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  • El deseo de Agustín: tiene 10 años y sueña con vivir en familia, jugar con hermanos y una abuela que le haga mates

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 31/08/2025 04:44

    El deseo de Agustín: tiene 10 años y sueña con vivir en familia, jugar con hermanos y una abuela que le haga mates Agustín tiene 10 años y es uno de los 45 chicos que hoy están en el Hogar María Luisa, en San Martín, esperando ser adoptados. Esa es su realidad. Pero no lo define como niño: Agustín es muchas cosas más. Por caso, le gusta andar en bici por el patio y comer milanesa napolitana con puré de papas. También aprender cerámica -ya está canchero con los tarritos y hasta hace portasahumerios- y tocar el bombo en las clases de percusión. Está en cuarto grado. Y aunque jura que no le gusta la escuela, se sonroja al contar que se sacó un 10 en una prueba y que su maestra preferida es Ángeles, que enseña Lengua y Matemáticas. Agustín no recuerda cómo era su vida antes del hogar, ni cuándo llegó: ya pasaron cuatro años. Sí sabe que acá -como dice- lo miman. Y que si una pesadilla se entromete en la madrugada, “le digo a la nochera y me ayuda a dormir”. “Es lindo estar acá”, define. En el hogar también tiene sus amigos. “Uno, que antes estaba acá, se fue a los 10 años con una familia adoptiva”, dice Agustín, entre el lamento y la esperanza propia. Y está Zoe, su amiga de la escuela: suele pasar algunos fines de semana con ella porque el padre de Zoe es voluntario en el hogar y lo lleva a pasear. —¿A vos te dan ganas de irte con una familia? —Sí. —¿Cómo te la imaginás? —Hermanos. Mamá o papá. Abuela. Y nada más. —¿Tenés ganas de tener una mamá y un papá? —No. Una mamá o un papá. —¿Los dos no? —No. —¿Por qué no? —No sé. Así es como lo pienso. —¿Y hermanos? —Sí. Hermanos sí. —¿Y qué te imaginas hacer con esos hermanos? —Jugar a la mancha, a los camiones. Cosas así. —¿Y qué te imaginas hacer con abuelos? —Tomar mates. Hablar. En el hogar, Agustín tiene sus juguetes y también su rutina: “Cuando voy a dormir a la noche, primero me lavo los dientes y me cambio. Duermo solo. A la mañana me siento en el sillón, espero a que sea mi horario de la escuela y voy a la escuela”. —¿Te gusta que estemos charlando? —Sí. —¿O te pone nervioso? —No. Me gusta, Me gusta. —Decime la verdad... —Me gusta. —¿Qué tenés ganas de ser cuando seas grande? —Policía. —¿Nos vas a cuidar a todos? —No, no a todos... —¿No a todos? —¡Mentira! (Risas). Sí. —Y contame: ¿qué música te gusta a vos? —Luis Miguel. —¿Te acordás cuál es tu preferida? —Sí. La de: “Si no supiste amar, ahora te puedes marchar” (canta). —¡Está buenísima! “Si tú me hubieras dicho siempre la verdad...”. —“...si hubieras respondido cuando te llamé“. Ana Álvarez, la directora del Hogar María Luisa, lo escucha hablar a Agustín y sonríe. Hay amor en su mirada. Y también, un deseo: “Que cada uno, desde el lugar que le toca, apoye a lugares como el nuestro para que los chicos se puedan recuperar. Si trabajás en una escuela, no le digas ‘el nene del hogar’; llamalo por su nombre. Si sos pediatra, pedile permiso dos veces para revisarlo. Si sos profesor de natación, tené en cuenta que está aprendiendo normas, porque no las tenía. Si vamos a hablar de inclusión tené paciencia. Y para los que quieran adoptar, que se animen, porque son niños normales que desean tener una familia”, le dice Ana a Infobae. Y se dispone a descubrir una serie de circunstancias que muchos desconocen, quizás por mirar hacia otro lado. El María Luisa recibe a niños y niñas que han sido vulnerados y violentados en sus propias familias. Funciona en un mismo edificio pero en tres sectores distintos, organizados por edades. Los chicos de entre cuatro y hasta 12 años viven en el primer piso. Hasta los 17 están en el hogar de adolescentes. A partir de entonces ocupan el pre egreso, con jóvenes de hasta 21 años. “Tiene que ver un poco por la edad, otro poco por la autonomía que tienen, y también por la problemática -explica Álvarez-. La convivencia de un chico de cuatro años con uno puede ser 17 muy conflictiva”. —¿Cuál es el objetivo de la casa de pre egreso? —Los chicos que han vivido en hogares no tienen muchas cosas del aprendizaje o de la vida cotidiana. Y estas casa de transición, porque ese es el concepto, busca que puedan egresar a una vida adulta de la manera más autónoma posible, entendiendo que no tienen familias. Se trabajan distintas áreas de la persona: cuidado de la salud, relaciones vinculares. Es un espacio de contención: que puedan elaborar qué está bien, qué está mal. Hay cosas muy sencillas que quizás chicos que viven en una familia lo pueden resolver, y ellos, al no haber tenido contacto, no pueden. Manejo del dinero, el valor de las cosas, conseguir un trabajo. —¿Quien llega a la casa pre egreso, no fue adoptado antes? —Puede pasar de todo. Que viene de la casa, directamente; o de otro hogar. Puede haber tenido una guarda fallida y haber sido devuelto, y después deciden no continuar o no aparece otra familia. Lo único que queda es el egreso por autonomía. —La casa pre egreso tiene que ver con preparar a esos chicos para la vida adulta. —Armar familiaridad. Lo más difícil es eso: la sensación de soledad. El gran desafío es generar nuevas relaciones, más estables. —Hablemos de los mitos en el proceso de adopción. ¿Son eternos los tiempos de la adopción en la Argentina, como muchos dicen? —Hay muchos más chicos necesitando ser adoptados que personas inscriptas en los registros. Y la gran mayoría de las personas quieren niños hasta 3 años, sin problemas de salud. A veces, los pocos que hay, no matchean con las necesidades del niño. ¿Y tarda mucho? Y sí, tarda mucho porque no se están encontrando. Hay un proceso legal que tiene que suceder: primero, se busca si hay postulantes cerca de la zona para que el chico no tenga que irse del lugar donde estaba viviendo. Después se busca en el listado federal, que no es lo mejor: si de repente un chico de acá se va a Neuquén, ¿cómo lo acompañamos? —Había unos 9.000 y pico de niños la última vez que yo supe, judicializados, cerca de 10.000. No sé si ese sigue siendo el número. —No lo tengo actualizado. No hay datos oficiales: no sabemos muy bien qué cantidad de chicos hay en institución y cuántos con disponibilidad adoptiva. Y no se está terminando de escuchar cuando el niño o la niña ya dice que quiere una familia nueva. —¿Tenés chicos que lo dicen? —Sí. Y el trabajo del hogar tiene que ver con eso: que puedan ver qué es ser cuidado, qué es el buen trato, qué es jugar. Agustín antes no jugaba, no tenía relación con otros chicos. Los chicos llegan acá en muy malas condiciones. A veces les cuesta entrar porque el miedo es como una alerta; al poquito tiempo los ves relajados. El otro día uno de los chicos decía que era la primera vez que dormía en una cama. O tenés chicos de 7 años que no saben comer sólidos. Vos te das cuenta por cómo llega el chico: “Acá hubo mamá, en función materna”, o “Acá no hubo mamá”, decís. El abandono no es gratis. —Me dijiste algo que me parece importante: los chicos no siempre son escuchados cuando empiezan a decir que quieren una familia. Y además, un año en la vida de un chico de cinco, es un montón de tiempo. —El tiempo. Pero también pienso en las experiencias: cuando todavía se dirime si puede volver o no (con su familia de origen), y el chico ya dijo que no quiere volver... Esa me parece que es la cuestión: cuando el chico ya soltó. —¿Se respeta eso? —No siempre. Es más, por ejemplo, se piensa que todos los hermanos tienen que ir juntos, y nosotros hemos escuchado hermanos que dijeron: “No queremos ir juntos”, pero igual los mandaron juntos y después funcionó mal. Las historias son muy complicadas. A veces también hay situaciones de abuso entre hermanos. Según las estadísticas, la tercera causa por la que se toma una medida es el abuso. —¿Cuáles son la primera y la segunda? —El maltrato y el abandono, la negligencia sería. Esa era otra de las razones por las que no podíamos tener a todos los niños juntos y necesitamos tres hogares. —De repente pueden llegar hermanos que uno estaba abusando del otro. Y el abusador tal vez tenga 12, 13 años. —Es una víctima. Hay que poder entender que todos son víctimas y que hay que trabajar con todos. El trabajo de los hogares está muy invisibilizado y necesita ser muy profesional. El profesional que está en contacto con los chicos tiene que estar capacitado y tener las alertas muy despiertas. Entra un chico y nosotros ya decimos: “Bueno, dónde va a dormir, con quién, qué hay que observar de las conductas de las primeras semanas”. Vos tenés que proteger a ese niño, restituir sus derechos, pero también proteger a todo el resto. —¿Entonces, esta idea de “tratemos de no separar hermanos”, no es correcta? —La otra vez me llamaron: “Mirá, son cinco hermanos, estaba pasando esto en la casa, aquello, los más chiquititos...”. Y dije: “No me mandes a todos porque va a ingresar el problema; vamos a tratar de separar”. A ver, cuando sucede, los más grandes también se sienten súper culpables. Y tienen que hacer un proceso con la psicóloga para poder sanar lo suyo. Por supuesto, las vinculaciones siguen: los chicos mantienen relación entre ellos, pero por ahí no viven juntos. —Hablemos de cuando un chico es adoptado pero esa familia lo regresa. De las devoluciones, que es un término espantoso. —Espantoso. ¿Pero querés que te dé una imagen más espantosa? Llegan con una bolsa de consorcio al Juzgado. En nuestro caso, cuando nos llega una persona o la familia (para adoptar un chico), no te digo que los evaluamos pero sí, nos llevamos una primera impresión al entrevistarlos. Nos gusta ver cuánto saben, cuánto les contaron del niño o de la niña. Y hacemos ciertas preguntas. A veces, cuando tienen dificultades, los propios chicos vienen y nos las cuentan, entonces empieza una terapia en tal lugar: “Fijate tal cosa”. O a veces te hacen planteos que vos decís: “Esto no va”. Porque son cosas que tenemos que informar. —Pero para llegar a esa situación, se supone que quienes quieren adoptar pasaron por un montón de instancias. —Sí, pero una cosa es lo que vos te imaginás de lo que va a ser y otra cosa es la realidad. Te pueden decir: “Bueno, la adopción es esto, vas a venir tantos días, vas a venir tantos otros”. Pero después, cuando te tenés que encontrar con un ser humano, puede pasar como puede no pasar. Quizás vos creías que tu flexibilidad era un 10, pero resulta que tenés un 5 y el pibe necesita una flexibilidad 15. Y hasta que el chico no empieza… Pero te voy a decir algo: si hay una mamá que lo tuvo en su vientre y no pudo ejercer la función materna, ¿por qué vamos a condenar a otra persona que quizás tampoco puede? Quizás la función materna no sea para todos. Quizás el que quiere adoptar lo tiene como una cuestión idílica pero hay situaciones que se minimizan: se piensa que al niño con mucho mucho mucho amor, lo vamos a sacar adelante. Y a veces es con mucho amor, más terapia, más estar en casa, más dejar el segundo trabajo para poder estar ahí, porque me necesita, porque por tiene miedo de que lo abandone. Los chicos tienen miedo de que no los elijan. Tienen miedo de que si son nerviosos, ante el primer nervio los devuelvan. Entonces, va a haber todo un tiempo en donde van a estar más ansiosos, más irascibles. —¿Hay una mirada romántica de la adopción que juega en contra? —Por supuesto. Se cree que el problema son los tiempos, y el problema no son solamente los tiempos sino las personas, que por ahí son evaluadas y no están en condiciones de maternar o paternar. Hay que poner el primer foco en los chicos, porque cuando lo devuelvan, los revictiminizan. Cuando egresa de un hogar, lo hace con la ilusión de haber sido elegido porque cuando lo trajeron acá, sus padres biológicos no lo eligieron. —O no pudieron. —Nosotros, como adultos, entendemos que fue porque no pudieron. Pero los chicos lo viven de esa manera: que no los eligieron. Y cuando son devueltos, nuevamente pasan por lo mismo, por el abandono. —¿En el hogar, los chicos preguntan por sus padres biológicos? —En general, no. —¿Qué querés para Agustín? —Tiene que llegar una familia para Agustín porque es lo más. Es lo más. Ahí hubo una abuela, aunque no lo sepamos, lo intuyo: por su forma de ser y por determinadas actitudes, ahí hubo una abuela que cuidó. Es un sol de nene. Y cuando tenga una familia va a empezar a descubrirse como niño. Acá aprendió un montón de cosas: a vivir con otros chicos, porque no tenía contacto con otros chicos. Pero ya aprendió suficiente. Ya está para más. Los chicos necesitan un tiempo y ya después, están para más.

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