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  • A los 34 años, pudo contar la violencia sexual que sufrió en su infancia y enfrentar a sus abusadores: Pensás en quitarte la vida

    » La Nacion

    Fecha: 09/01/2026 10:15

    Abuso Entrá a la guía de servicio y encontrá los tips de los expertos sobre cómo prevenir, actuar y encontrar ayuda frente a este problema Durante más de 27 años, Gastón Vigo Gasparotti convivió, en silencio, con un dolor sin nombre. Se expresaba en sensaciones en el cuerpo, miedos persistentes y una tristeza que aparecía sin aviso, azotándolo como un tsunami. Tendré dos recuerdos que me hacen sonreír de mi infancia. El resto duele. Fue dolorosa, triste y silenciosa, dice hoy, a los 37, cuando ya puede hablar de lo que le pasó. Y subraya esa última palabra: silenciosa. Desde al menos los 7 años, Gastón fue víctima de abuso sexual por parte de dos adolescentes que, cuando comenzó todo, tenían entre 12 y 13. Eran hijos de unos íntimos amigos de su familia: chicos con los que había crecido, compartido juegos, cumpleaños, pileta, sobremesas. Lo más injusto del abuso es que suele venir de personas de confianza. Eso te rompe la manera de mirar el mundo: si el que te hace daño es alguien a quien querés, todo empieza a discutirse dentro tuyo, explica Gastón, quien recién hace tres años, con 34 ya cumplidos, pudo nombrar lo que había vivido y comenzar un proceso de sanación que continúa hasta hoy. Gastón es economista y el fundador de Akamasoa Argentina, la organización social que busca replicar en el país el trabajo que hace el sacerdote argentino Pedro Opeka en Madagascar con personas que viven en situación de extrema pobreza. En Lima, Zárate, creó una comunidad con casas, escuelas, caminos y centros de formación laboral en la que hoy viven 110 personas, con la expectativa de llegar a 2.000. Las historias de dolor que conocí en estos años me ayudaron a reencontrarme con la mía, asegura Gastón. Esta es la primera entrevista en la que cuenta la violencia que arrasó su niñez y parte de su adolescencia. Junto a su padre, acaban de publicar El dolor, la traición y la esperanza, un libro donde comparten esa historia familiar. El peor error es callar. El silencio es el manto de impunidad, afirma Gastón. Un manto, dice, que no solo protege a los agresores, sino que deja en riesgo a otros chicos. Durante décadas, Gastón no pudo pedir ayuda. No sabía cómo hacerlo. Con estos traumas cargás una culpa injusta durante muchos años: no pude, no supe, no encontré los modos. Sentís que algo está mal en vos, que sos defectuoso, asegura. El cerebro te protege, agrega. Por eso los recuerdos al comienzo eran vagos. Pero el cuerpo no miente. Aunque la memoria se fragmente o se bloquee, el cuerpo registra olores, sensaciones, imágenes. Podés anestesiarlo con lo que quieras, pero guarda todo. Se paralizaba al cruzarse con alguno de sus abusadores. Otras veces, aparecían flashbacks, escenas incompletas. No siempre pensaba me abusaron, pero había algo ahí, una incomodidad que no se iba, señala Gastón. Es el menor de cuatro hermanos y creció en la ciudad de Santa Fe. Reconstruye con nitidez un razonamiento que atravesó su niñez: Lo tengo grabado. Era pensar mi viejo está cansado. Nos teníamos que callar cuando él llegaba del trabajo porque estaba leyendo o estaba agotado. Era verdad que uno veía mucho cansancio, pero bueno, un hijo necesita expresarse... Y en mi vieja, veía mucha tristeza, cuenta. Todo, reforzaba el silencio. En uno de los primeros recuerdos que tiene ligados a los abusos, Gastón está frente a un espejo. Se ve pequeño, desnudo, incómodo, con una sensación imposible de nombrar. Cuando lo recordé, me di cuenta de que algo había pasado, cuenta. Pudo reconstruir que en ese momento tenía 7 años al ver una foto suya de esa época, tomada en el cumpleaños de 15 de su hermana. Ese rostro de la foto era el mismo que me vi frente al espejo. Con el tiempo entendió que no había sido un solo episodio. Había situaciones en la pileta, en el cuarto de mis hermanos. Fueron muchos abusos, durante muchos años. La violencia se extendió hasta que los agresores tenían entre 16 y 17. Cada vez que veía a alguno de ellos sentía que se me paralizaban los huesos, recuerda. El cuerpo sigue doliendo. Guarda las risas, las humillaciones. Cuando alguien se ríe mientras te hace daño, es devastador. Veintisiete años son pesados para llevar algo así adentro, asegura Gastón. Durante todo ese tiempo, buscó sostenerse como pudo: libros, escritura, deporte, amigos, trabajo, excesos, fiestas. Nada alcanzaba. Con los años, el silencio se volvió cada vez más pesado. El abuso empezó a expresarse en el cuerpo y en la conducta: psoriasis, un tumor, consumo excesivo de alcohol, hipersexualización, impulsividad. También en pensamientos oscuros. Hubo momentos en los que la pulsión de muerte le ganaba a la vida, dice. Es horrible. Querés quitarte la vida. En esos momentos se aferraba a lo que podía: la fe, los vínculos, su familia. Pero sin hablar. Sin contar. De chico intentó decir algo. La única persona a la que pudo recurrir fue Nilda, la mujer que cuidaba a él y a sus hermanos. Le dije: Me molestan mucho, ayudame a que no vengan más. No pude decir más. Años después, cuando volvió a verla, Nilda le dijo que había intuido que algo pasaba: miradas, encierros, una escena extraña en la pileta. El abusador es un gran manipulador reflexiona Gastón. Se esconde detrás de rostros aparentemente buenos. Doctor en Economía, magíster en Economía Política y licenciado en Administración de Empresas, Gastón recuerda con claridad el momento en que algo se quebró. Fue cuando terminó su tesis doctoral. Pensé: ¿con qué más voy a tapar mi historia?. Ya no quedaban logros ni máscaras que alcanzaran para seguir ocultando el dolor. A comienzos de 2022, con 34 años, en medio de una separación y siendo padre de una beba, pudo hablar por primera vez. Estaba leyendo un libro que le hizo una pregunta decisiva: si te estuvieras por morir, ¿qué secreto no querrías dejar enterrado? No fue una decisión racional. Fue un vómito de verdad. Se lo contó primero a quien hoy es su pareja, Cande, quien lo impulsó a hablar con su familia. Después vinieron un retiro con otras personas que también habían sufrido violencia sexual en la niñez (Encontrarte con pares es impresionante: avanzás en días lo que te llevaría años), las terapias y decirlo todo en casa. Mostrarte vulnerable es acabar con la historia cómoda, dice. Esa historia la del profesional exitoso que deja lo corporativo para ayudar a quienes viven en la pobreza era más fácil de contar. Pero no era completa. Decirlo en la familia fue otro proceso largo y doloroso. Cuando alguien te da la posibilidad de hablar, es una oportunidad única para decir la verdad, recuerda Gastón. Contó que había sufrido violencia sexual en su niñez. Pero al principio no pudo decir quiénes habían sido los agresores. El miedo seguía ahí. El miedo también es una herencia del abuso. Después de un retiro, en septiembre de 2022, volvió con la decisión de contar todo. Meses más tarde, acompañado por sus padres, enfrentó a sus abusadores. A uno lo vio en persona; con el otro, que vive en el exterior, habló por teléfono. Fue la decisión más difícil de mi vida. Uno pidió perdón y se comprometió a tratarse, aunque luego su actitud cambió. El otro, ni siquiera eso. En el libro se reconstruyen esas conversaciones sin nombrar a los agresores. También hay una crítica fuerte al rol de la Justicia y a la prescripción de los abusos en casos como el suyo. En la Argentina, hasta hace poco más de una década, los delitos de abuso sexual en la infancia prescribían como cualquier otro: el plazo comenzaba a correr desde el momento en que se cometían. En 2011, la Ley Piazza modificó ese criterio y estableció que la prescripción empezara a contarse recién cuando la víctima cumplía 18 años. En 2015, la Ley de Respeto a los Tiempos de las Víctimas dio un paso más al fijar que el plazo corre solo desde que la persona, ya adulta, realiza la denuncia. Sin embargo, como estas leyes no son retroactivas, no alcanzan a casos como el de Gastón, cuyos hechos ocurrieron antes de esas reformas y hoy se encuentran prescriptos. El dolor no prescribe, insiste Gastón. No se consume con el tiempo. Hablar no borró el pasado ni eliminó el impacto del trauma en el cuerpo. Pero le permitió algo fundamental: dejar de sentirse solo. Al trabajar la historia de uno, le das al niño que fuiste la adultez que necesitaba. Es una reconciliación con vos mismo. Hoy dice estar parado en el cómo: cómo quiere vivir, con quiénes, qué valores sostener. Eso solo se logra cuando decís la verdad. Ese camino personal se enlaza con su trabajo social. Desde 2020, Akamasoa Argentina adquirió 7,2 hectáreas en Lima y construyó 18 viviendas, 17 módulos de acogida para situaciones de emergencia, dos invernaderos hidropónicos, una cocina industrial, un galpón de oficios, tres espacios de educación inicial, dos espacios de educación de adultos, una cabaña, un sector deportivo, un baño comunitario y un salón de usos múltiples. Ahora están construyendo un colegio de 1288 metros cuadrados con todos los niveles educativos y un centro de salud de 600 metros cuadrados. Todos los que se suman al proyecto estudian, trabajan y participan de la comunidad, detalla Gastón. Hasta el momento, Gastón decidió no avanzar con una denuncia penal contra quienes violentaron su niñez, pero no lo descarta. Yo ya tuve mi juicio por la verdad, dice. Enfrenté a mis abusadores y escribí el libro. Aclara que ese fue su camino. Nunca hay que presionar a una víctima. Cada uno tiene su tiempo y hará lo que considere mejor con su historia. Todos los caminos son igual de válidos. Y quiere hacerle llegar a sus agresores un mensaje: Está abierta la puerta para un pedido sincero de disculpas. También pone el foco en el rol de la Justicia. El dolor no prescribe, repite. No se consume con los años. No se borra solo. Se juzga como si fuera un delito consumado. Y el delito no está consumado porque se dañó todo: tu amígdala, tu hipotálamo, tu corteza prefrontal. Es impresionante los daños que hace el trauma hasta en tu expectativa de vida. Por eso insiste en la importancia de hablar. El amor es más potente que el miedo. Cuando te vean desbordado de tristeza, las personas que te quieren te van a abrazar. Hoy siente que contar su historia puede ser, para otros, una pequeña dosis de alivio. Tal vez alguien no quiera hablar nunca. Pero saber que no está solo ya ayuda. No se presenta como ejemplo. Esta es mi historia. Si sirve para que alguien se anime a hablar o a no sentirse solo, la tarea está cumplida. Nombrar lo vivido marcó para él un punto de inflexión: Empecé en Akamasoa buscando paz y quienes viven en la pobreza me devolvieron un espejo perfecto: cuando vivís y sudás con ellos, aparecen sus historias, y esas historias te hacen reencontrarte con la tuya y ya no querer callar ni ocultar, concluye. En la guía Hablemos de abuso sexual de Fundación LA NACION podés encontrar información acerca de señales de alerta y dónde pedir ayuda.

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