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  • Los crímenes del “acechador nocturno”: el asesino satánico condenado a 19 penas de muerte y su boda en prisión con una admiradora

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 31/08/2025 04:49

    Richard Ramírez es detenido en la comisaría de Hollenbeck, Los Ángeles, el sábado 31 de agosto de 1985, como el principal sospechoso de los 16 asesinatos del "Acosador Nocturno" en California (AP Photo/Doug Pizac) La mañana del sábado 31 de agosto de 1985, Richard Ramírez, de 25 años, bajó adormilado del ómnibus de larga distancia que lo dejó en una terminal de Los Ángeles. Estaba cansado, después de un viaje agotador desde Austin, Texas, donde había visitado a su hermano. Se terminó de despertar de golpe cuando se vio a sí mismo, no en el reflejo de un espejo o del cristal de una vidriera sino en un cartel, que pronto descubrió que no era uno solo sino muchos los que tenían su foto. Alarmado, se detuvo frente a una tienda de licores en cuya vereda se exhibían los diarios del día: allí también estaba su rostro y el titular decía que la policía lo buscaba, acusado de ser el criminal en serie conocido como “El Acechador Nocturno”. Cuando levantó los ojos del diario vio otra cara que no era la suya sino la del dueño de la licorería y en su mirada vio que el hombre lo había reconocido y que su próximo movimiento sería llamar a la policía. El hombre no solo hizo eso, sino que también gritó. En ese mismo instante, Richard Ramírez inició lo que sería una carrera infernal. Corrió y se metió en un barrio de hispanos para tratar de despistar. No lo logró, cada vez que giraba la cabeza para mirar hacia atrás, la multitud que lo perseguía iba en aumento. Trató de robar dos autos sacando a los conductores de los asientos, pero se le resistieron; también recibió un golpe de un hombre que intentó interceptarlo empuñando una barra de hierro. Aun golpeado y dolorido siguió corriendo durante media hora sin que pudieran alcanzarlo, corrió hasta que las piernas y los pulmones ya no le dieron más y le gritaron “basta”. Tan agotado como resignado, se detuvo y se sentó en el cordón de una vereda, esperando que llegara la policía. No llevaba medio minuto sentado cuando comenzó a sentir los golpes, piñas y patadas de la multitud enardecida que lo venía persiguiendo. Estaban a punto de lincharlo ahí nomás, en la calle, cuando llegó el primer patrullero y los agentes lo salvaron de una muerte segura. Así terminó también la carrera de asesino en serie de Richard Ramírez, un criminal difícil de encasillar, porque atacaba con diferentes armas, desde pistolas y cuchillos hasta un machete, un martillo, una barra de hierro y un bate de béisbol. Tampoco se lo podía encasillar por las características de sus víctimas, que iban desde niños hasta ancianos, pasando por jóvenes y adultos. Eran hombres y mujeres, a las que a veces violaba y otras veces no. En ocasiones las mataba y en otras las dejaba vivas sin ninguna explicación. Eso último fue lo que lo perdió. El primo de Vietnam Cuando Richard Ramírez tenía 12 años, su primo Miguel volvió de Vietnam. Corría 1972 y en su casa de El Paso, Texas, el bueno de Richard no la pasaba muy bien con una madre poco cariñosa y un padre alcohólico y golpeador. Miguel se transformó en su ídolo, aunque los vecinos decían que el muchacho no había regresado bien de la guerra, que no tenía todos los patitos en fila, sino más bien todo lo contrario. A Richard esos comentarios no le preocupaban, la pasaba bien con su primo mayor. A la hora de la siesta, Miguel le enseñaba a tirar con un arma de verdad, a manejar el cuchillo no precisamente para comer y a pelear cuerpo a cuerpo. Cuando se cansaban, el exsoldado le mostraba unas fotos polaroid que había traído de Vietnam, donde se había cansado de matar a los “Charlie”. En las fotos, Richard vio arrozales y aldeas, pero nunca en primer plano sino como marco para cuerpos de mujeres, algunas desnudas, todas muertas. Entonces, señalándolas, Miguel le contaba a su primito cómo él y los muchachos de su compañía las habían violado y matado. A Richard le fascinaban los relatos de su primo, casi que los “veía” en su imaginación y entonces sentía un cosquilleo ahí abajo. Claro que una cosa es imaginar y otra muy diferente ver con los propios ojos. Y eso fue lo que pasó poco después, cuando Richard no necesitó imaginar más porque vio a Miguel dispararle a una mujer en la cara, la muerte en vivo y en directo. La mujer era su esposa, la de Miguel, claro, porque Richard era muy chico para tener una. Después de ese crimen los caminos de los primos se bifurcaron: Miguel desapareció de los lugares que solía frecuentar y no se lo volvió a ver por El Paso, donde tenía pedido de captura por asesinato; Richard aguantó poco tiempo más en su casa y a los 15 se fue a probar suerte a Los Ángeles. Pensaba trabajar, pero terminó robando. Víctimas del acechador nocturno, que fueron unas 14, otras sobrevivieron sus ataques sexuales Para 1984, 12 años después de aquellas fotos y de aquellos relatos, seguía bajo el sol de California. O quizás mejor haya que decir bajo la luna, porque era de noche cuando secuestraba, violaba y asesinaba. Los habitantes de Los Ángeles vivían aterrorizados por las sangrientas andanzas del hombre al que los noticieros llamaban “El Acechador Nocturno”, aunque todavía nadie sabía que se llamaba Ricardo Leyva Muñoz Ramírez, Richard Ramírez para los amigos. Ladrón y satanista A principios de la década de los ’80, Los Ángeles se preparaba febrilmente para ser la sede de los Juegos Olímpicos de 1984 y Richard ya era un viejo conocido de la policía californiana, que solía darle alojamiento en las celdas de sus comisarías. Lo tenían por un ladrón de poca monta y pocas luces, aunque a veces fuera algo violento. Había caído preso por robar a los huéspedes en los hoteles de mala muerte donde conseguía trabajo, por dos intentos frustrados de robo de autos, por tenencia de drogas e incluso por un intento de violación, aunque lo soltaron enseguida porque la víctima retiró la denuncia. Además de robar, cultivaba otras inclinaciones. Leía con avidez todo lo que tuviera que ver con sectas, esoterismo, demonios varios y prácticas satánicas. En cuestiones musicales, sus gustos iban por el mismo lado: cuando escuchaba Highway to Hell (“Escalera al Infierno”) de AC/DC sentía que volaba. Se drogaba con lo que podía: marihuana, cocaína o LSD, según los recursos que tuviera para comprarlas. Cuando estaba colocado, en la cabeza se le mezclaban esas lecturas oscuras con el heavy metal y las fotos polaroid de su primo Miguel. Y entonces sentía un cosquilleo muy fuerte, cada vez más fuerte. Fue ese cosquilleo en que hizo que en 1984 comenzara a matar. Su debut como asesino fue con una nena de 9 años en San Francisco. La engañó para llevarla al sótano del edificio donde vivía y allí la violó y la pasó a cuchillo. Pasarían 25 años antes de que lo relacionaran con esa muerte gracias a una prueba de ADN. Para entonces ya estaba en la cárcel, condenado por decenas de delitos más. Terror en Los Ángeles El 28 de junio de 1984 se cobró su primera víctima en Los Ángeles, una dama de 69 años llamada Jennie Wincow, que esa noche cometió el error de dejar una ventana abierta porque hacía mucho calor. La encontraron en el piso, al lado de la cama, en medio de un charco de sangre. La habían acuchillado y tenía el cuello cortado hasta casi separar la cabeza del cuerpo. La autopsia reveló que había sido violada. Por razones que nunca explicó – o porque la policía no pudo descubrir crímenes intermedios – Richard Ramírez se tomó una pausa de diez meses antes de cometer otro asesinato, pero lo hizo con renovados bríos. Volvió a actuar en marzo de 1985, cuando entró a un departamento y mató a Dayle Okazaki y abandonó creyéndola muerta a su compañera María Hernández. Esa misma noche mató a otra mujer joven, Tsai-Lian Yu. Tres días después asesinó a una niña de ocho años en Eagle Rock, California, y el 27 de marzo volvió a matar. Aunque la policía no estaba segura de que fuera así, los medios de comunicación sumaron dos más dos y empezaron a hablar de un asesino en serie, al que pronto apodaron “The Nightstalker” (El acechador nocturno). Lejos de detenerse, la seguidilla de asesinatos – y también algunos intentos fallidos – no se detuvo: las víctimas no solo eran mujeres, también había hombres y niños. El 29 de mayo mató a Malvia Keller, de 83 años, y a su hermana inválida, Blanche Wolfe, de 80. Las encontraron en el dormitorio, golpeadas brutalmente, Malvia, además, había sido violada. En la pared de la habitación el asesino dejó dibujada con lápiz de labios una estrella de cinco puntas invertida. En ocasiones anteriores había dibujado pentagramas y otros símbolos. No quedaron dudas de que se trataba de un asesino en serie. La investigación de los crímenes del Acechador Nocturno quedó a cargo del detective de homicidios de la Policía de Los Ángeles Frank Salerno y de su joven ayudante, el oficial Gil Carrillo. Estaban desconcertados: sabían que perseguían a un asesino en serie, pero a uno muy extraño, cuya personalidad y su modus operandi eran difíciles de definir. Los perfiladores del FBI sostenían en esa época – y todavía lo hacen – que una característica distintiva de los asesinos en serie es que rara vez se salen de un modus operandi en el que se sienten cómodos o que les da placer. También, que las víctimas un mismo asesino tienen características comunes entre sí. Pero “El Acechador Nocturno” no cumplía ninguno de los dos requisitos. Reconocido y capturado El capricho de matar a algunos y dejar vivir a otros fue la perdición de Richard Ramírez. En su última incursión sometió a un matrimonio al que tomó desprevenido en su casa. Mató al hombre y violó a la mujer junto al cadáver de su marido. Después se levantó y se fue, dejándola viva en el piso. Por la ventana, la víctima alcanzó a ver una furgoneta Toyota que arrancaba y se alejaba a gran velocidad. Cuando llegó la policía, la describió. Casualmente un adolescente, vecino del matrimonio, había anotado la matrícula de la furgoneta porque le había parecido sospechosa. Poco después encontraron el vehículo abandonado y, al cotejarlas, las huellas digitales de las manijas y el volante coincidieron con las del prontuario de Richard Ramírez. Al día siguiente, las calles de Los Ángeles estaban pobladas de carteles con el nombre y la foto del prontuario del “Acechador Nocturno”. Las tapas de los diarios también mostraban su fotografía. Ramírez ni se enteró del asunto, porque la misma noche del crimen se había ido de la ciudad hacia Austin, Texas, para visitar a su hermano. Fue al regresar, la mañana del 31 de agosto, que vio su foto por todas partes y empezó a correr la carrera que se cuenta al principio de esta nota. Richard Ramírez, en el centro, con sus abogados Randall Martin, a la derecha, y Daro Inouye, a la izquierda, en un tribunal de San Francisco el 5 de octubre de 1990. Ramírez fue condenado por más de una docena de asesinatos sexuales a mediados de la década de 1980 (AP Photo/John Mabanglo) Fue acusado de catorce asesinatos, cinco intentos de homicidio, nueve violaciones – tres de ellas a menores -, dos secuestros, cuatro actos de sodomía, dos felaciones forzadas, cinco robos y catorce allanamientos de morada. Se sospechaba que había cometido muchos delitos más, pero lo errático de su modus operando y la falta de testigos impidieron probarlos. El amor y la muerte El juicio televisado comenzó en 1989, y duró varias semanas. “Se vivieron un montón de testimonios espantosos y un montón de teatralidad por parte del acusado”, escribió Frank Girardot, que cubrió el juicio para Los Angeles Herald-Examiner. “En las audiencias, Ramírez dibujaba pentagramas en su mano y los sostenía para que los vieran las cámaras, le sonreía a la gente”, relató. Los jueces escucharon atónitos sus últimas palabras antes de escuchar la sentencia: “Lucifer habita en todos nosotros... No lo entienden... y no se espera que lo hagan, no son capaces de hacerlo. Estoy más allá de la experiencia de ustedes. Estoy más allá de hacer el mal. Legiones de la noche, raza de la noche. No repitan los errores del Acechador Nocturno y no tengan piedad. Seré vengado”, dijo. El 3 de octubre de 1989 el jurado lo condenó a 19 penas de muerte. Escuchó el fallo y la pena sin mostrar ninguna emoción. Richard Ramírez pasó los siguientes 23 años en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín, en California, donde comenzó a recibir cartas de mujeres que lo admiraban y lo consideraban atractivo. Con mucho tiempo libre, les respondía puntualmente y no demoró en tener una relación sentimental con una de ellas, Doreen Lioy, con quien se casó en 1996. Luego de la ceremonia, en una improvisada conferencia de prensa que dio en las puertas de San Quintín, la mujer no ocultó su alegría: “Solo quiero decir que estoy muy feliz hoy y estoy muy orgullosa de ser la esposa de Richard. Espero que respeten este día y me dejen ir a disfrutarlo en paz”, les dijo a los periodistas. El asesino en serie Richard Ramírez el día de su casamiento con Doreen Lioy (YouTube) Richard Anthony Ramírez murió de linfoma en 2013, a los 53 años. Al dar la noticia, un veterano cronista de Los Ángeles Times recordó en su nota la frase que “El Acechador Nocturno”, dijo después de escuchar su condena, con los ojos clavados en los periodistas que cubrían el juicio: “No pasa nada. La muerte siempre está presente. Nos vemos en Disneylandia”.

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