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  • Un baño de realismo para América Latina

    » Clarin

    Fecha: 19/01/2026 10:14

    Con la formulación de un Corolario Trump a la Doctrina Monroe y su expresión concreta en la captura de Nicolás Maduro, Washington puso fin a décadas de ambigüedad y negligencia benigna, reafirmando una verdad estructural largamente conocida aunque a menudo negada en América Latina: en contextos de alta polarización del sistema internacional, el alineamiento en la región no es tanto una elección de política exterior como una condición material de pertenencia al hemisferio occidental. La reacción regional ante este giro fue elocuente: algunos gobiernos celebraron la intervención, quebrando tradiciones diplomáticas arraigadas; otros manifestaron incomodidad retórica, sin capacidad ni voluntad de articular una respuesta efectiva. En ambos casos, persisten el estupor y la parálisis, evocando la máxima de Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben. Sin embargo, la afrenta estadounidense operó también como un baño de realismo y abre una oportunidad para que América Latina abandone ficciones persistentes como el no alineamiento o la multipolaridad y ensaye un alineamiento activo, estratégico y orientado al desarrollo. Pese al denso velo ideológico que aún ciega a las élites regionales, la propuesta no es otra que hacer lo que Europa Occidental y el Este de Asia han hecho desde la Segunda Guerra Mundial. En la ausencia de latitud estratégica-militar, el alineamiento activo es la mejor política exterior que los países bajo el paraguas de hegemonía norteamericano podemos ensayar. Patrones históricos latinoamericanos La historia interamericana revela un patrón consistente: la atención de Washington hacia la región ha sido siempre intermitente y reactiva, activándose ante amenazas extrarregionales. Ayer fue la Unión Soviética; hoy es China, secundada por Rusia e Irán. El objetivo, sin embargo, permanece inalterado: impedir que potencias externas consoliden posiciones estratégicas en un hemisferio bajo hegemonía estadounidense. Negar esta realidad no amplió márgenes de autonomía, sino que incrementó la vulnerabilidad de quienes lo intentaron. El mito de la multipolaridad indujo errores de cálculo costosos: países que jugaron a varias puntas -como Brasil con los BRICS y su fallido acercamiento a Irán, o el intento de no-alineamiento de Venezuela recurriendo a vínculos militares con Pekín, Moscú y Teherán- subestimaron la profundidad de las líneas rojas estadounidenses y sobreestimaron sus propias capacidades. La intervención en Venezuela expuso con crudeza la asimetría militar que estructura el hemisferio; el embargo a Cuba lo viene demostrando desde hace décadas en el plano económico y diplomático. Persistir en una noción de autonomía entendida como desafío frontal a los intereses estratégicos de Washington no fortalece la soberanía efectiva, sino que la socava, exponiendo a sanciones, aislamiento o incluso a una intervención militar. La historia diplomática argentina ofrece antecedentes elocuentes. Hace un siglo, una diplomacia activa logró persuadir a Estados Unidos de coordinar con la región la obtención de una estabilidad hemisférica gestionada en conjunto, bajo el sistema panamericano. El Tratado Saavedra Lamas cimentó ese compromiso y dio marco legal a la política del Buen Vecino, finalizando con décadas de invasiones norteamericanas. En contraste, la neutralidad persistente de la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial la convirtió en un paria hemisférico y excluyó de los principales circuitos de cooperación, mientras que Brasil capitalizó sobre la continuidad de su alineamiento activo. Brasil obtuvo a cambio inversiones estratégicas, impulsando su industrialización y despegándose para siempre de una Argentina hasta entonces económica y militarmente equivalente, si no superior. Alternativas reales de política exterior La verdadera disyuntiva radica en si ese alineamiento será pasivo e inercial, o activo y negociado. La experiencia histórica sugiere que los países que optaron por la segunda víaen Europa Occidental y el Este de Asia durante la posguerralograron traducir la dependencia estratégica en desarrollo económico, acceso tecnológico y mayor proyección internacional. Desde esta perspectiva, la Estrategia de Seguridad Nacional no es un ultimátum, sino una invitación a la negociación. A la vez una cachetada y una mano extendida. Washington busca asegurar cadenas de suministro, desacoplar sectores críticos de China y mantenerla fuera del hemisferio en áreas sensibles. Para ello necesita socios confiables en América Latina y, como muestran episodios recientes de asistencia financiera y diplomática, está dispuesto a retribuir ese apoyo. Se abre así una ventana de oportunidad, probablemente estrecha y transitoria, para que la región deje de estar en el menú y se siente en la mesa. Un alineamiento eficaz no es subordinación: busca maximizar beneficios económicos y tecnológicos con Washington, fijando límites claros en el respeto a nuestra soberanía. Supone respetar las líneas rojas del hegemón y exigir, a la vez, que no se crucen las propias. Un alineamiento activo exige sofisticación diplomática. Aceptar sin mediaciones la dicotomía entre Washington y Pekín sería un error estratégico; preservar márgenes de autonomía requiere un juego triangular cuidadoso, incorporando otros vínculos clave, como el europeo. Finalmente, este enfoque exige instituFinalmente, este enfoque exige institucionalidad. Para los actores débiles, las instituciones son el principal resguardo frente a la arbitrariedad; reactivar mecanismos interamericanos y multilaterales no es idealismo, sino un resguardo. Solo en ese marco el alineamiento puede ser realmente activo: sin reglas ni instituciones, prevalece la fuerza, cuyo uso acaba siendo costoso para todos. Paradójicamente, incluso para el hegemónico. Sobre la firma Newsletter Clarín

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