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Parana » AnalisisDigital
Fecha: 14/01/2026 15:58
Carlos Merenson Cada febrero, en Punta Indio, sucede algo que no ocupa la atención de los medios, pero que dice mucho sobre el lugar en el que vivimos y de la manera en la que vivimos. Durante unos pocos días, el monte se enciende con el azul intenso de la Mariposa Bandera Argentina (Morpho epistrophus argentinus). Aparece, revolotea, y luego se va. No deja rastros visibles, no reclama nada. Solo estuvo ahí. Tal vez por eso conmueve tanto. Estamos acostumbrados a celebrar lo grande, lo permanente, lo que crece sin parar. Sin embargo, aquí el motivo de encuentro es una mariposa. Frágil. Breve. Dependiente de un entorno que no admite demasiadas alteraciones. No hay nada heroico en su presencia, pero sí algo profundamente revelador: para que esa mariposa exista, todo a su alrededor tiene que estar, al menos, razonablemente inalterado. La Mariposa Bandera Argentina no tolera cualquier paisaje. Necesita monte nativo, humedad, plantas específicas, sombra, silencio relativo. No se adapta a la destrucción ni al reemplazo del bosque por alambrados, barrios cerrados, redes de drenaje o campos degradados. Cuando el equilibrio se rompe, la mariposa no se queda a discutir. Simplemente deja de aparecer. Esa ausencia suele pasar inadvertida. Nadie se alarma cuando una mariposa desaparece. Y, sin embargo, su retiro silencioso es una de las señales más claras de que algo profundo se ha dañado. La mariposa no es la causa del problema; es su síntoma. También nos habla del tiempo. Su ciclo no responde a la ansiedad de la época. No se puede acelerar ni programar. Aparece cuando tiene que aparecer. Vive lo justo. Y en esa brevedad pone en cuestión nuestra obsesión por el crecimiento constante, por la producción sin pausa, por un futuro que siempre se promete más grande que el presente. Hay, además, algo profundamente poético en su belleza. El azul de sus alas no es un color que posea, sino un efecto de la luz al interactuar con su estructura. La mariposa no brilla por sí sola: brilla en relación con el mundo que la rodea. Sin bosque, sin aire limpio, sin agua, ese azul simplemente no existe. Que en Punta Indio se celebre su aparición no es un gesto menor. Puede leerse como una forma de decir: esto importa. Importa que el monte siga en pie. Importa que los ciclos naturales no sean interrumpidos. Importa una vida que no produce rentabilidad, pero sí sentido. En un contexto donde el territorio suele pensarse como superficie a ocupar, explotar o valorizar, la mariposa introduce otra lógica. Nos recuerda que hay cosas que solo existen si se las cuida, que no todo puede transformarse en mercancía y que poner límites también es una forma de defensa de la vida. La Mariposa Bandera Argentina no promete progreso ni desarrollo. No es una postal optimista del futuro. Es, más bien, una presencia frágil que nos interpela. Nos dice que todavía hay algo vivo, pero que no está garantizado. Quizás por eso su aparición anual emociona tanto. Porque no asegura nada. Porque es apenas una tregua. Y porque, en un mundo que confunde avance con destrucción, una mariposa nos recuerda sin discursos ni consignas que vivir también puede ser eso: aparecer, transformar y desaparecer sin arrasarlo todo. (*) Este artículo de Opinión de Carlos Merenson fue publicado originalmente en el portal La (Re) Verde.
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