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  • Una monja entre pistoleros: la gesta de Sor Blandina en el salvaje Oeste, su lucha contra el Ku Klux Klan y el respeto de Billy the Kid

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 17/01/2026 04:52

    En las vastas praderas del oeste de los Estados unidos de Norte América, donde el polvo del desierto se mezclaba con el eco de disparos y el clamor de colonos en busca de fortuna, una figura menuda y decidida se erigió como un faro de humanidad en medio del caos. Era mediados del siglo XIX, una era de expansión febril en Estados Unidos, marcada por la doctrina del Destino Manifiesto que impulsaba a los anglosajones a conquistar tierras del Pacífico, desplazando a nativos e hispanos por igual. En este escenario de violencia y ambición, la familia Segale, devotos católicos oriundos de Cicagna, un humilde pueblo en las montañas de Liguria, al norte de Italia, decidió cruzar el Atlántico en 1854. Huyendo de la pobreza y las inestabilidades europeas post-napoleónicas, se instalaron en Cincinnati, Ohio, una ciudad en auge gracias al comercio fluvial del Mississippi y el Ohio, pero también un crisol de tensiones étnicas entre irlandeses, alemanes e italianos recién llegados; Rosa María Segale, nacida el 23 de enero de 1850, era una niña de cuatro años cuando pisó suelo estadounidense y creció en un hogar impregnado de fe católica, en una nación predominantemente protestante que veía con sospecha a los inmigrantes papistas. Cincinnati, en la década de 1850, era un hervidero de nativismo: el Partido Know-Nothing, antiinmigrante y anticatólico, ganaba terreno, promoviendo leyes que restringían derechos a los extranjeros. Sin embargo, la familia Segale prosperó modestamente; el padre, Francesco, trabajaba en oficios manuales, mientras la madre inculcaba valores de caridad y resiliencia. Dos de las hijas, Rosa María y su hermana María Magdalena, sintieron el llamado divino. En 1866, a los 16 años, Rosa ingresó en la orden de las Hermanas de la Caridad de Cincinnati, fundada en 1809 por Santa Elizabeth Ann Seton, la primera santa nacida en Estados Unidos. Adoptó el nombre de Blandina, en honor a la mártir cristiana del siglo II, torturada en Lyon bajo el emperador Marco Aurelio, simbolizando su propia disposición al sacrificio; las Hermanas de la Caridad, inspiradas en San Vicente de Paúl, se dedicaban a la educación, la salud y el cuidado de los marginados. En una época donde la Guerra Civil (1861-1865) había dejado cicatrices profundas con más de 600.000 muertos y una nación dividida, la orden expandía su misión hacia el Oeste, respondiendo al boom demográfico postbélico. La reconstrucción sureña y la expansión ferroviaria atraían a millones de inmigrantes europeos, pero también exacerbaban conflictos con nativos y los hispanos del Suroeste, incorporados tras la Guerra México-Estados Unidos (1846-1848). Sor Blandina, con su espíritu intrépido, fue enviada en 1872, a los 22 años, a Trinidad, Colorado, un pueblo minero al final del Camino de Santa Fe, esa antigua ruta comercial que conectaba Missouri con Nuevo México desde 1821. Trinidad era un nido de vicio: salones, prostíbulos y tiroteos frecuentes, impulsados por la fiebre del carbón y el oro en las Montañas Rocosas. La población era un mosaico: mineros anglosajones, hispanos descendientes de colonos españoles del siglo XVII, y nativos apaches desplazados por tratados incumplidos como el de Guadalupe Hidalgo (1848), que prometía respetar sus tierras, pero en la práctica facilitaba expropiaciones. Allí, Sor Blandina enfrentó hostilidades inmediatas. Como relata en su libro Al final del Camino de Santa Fe publicado en 1932 y basado en cartas a su hermana Justine (Sor María Magdalena), llegó sola en un carro polvoriento, sin más armas que su hábito y su fe.; El pueblo parecía un campamento de forajidos, escribió, describiendo calles embarradas y hombres armados. Su primera tarea fue fundar una escuela pública, ya que en el Oeste escaseaban instituciones educativas. En 1870, Colorado era un territorio recién organizado (estado en 1876), con una población de apenas 40.000 almas, muchos analfabetos. Sor Blandina enseñó a niños hispanos e indígenas, luchando contra prejuicios: los anglosajones veían el catolicismo como una amenaza, y el Ku Klux Klan, revivida en los 1870s, atacaba conventos. Sin embargo, ella persistió, construyendo el edificio con sus propias manos, martillo en ristre, simbolizando su lema: La caridad no espera; actúa. Sus aventuras en Trinidad la convirtieron en leyenda. Uno de los episodios más famosos involucra a un forajido llamado Schneider. Desde las ventanas de la escuela, Sor Blandina y sus alumnos presenciaron sus hazañas terroríficas: robos y duelos a muerte. Cuando Schneider resultó herido gravemente en una choza, ella acudió sin miedo. Lo traté como a un igual, sin sermones sobre arrepentimiento, relató en sus cartas. Él, conmovido, le confesó: Usted no me habló de moralidad ni religión, y por eso la aprecio. Este acto de compasión le salvó la vida más tarde. Schneider, agradecido, la protegió de amenazas. Pero el clímax llegó con Billy the Kid, el infame pistolero nacido como Henry McCarty en 1859, huérfano y forajido desde los 15 años, involucrado en la Guerra del Condado de Lincoln (1878), donde mató al menos a ocho hombres antes de ser abatido a los 21 por Pat Garrett. En 1878, Billy irrumpió en Trinidad para vengar a un compañero herido, jurando matar a todos los médicos del pueblo por negligencia. Sor Blandina, enterada por un alumno, se interpuso. Según su relato, visitó al herido un miembro de la banda de Billy y lo cuidó. Billy, impresionado, le prometió: Hermana, por usted, no tocaré a esos doctores. En otra ocasión, evitó que Billy asesinara a un hombre, apelando a su humanidad latente. Como analiza el biógrafo Leonardo Buonomo en su estudio sobre Sor Blandina, ella veía en Billy no a un monstruo, sino una oportunidad perdida: un joven con potencial, corrompido por una sociedad que glorificaba la violencia. Billy, católico de origen irlandés, respondía a su empatía; en sus cartas, Sor Blandina enfatiza el diálogo: La mediación salva vidas donde las balas fallan. Historiadores como Michael Wallis, en Billy the Kid: The Endless Ride (2007), corroboran estos encuentros, aunque con variaciones legendarias, destacando cómo Blandina humanizaba a los marginados en un Oeste donde la ley era un lujo. En 1877, tras cinco años en Trinidad, Sor Blandina fue transferida a Santa Fe, Nuevo México, la capital territorial fundada en 1610 por españoles, un bastión hispano con influencias indígenas pueblo. Nuevo México, anexado en 1848, bullía de tensiones: la población hispana, unos 60.000 en 1870, enfrentaba discriminación sistemática. Bajo el Tratado de Guadalupe Hidalgo, se les garantizaba ciudadanía y derechos de propiedad, pero en la práctica, ladrones de tierras anglosajones especuladores respaldados por corruptos funcionarios expropiaban ranchos mediante juicios fraudulentos. La Santa Fe Ring, un cártel político-económico liderado por Thomas Catron, acaparaba millones de acres, dejando a hispanos en la pobreza. Sor Blandina, indignada, denunció esto en sus escritos: Los acaparadores violan derechos básicos con la indiferencia de las instituciones. Construyó una escuela y un hospital desde cero, cofundando el sistema educativo público de Santa Fe. En una era sin sanidad universal la tuberculosis y el cólera azotaban el Suroeste, su hospital atendía a todos, sin distinción. Su defensa de los vulnerables fue inquebrantable. Cuidaba presos en cárceles pestilentes, donde hispanos e indígenas languidecían por delitos menores amplificados por prejuicios raciales. Alrededor de 1880, la expansión ferroviaria el Atchison, Topeka and Santa Fe Railway llegó ese mismo año trajo prosperidad, pero también explotación: mineros mexicanos trabajaban en condiciones esclavistas en yacimientos de plata y cobre. La heroína intervino, mediando disputas laborales y criticando la superioridad ética anglosajona, que implicaba protestantismo sobre catolicismo. Como señala Buonomo, su denuncia resaltaba el potencial de la Iglesia católica en cuestiones sociales, en un Oeste donde la anarquía reinaba. Finalmente, en 1881, llegó a Albuquerque, un pueblo de 2.000 habitantes en el valle del Río Grande, mezcla de adobe hispano y madera anglosajona. Allí, fundó el Hospital St. Joseph (hoy parte de Common Spirit Health) y un orfanato, atendiendo a niños huérfanos por las Guerras Indias. Albuquerque, en 1880, era epicentro de conflictos: la llegada del ferrocarril duplicó la población, atrayendo vaqueros y prostitutas. Blandina construyó infraestructuras vitales; en 1883, frustró un ataque apache. Un obrero ebrio mató a un apache, y la tribu probablemente jicarilla o mescalero, desplazados por reservas impuestas como la de Bosque Redondo (1868) volvió por venganza. Hablando español fluido, aprendido de hispanos, los convenció: El asesino no está aquí; les doy mi palabra. Su identificación católica, en un contexto donde misioneros jesuitas habían evangelizado nativos desde el siglo XVI, le granjeó respeto. Los apaches, como otros nativos del Suroeste, enfrentaban exterminio sistemático. Las campañas anti-indígenas diezmaban tribus: los apaches chiricahua fueron confinados en reservas áridas, perdiendo tierras ancestrales. Sor Blandina los llamaba legítimos dueños del país, criticando políticas como la Ley Dawes (1887), que fragmentaba reservas para asimilación forzada. Para hispanos, el panorama era similar: tras 1848, perdieron 80% de tierras por especulación. En Nuevo México, rebeliones como la de Las Gorras Blancas (1889-1891) resistían expropiaciones, quemando cercas. La fiel religiosa, testigo, abogaba por justicia: La superioridad protestante es un mito que justifica el robo escribía en sus cartas. Su libro, compilación de cartas a su hermana Justine, ofrece una perspectiva única: una mujer italiana, monja, inmigrante, narrando el Oeste desde los marginados. Muchos que han estudiado su vida revelan humor y coraje: En este desierto, la fe es el agua que no se agota. Publicado a los 82 años, influyó en la comprensión histórica de ese periodo de la historia de los Estados Unidos. Su legado perdura: en 2014, el Arzobispado de Santa Fe abrió su causa de beatificación; en 2015, fue declarada Sierva de Dios por el Vaticano, reconociendo virtudes heroicas. Murió el 23 de febrero de 1941, a los 91, en Cincinnati, tras 65 años de servicio. Sor Blandina encarnó la resiliencia femenina en un Oeste machista. Mientras figuras como Calamity Jane o Annie Oakley ganaban fama por armas, ella lo hacía por compasión. En un siglo de inmigración masiva diez millones de europeos entre 1840-1880, representó la integración católica. Su crítica a la discriminación anticipó movimientos como los Chicanos de los 1960s. Hoy, con debates sobre inmigración y derechos indígenas, su historia resuena: una monja que, sin balas, domó el Salvaje Oeste.

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