29/08/2025 11:09
29/08/2025 11:01
29/08/2025 11:01
29/08/2025 11:00
29/08/2025 11:00
29/08/2025 11:00
29/08/2025 10:59
29/08/2025 10:53
29/08/2025 10:53
29/08/2025 10:52
Buenos Aires » Infobae
Fecha: 29/08/2025 04:57
San Jerónimo, el primer traductor de la Biblia al latín, en una pintura de Caravaggio del año 1605 Si un lector es un tipo atrapado en una cárcel, un traductor es un tipo que, además, tiene que construir un túnel para salir y volver a entrar. Una vez que ese túnel está hecho —que es sólido, ágil, ventilado—, lo tiene que dejar listo para que el lector pase y sea, por fin, un tipo atrapado en una cárcel, y que no se dé cuenta. La metáfora podría ser la de un puente entre dos lenguas, entre dos países, entre dos culturas, pero hay algo mucho más secreto, íntimo, incluso sucio, en el túnel. Con la linterna en la boca, cavan y remueven la tierra; y a veces, solo a veces, nos invitan a mirar. La fiebre por otros medios “¿Qué hago con esto? ¿Lo convierto en una nota al pie?“, se preguntaba Matías Battistón en Dublín, abrigado, sin calefacción, frente a la computadora. Estaba en el túnel —traduciendo la trilogía de Samuel Beckett— y de pronto se encontró con un dato raro: que la madre de Beckett tenía un burro. “De hecho, burros tuvo varios, uno después del otro. A veces los montaba para ir a visitar a sus amigas. Es un dato totalmente inútil, claro”, cuenta en lo que es, sin dudas, un diario de traducción. Acaba de publicarse por Emecé bajo el título La madre de Beckett tenía un burro. Battistón tradujo a Édouard Levé, Roland Barthes, Fernando Pessoa y tantos otros, y en ese trabajo técnico y sobrecalificado se filtra algo del orden lúdico, casi infantil: la fascinación por un dato inútil. “Algo en mí me impide encajarle un burro innecesario al lector. Después de todo, soy un profesional. Y sin embargo, otra parte de mí quiere abrir las ventanas para gritar la buena nueva: la madre de Beckett tenía burros, y uno se llamaba Kish. Le gustaba comer frutillas”. Es un diario de traducción mientras construye el túnel para Ediciones Godot de Molloy, Malone muere y El innombrable. “La madre de Beckett tenía un burro” (Emecé) de Matías Battistón Beckett escribía en inglés y en francés. Cuando Battistón compara ambas versiones de un mismo libro, encuentra acepciones contrariadas. En Murphy en inglés dice “Que Dios bendiga mi alma”, pero en Murphy en francés dice “Que Dios maldiga mi alma”. “¿Cómo traducir a un tercer idioma un libro con dos versiones distintas en dos idiomas distintos? ¿Cómo elegir, por así decirlo, entre dos originales?” Para esta etapa, el frío inicial, que tuvo su fiebre, ya mermó, pero a veces la traducción, dice, es “una continuación de la fiebre por otros medios, un esfuerzo un poco injustificable, un delirio vestigial”. La incomodidad de una época Cuando le pidieron que traduzca Un cuarto propio de Virginia Woolf, Tamara Tenenbaum empezó a tomar notas, que se volvió libro, que ganó el Premio Paidós. Se titula Un millón de cuartos propios: ensayo para un tiempo ajeno. Empieza con una larga introducción narrando de lleno, y en primera persona, la aventura, no solo de una traducción, sino de los efectos de traducir semejante texto a semejante época: “Tenía muchas ganas de volver a escribir ensayos, tenía hambre de hablar del presente, un presente que me parecía incendiado, pero no me creía con derecho a hacerlo”. “Quiero escribir sobre mi tiempo, sobre estos años que estamos viviendo; tengo más hambre que nunca de hacerlo, pero no entiendo bien con quién hablo. Desde que soy chica, lo que más me interesa en la vida es habitar mi época, habitarla con toda la plenitud que sea posible”, escribe Tenenbaum, desfazada, con los escombros del progresismo en la mochila, frente a la catedral reaccionaria. “Me resulta muy extraño, entonces, sentir por primera vez que no estoy escuchando el murmullo de mi era. Ya no estoy trabajando con mi tiempo; la sensación es que estoy trabajando contra él”. “Un millón de cuartos propios” (Paidós) de Tamara Tenenbaum “Virginia reivindica esa posición, algo lateral, de mirar lo que hacen las demás; retirarse con gracia del centro de la escena”, se lee. Un millón de cuartos propios es un libro sobre la imposibilidad de estar cómodos en la propia época: merodea las ideas centrales de Woolf pero sobre todo alumbra la recurrente sensación de insatisfacción actual. Es un ida y vuelta constante para trazar paralelismos con ambas épocas, subrayar similitudes, tachar diferencias, siempre con la necesidad de “enfrentarse al futuro que viene”, y sin caer en un “optimismo bobo, o peor, un optimismo cruel”. ¿Y si lo que construye el traductor es un túnel, no entre dos tierras, sino entre dos tiempos? “Lo más importante Un cuarto propio es que tiene muchos años, casi cien. Necesitaba algo que viniera de otra época para hablar de la mía", y devela el truco: la traducción como excusa para pensar el presente y decir, por ejemplo, que no es lo mismo “que lo personal sea político” y “confundir el feminismo con la ética de Instagram”. Si al progresismo caviar de paladar negro le quedaba algún prurito para seguir resistiéndose a leer con seriedad a Tamara Tenenbaum, este libro entierra ese prejuicio. Un millón de cuartos propios Por Tamara Tenenbaum eBook $ 8,99 USD Comprar Una tierra abierta Si los traductores son, como decía Umberto Eco, artesanos de la palabra, ¿la poesía no es un material esencial? Juan Arabia es ambas cosas: poeta y traductor. En su último libro, Encrapuler, dibuja una postal universal. En la tradición de una poesía atemporal, sin los vicios del localismo ni del lenguaje de redes, Arabia habla de “una tierra abierta” y “despejada de sí” donde “las líneas horizontales vencen a las verticales”. Teje un poema en francés, otro en italiano, deja versos en japonés. Se pregunta si “¿es nuestra especie la equivocada?" y sueña con “iluminar tu rostro como el de un océano”. “Escrapuler” (Buenos Aires Poetry) de Juan Arabia Contra los traductores Una de las intenciones que tuvo Georges Perec con La disparition fue desafiar a los traductores. Estamos hablando de un libro que omite, durante sus 320 páginas, la letra E. No usó ni je (yo) ni et (y) ni le (el / la / los / las). Es una obra de relojería lúdica. Se publicó en 1969, en francés. Pasaron casi tres décadas para que los traductores acepten el reto. El primero fue Gilbert Adair: le puso A Void y ganó el Premio Scott Moncrieff en 1995 y el Firecracker Alternative Book de 1996. Los rusos, por ejemplo, evitaron la O, y los japoneses no utilizaron sílabas que contengan el sonido de la I. La traducción al español llevó su tiempo. No fue un solo traductor, fue un trabajo colectivo. Se inició en 1986 con un grupo de estudiantes de la Universidad Autónoma de Barcelona. El proyecto se detuvo, luego se retomó en 1990 sumando nuevos miembros y alejándose otros. Finalmente, en 1997, el resultado final se publicó en el sello Anagrama con el título El secuestro. Los traductores que figuran son Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y Regina Vega. Obtuvieron el Premio Stendhal. No evitaron la E, sino la A, la más usada de nuestro idioma. “El secuestro" (Anagrama) de Georges Perec La novela empieza con la desaparición de Tonio Vocel (Anton Voyl en francés). Con los apuntes que dejó en su casa, sus amigos empiezan a buscarlo. No están seguros si fue capturado, si escapó o si una suerte de delirio lo llevó a perderse. Intuyen lo primero; o quizás sea lo más conveniente. Perec, que murió en 1982, hizo todo lo posible por huir de las conveniencias. Su obra es un laberinto de trucos. No supo de las traducciones, pero llegó a intuirlas. Tres años después de La disparition, en 1972, escribió Les Revenentes, en la que usa una sola vocal: la E. Todavía no fue traducida al español.
Ver noticia original