergen en torno a dos rasgos claves: una ideología excluyente y el rechazo al pluralismo. Siempre en modo expectación, porque esperando para ver, siempre se verá más. Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín

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