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  • Una mujer con “mellis” y un hombre con un perro y un bebé: el cruce inesperado en una plaza de dos historias cargadas de soledad

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 30/11/2025 02:37

    Vansa llevaba a los chicos al parques para salir del encierro de un departamento de dos ambientes (Imagen Ilustrativa Infobae) Cuando vivís en medio de la ciudad y tenés hijos en el jardín de infantes medio turno, la plaza cercana se vuelve una aliada indispensable. Es el espacio donde ellos podrán descargar la energía que los desborda cada día antes de volver al dos ambientes contrafrente “de un segundo piso ascensor”… Y sí hay vecinos y portero, pero adentro ya no mucho más, ni el amor. Porque Vanesa con 36 años y mellizos varones de 7 años que demuestran tener un vigor de motor a inyección, capaz de derrotar a cualquiera, por momentos no da más. Fue por esta sensación de agotamiento y de encierro que empezó a recorrer los espacios verdes cercanos a su departamento. Y en esta nueva y no deseada soltería se fue convirtiendo en una turista en su propia ciudad buscando plazas amables, con buena onda y, por sobre todo, que estuvieran más o menos limpias. En este tour obligado, diurno y movedizo, fue que un día descubrió el amor sentado a la sombra con un libro en la mano, un cochecito, la correa de un perro colgando del brazo y la mirada atenta al escenario. Doble sorpresa “Me había casado a los 22, como no quedaba embarazada me hice una estimulación ovárica y a los 29 tuve mellizos. A la felicidad siguió el caos”, reconoce hoy. “Nuestra vida se complicó muchísimo cuando, al tiempo, a quien era mi marido lo echaron del trabajo. Consiguió otro enseguida, pero en Chile. Yo no quería irme del país porque también trabajaba y necesitábamos de los dos sueldos para vivir bien. Además, acá tenía una familia y amigos en quienes apoyarme. Nunca había soñado con vivir afuera y ahora, con dos hijos, menos que menos. Él se fue, temporalmente dijimos, para ensayar esto de una vida a la distancia. Venía cada mes y medio más o menos. Así pasaron casi dos años. Y no, no funcionó. Habíamos perdido el control de la situación”, explica resignada. Después de mucha búsqueda, una estimulación ovárico ayudó a lograr el embarazo y tuvieron mellizos (Imagen Ilustrativa Infobae) La pareja se volvió distante emocionalmente. Vanesa sentía que llevaba la peor parte. Estaba con sus hijos y, aunque lo económico estaba cubierto, se sentía sola para todo el resto: para las enfermedades frecuentes con sus noches eternas, las dudas naturales que surgen en la crianza, para el ida y vuelta con las maestras o los conflictos con los pequeños compañeros de colegio. Fue en ese período, que duró aproximadamente 24 meses, que un día en la plaza conoció a Eduardo. Eduardo paseaba un perro. Y, cada tanto, llevaba también un cochecito con capucha con un bebé de meses. Era un tipo alto, desgarbado, con la cabeza raleada y siempre sonriente. “Parecía un hombre manso, de esos tan tranquilos que te ponen nerviosa”, se ríe. “La primera conversación se dio porque los melli querían tocar al perro a toda costa. Le pedí permiso, le pregunté si no mordía y esas cosas. Era un labrador tan manso como él. Charlamos un buen rato. La segunda vez que lo vi estaba con un bebé chiquito, además del perro. No le pregunté nada porque no quería parecer interesada o una chismosa. Nos saludamos de lejos y los chicos fueron corriendo a tocar al perro”, sigue contando. Los encuentros en la plaza continuaron con total espontaneidad. A veces con perro; a veces con perro y bebé, pero nunca con mujer, perro y bebé. A Vanesa le llamaba poderosamente la atención. ¿Qué pasaría con la figura materna? “Pero bueno, pensándolo bien yo estaba con mis hijos y el padre tampoco iba a la plaza. Era un prejuicio mío pensar que a un hombre no puede pasarle lo mismo”, reconoce hoy. Eran dos historias de soledad, llenas de arena y ladridos y berrinches. Dos historias cargadas de bolsos, pañales, botellitas, chupetes, juguetes y mamaderas y que transcurrían empujando hamacas hacia el cielo o haciendo descender niños por toboganes amarillos hacia algún porrazo. Dos historias que, inevitablemente, chocaron de frente para mirarse a los ojos. En esas tardes, en las que Vanesa se sentía desbordada, empezó a compartir su historia con Eduardo (Imagen Ilustrativa Infobae) El hombre habla Vanesa y su pareja ya vivían separados, pero estaban en pleno proceso de divorcio cuando, entre los dos desconocidos o circunstancialmente conocidos, se dio una charla más profunda. Esta vez el intercambio de palabras fue condimentado con un termo con café de por medio bajo un manto de miradas comprensivas. “Yo estaba muy triste por mi propio fracaso matrimonial. Mi familia se rompía inevitablemente. Incluso estaba pensando en mudarme a la zona oeste para vivir más cerca de mis padres y así obtener más ayuda de ellos. Trabajaba mucho, corría de mi depto a la plaza, de la plaza al colegio, con los chicos resfriados o con otitis, sin tiempo siquiera para mirar una película, hacerme los reflejos o tomar algo con alguna amiga. Me sentía desbordada 24/7. Ya no veía casi a nadie. Esa tarde me largué a contarle todo a Eduardo, a ese ilustre desconocido que me prestaba la oreja amablemente”. Él la escuchó con su habitual calma. Y le recomendó paciencia, que ya las cosas se acomodarían y se sentiría mejor. Las situaciones nuevas requieren de tiempo para que uno se adapte. Algo así o muy parecido es lo que recuerda Vanesa que le dijo. Se sintió comprendida. Unos dos o tres encuentros posteriores fue Eduardo quién llevó un paquete con medialunas y unos refrescos, además de una bolsita con caramelos para los chicos. Estaba hamacando al bebé con el pie mientras su perro iba y venía buscando un palo y los chicos de Vanesa flotaban en el aire colgados del pasamanos, cuando él habló. Vanesa hace mucho que quería saber, pero temía parecer indiscreta. Eduardo habló por propia voluntad, sin que hubiera ninguna demanda de ella. Finalmente, Eduardo le contó a Vanesa la razón que lo llevaba a ir solo a la plaza con un bebé de meses (Imagen Ilustrativa Infobae) “Mirá nunca me preguntaste, pero supongo que te parecerá raro que esté siempre solo con un bebé chiquito en la plaza y con el perro. Que nunca venga la madre de mi hijo… Bueno acá voy con mi historia. La mamá de Benjamín estuvo unos meses internada porque resultó ser paciente psiquiátrica. Estábamos saliendo desde hacía un mes solamente cuando quedó embarazada. Decidimos tenerlo, pero no nos mudamos a vivir juntos porque no queríamos apresurarnos. Una cosa era tener un hijo y otra formar una pareja. La situación nos había sorprendido sin estar seguros de nuestros sentimientos. Ya veríamos cómo seguir y si se nos daba o no eso de formar una familia estable. Todo era demasiado reciente. Pero los planes de uno no siempre son los planes del destino. Resultó que apenas nació nuestro hijo ella sufrió un brote psiquiátrico y tuvo un intento de suicidio. Yo no sabía que tenía problemas de este tipo, su padre sí pero no me lo contó. Ella no tuvo hermanos y su madre murió cuando nació. Está sola con su padre y supongo que él no quiso espantarme tan rápido y esperó que no pasara nada porque la veía muy bien. Lo cierto es que su patología empeoró con el embarazo y cuando pasó lo que pasó, que no quiso seguir viviendo y tomó pastillas, los especialistas me explicaron que era un cuadro difícil y que de ninguna manera ella podría estar a cargo de un menor. Aunque fuera su hijo. Su papá, que además es paciente oncológico, se ocupa de ella y de la medicación. Yo, de acuerdo con él, me hice cargo de nuestro hijo. Cada tanto lo llevo para que lo vean. Ella está como en otra dimensión, muy desconectada y ni lo mira. Su padre sí lo disfruta, lo veo en sus ojos. Lo cierto es que mi vida cambió radicalmente porque me quedé solo con un bebé, algo que jamás había imaginado ni en sueños. Bueno, esa es mi historia y no sé a dónde me conducirá, pero hago lo que puedo. Conseguí que mi hermana casada y con hijos me ayude, pero te diría que opero en lo cotidiano como un padre soltero. Por eso ando con mi perro Lupi que me acompaña desde hace seis años y mi hijo a cuestas, aprendiendo. En el medio, trabajo por mi cuenta como contador de empresas”. La carta de presentación había sido conmocionante. Nace un amor con futuro Esa tarde a Vanesa se le ablandó el corazón. Se pasó la semana entera pensando en Eduardo y sus problemas. Los de ella no eran nada al lado de los que enfrentaba él con ese bebé tan pequeño que todavía ni se sentaba del todo. Las charlas siguieron. Las miradas y los roces casuales también. Vanesa alzaba feliz al bebé. Benjamín sonreía. Los mellizos se divertían viendo los progresos de Benjamín y jugando con Lupi. “Había onda entre nosotros. Química. Ninguno estaba siendo infiel a nadie, pero al mismo tiempo teníamos el peso de la mirada de mis hijos y Benja que crecía y presentaba nuevos desafíos. Me gustaba haberlo conocido en un terreno tan vulnerable como familiar como es una plaza. Sin embargo, un tiempo después dejamos de vernos solo en la plaza. Un día le dije que viniera a comer a casa. Otro, fuimos los tres al departamento de él. Mis chicos adoraban a Lupi y ya se animaban a alzar a Benja o a darle de comer. Darnos un beso sin que nos vieran era un tema pero al final pudimos congeniar pareja y familia”, se ríe Vanesa. Con los meses terminaron operando como una familia normal de tres hijos y un perro. “Así creo que nos veían todos los que no conocían nuestras historias respectivas. Casi sin darme cuenta me había enamorado otra vez. Al mismo tiempo, empecé a preocuparme por Benja y a ocuparme de él. Un día que se le complicó y su hermana estaba de viaje, le dije a Eduardo que yo lo llevaría al pediatra. Creo que llevábamos seis meses saliendo cuando le presenté a mis padres y hermanos”. Con el paso de los meses terminaron funcionando como una familia con tres hijos y un perro (Imagen Ilustrativa Infobae) Hoy Eduardo y Vanesa llevan diez meses de relación formal. Ya han probado un viaje en familia a Tandil por cuatro días y apuntan a construir una vida juntos. El ensamble familiar funciona y sueñan con mudarse para vivir bajo el mismo techo. Los chicos esperan ansiosos el momento de estar todos juntos. Vanesa todavía le tiene que comunicar a su ex la noticia de que la nueva relación va tan en serio que están por formalizar y buscarán un departamento más grande. Y Eduardo se lo tiene que decir a su exsuegro y a la madre de su hijo. “Tenemos temor de que algo arruine nuestra historia. Que algo salga mal. Que alguien no lo apruebe. Que mis hijos se vuelvan difíciles en la adolescencia. Pero bueno, vamos despacio. Pisando huevos. Lo único que quiero transmitir es esperanza y dar un mensaje: el amor puede estar en cualquier lado. Empujando un cochecito en la vereda o sonándole la nariz a un chico en el arenero. Pero tenés que permitirte mirar para descubrirlo”. Hasta aquí llegamos. El futuro de este amor todavía no se ha escrito. Pero promete felicidad. *Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com * Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

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