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» TN
Fecha: 03/01/2026 05:33
A sus 81 años, Sebastián Oscar García debería estar descansando. Sin embargo, cada tarde a las 15, cuando el sol de Lanús todavía quema, saca su bicicleta, acomoda el canasto y sale a la calle. En el barrio todos lo conocen como Manzanita. Su llegada se anuncia con el sonido de una corneta, el aviso de que llegaron las manzanas caramelizadas con pochoclos, esas que vende a 1500 o 2000 pesos para intentar ganarle a una realidad que lo golpea sin tregua. Leé también: Creó un carro-colectivo para juntar cartones y busca lograr su sueño: Quiero ganarme la plata dignamente Oscar trabajó más de tres décadas como zapatero en una fábrica. Se jubiló hace 16 años, creyendo que su esfuerzo le garantizaría una vejez tranquila. Pero los números no cierran: su jubilación no llega a los $400.000 y el banco le descuenta más de la mitad por un crédito que pidió el año pasado. ¿El motivo del préstamo? No me alcanzaba para comer, confesó a TN con una honestidad que duele. Hoy, Manzanita vive con apenas $140.000 por mes. Con eso debe mantener su casa y cuidar a su esposa, de 74 años, que también enfrenta problemas de salud. Me tienen que operar en dos meses por un problema en las arterias. En el banco me dieron un crédito y eso me terminó de hundir. No pude recuperarme nunca más, relató. El proceso de las manzanas es artesanal y le costó aprenderlo. Disolver el azúcar, lograr el punto justo del caramelo para que no se pegue en los dientes ni se queme, y darle ese rojo brillante con el colorante. En sus mejores días puede vender 60 unidades, pero el verano es un enemigo silencioso: Ahora tengo dos meses guardados con esto porque está toda la gente de vacaciones y vendo muy poco. El pedido de un hombre que no quiere limosnas La casa de Oscar en Lanús también sufre el paso del tiempo. El techo se está cayendo y cada vez que hay tormenta, la angustia crece. Cada vez que llueve, rezamos. Necesito colocarle una membrana, pero no llego, no puedo comprarla, lamentó. A pesar de la precariedad, Manzanita mantiene una dignidad inquebrantable. Es tajante al decir que no busca dinero fácil ni que le regalen plata. Su pedido es mucho más básico y urgente: nutrientes para seguir de pie. Yo no pido plata ni nada, solamente alimentos. Usted me deja un poquito de azúcar y lo voy a agradecer mil veces más. No quiero dinero de nadie. Yo quiero ayuda de esa naturaleza, quiero alimentos para no enfermarme y poder seguir trabajando, afirmó. Su rutina es una lucha contra el cuerpo y el hambre. A veces, la solidaridad de los vecinos es el único motor: pasa por una panadería donde le dan el pan del día o por una carnicería donde le regalan algún corte económico. Soy sincero: yo no sé qué voy a cenar mañana, dijo, mientras se prepara para otra recorrida en su vieja bicicleta, esa que es su fiel compañera aunque las piernas ya no tengan la misma fuerza. A pesar del corazón roto por la situación económica, Oscar coquetea con la alegría. Escucha cumbia por las tardes y se aferra al recuerdo de su padre para no bajar los brazos. Yo no me pongo triste, trato de evitarlo. Tengo una decisión de vivir, tengo muchas ganas, indicó. Antes de despedirse, volvió a dejar en claro su transparencia: Yo no voy al Congreso a tirar piedras, eso no sirve. Yo salgo a trabajar. Si me pueden ayudar con comida, bien. Si no, seguiré pedaleando. Fotos y video: Nicolás González. Edición: Facundo Leguizamón.
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