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  • Sebastián Porrini: "Tener fe, hoy te pone en el lugar del bicho raro"

    » La Capital

    Fecha: 29/08/2025 00:13

    Profesor, escritor y divulgador cultural , Sebastián Porrini regresó a Rosario para dictar un seminario sobre "Las mil y una noches" en la Fundación Italia. En diálogo con Tomás Trapé para el ciclo In Situ , abordó temas profundos y variados: desde los clásicos literarios hasta la educación, pasando por la fe, la tradición, el rol de la comunidad y los desafíos que plantea la modernidad. Con su estilo apasionado se animó a poner en discusión certezas asumidas y a reivindicar valores que, para muchos, parecen pasados de moda . Desde el inicio de la charla, Porrini se mostró cómodo en su doble rol de académico y provocador . Consultado sobre qué convierte a una obra en un clásico, respondió sin vueltas: “ Un clásico es aquello que no se puede reescribir y a lo que siempre hay que volver. Es insoslayable. Lo que hace el tiempo, claro, pero también lo que hace el lector que reconoce su perfección, incluso si no coincide ideológicamente”. Embed - Sebastián Porrini: "Tener fe hoy te pone en el lugar del bicho raro" Hablando de "Las mil y una noches", obra que motivó su seminario, explicó que se trata de un texto “inabarcable, con problemas de traducción, larguísimo, pero cuya influencia es incuestionable”. En su opinión, la legitimidad de los clásicos a veces se impone más por inercia cultural que por lectura real: “Todos citan el Fausto o la Divina Comedia, pero pocos los han leído completos. Incluso muchos intelectuales, ante el peso simbólico que tienen estos libros, recurren a resúmenes. Pasa también con Borges: lo nombran, lo elogian, pero no siempre lo leen”. Uno de los momentos más intensos de la entrevista fue cuando se refirió a los llamados “poetas malditos”. Para Porrini, esa categoría encierra una paradoja: “Son malditos porque son profundamente sagrados. Se ubicaron en la vereda opuesta de una Iglesia que bendecía a una burguesía decadente, y eligieron definirse desde el rechazo. Si el Dios de estos es el Dios bueno, ellos se van con el otro”. La religión atraviesa gran parte del pensamiento de Porrini. Pero lejos de proponer una visión dogmática o excluyente, defendió una espiritualidad abierta: “Volví a la fe gracias a la lectura de Guénon, un autor musulmán. Me enseñó a respetar todas las tradiciones. Soy católico, sí, pero no puedo negar que en las Upanishads o en el budismo hay sabiduría”. Y agregó con firmeza: “Tener fe, hoy te pone en el lugar del bicho raro. Es más cómodo tener una ideología aceptada que sostener una creencia en este mundo descreído”. También habló de educación, una de sus pasiones. Fue tajante al decir que “enseñar es un arte, no una técnica”, y criticó con dureza los modelos educativos actuales. “La educación debería ser más personalizada. Hay chicos que están estudiando sociología sin saber lo que es la Marina, y les sacaron lógica, que es lo que ordena el pensamiento. Es un delirio. Se reemplazó la gramática por materias que flotan en el aire”, lamentó. Sobre el rol del docente, fue categórico: “El maestro no puede ser condescendiente. Tiene que decir cosas incómodas. No puede alentar a un adolescente a tomar decisiones definitivas sin comprender sus consecuencias. La pedagogía del ‘sé lo que quieras’ es peligrosa”. Otro eje central fue la idea de comunidad. Porrini alertó sobre el individualismo extremo que —según él— domina la sociedad actual. “Hoy convivimos, pero no somos comunidad. No sabemos quién vive al lado. Somos átomos sueltos. Y así no hay héroes. El héroe surge cuando hay comunidad, cuando hay un nosotros del que formar parte”. Para ilustrar su punto, citó el caso de Suecia: “Es un país donde la gente muere sola, y nadie lo nota durante años. En Etiopía, en cambio, nadie muere sin compañía. Eso dice mucho”. El concepto de libertad también fue discutido en profundidad. “La libertad como se vende hoy es una trampa. Es la libertad del consumo, de estar solo. Pero los grandes místicos dicen que uno es verdaderamente libre cuando se somete a algo superior”, explicó. Y completó con una imagen potente: “Para ser libre como escritor, me impongo las mayores restricciones. Eso me obliga a ser creativo. Lo mismo pasa con la vida”. En el tramo final, Porrini habló de esperanza. La encontró en los jóvenes que se acercan a la fe, al pensamiento crítico, a la búsqueda de sentido. “No es demagogia. Veo chicos que leen a Evola, a Guénon, a Michel Henry. Jóvenes que hace 10 años no estaban interesados en nada de eso. Algo está pasando. Intuyen que la libertad como consumo los deja vacíos”. A su estilo, cerró con una provocación más: “Hoy se puede hablar de todo, menos de Dios. Pero es una necesidad humana ineludible. Hay un mundo que quiere convertirnos en chips dentro de un sistema. Yo prefiero morirme antes que dejar de ser persona”.

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