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» Elterritorio
Fecha: 05/04/2025 15:33
sábado 05 de abril de 2025 | 6:00hs. Sesenta años atrás, el octogenario Edmundo Escalada escribió meticulosamente los recuerdos del primer viaje que realizara a Misiones cuando era un adolescente, una experiencia única para él e imperdible -actualmente- para quien quiera conocer las condiciones, vehículos y vicisitudes que se debían afrontar hace un siglo, sumado a las creencias y supersticiones de esa época respecto a un lugar consagrado para la grey católica regional: el Cerro Monje. Retomemos el relato donde lo dejamos, Escalada solo, en la cima del cerro, esperaba el retorno del sirviente, entonces: “(…) La soledad de ese momento solo era interrumpido por el canto de pájaros raros del monte que desconocía y más favorecía mi angustia recordando que entre las cosas que me contó mi guía en el camino, figuraba una de que el Santo se había presentado a algunas personas que no tenían pecado, yo con mis 15 abriles que tendría entonces, no me encontraba muy tranquilo a pesar de que como era buen muchacho tendría pocos pecados sobre mis espaldas. Pasado ese momentáneo mal estaba mirando para todos lados, apareció mi acompañante trayendo la llave con la que abrió la puerta de la capilla y con todo respeto pasamos adentro, sobre un altar estaba el Santo Nuestro Señor de la Soledad en una especie de nicho bien adornado con cintas y rodeados de flores artificiales. Al costado sobre una mesita de pino había una calabera que dicen perteneció a un negro que fue ayudante y fiel compañero del Monje. Después de entregar las velas que llevábamos para que fueran prendidas al Santo, pasamos a la Gruta donde había una vertiente y un agujero por donde salía agua. Mi acompañante me dijo que también allí, ocurría que a los que tenían muchos pecados, se les iba el agua y no podían recogerla. Temeroso intenté sacar un poco para beber esa agua milagrosa y felizmente tuve suerte porque mi jarrito se llevó y pude saborear con placer esa riqueza de agua bien fresquita. De allí recorrimos un trecho por una picadita y llegamos bajando una pendiente a un lugar donde corría un pequeño arroyo de agua fría y cristalina producida por la caída de agua de la parte más alta del monte, produciendo un ruido igual al que produce una cascada al caer con fuerza el agua. Allí juntamos en unas botellas llevadas de ex profeso, el líquido producto que se consideraba allí como si fuera agua bendita. Frente al lugar, había un gran tronco de un árbol seco con un gran hueco al pié, que servía de vivienda a un tigre que era el guardián del cerro. En la parte superior formaban sus gajos una especie de horqueta donde había una cruz con una inscripción en latín que no puede entender. Se decía que un día llegó por allí un cazador inglés y mató de un tiro al tigre, cayendo también para siempre el cazador, que después fue devorado por aves de rapiña y animales carnívoros del monte. Al término de la inspección descripta, regresamos y después de las despedidas e imploraciones a Nuestro Señor de las Soledades, encillamos nuestros montados y emprendimos el regreso, pasando a la vuelta por un pueblo fundado por los jesuitas llamado San Javier sobre la margen derecha del río Uruguay, puerto maderero de gran importancia en la época de explotación de nuestros bosques y jangadas que venían del Brasil con bigas de Cedro y tablones de pino. Llegamos a Itacaruaré a la casa de mi tío Avelino, casi al anochecer. Todos me esperaban y con mayor expectativa mis primas que insistían que mi viaje al cerro, era seguramente para pagar alguna promesa y como traía algunas botellas de agua y paquetes con yerbas medicinales del lugar para traer a mi casa, más insistían en la promesa que seguramente fui a pagar. Yo francamente venía impresionado de esos hermosos lugares y las casas que ví y me contaban que terminé por creer y quedé medio tristón y con temor, y para mejor esa noche de día viernes, estando todos ya listos para retirarnos a dormir: se sintió en el patio de la casa, grandes ladridos de perros que también aullaban y gritaban en forma rara. El Negro criado de mi tío gritó: “el lobisón” patrón y armado de un machete se dirigió a la puerta del fondo, seguido por los primos armados de palos para ahuyentar el aparecido que seguramente al sentir movimiento de gente, disparó hacia un mandiocal y rumbo al monte de la costa, hasta donde le persiguieron llorando y ladrando los perros de la casa. Al otro día constamos el perjuicio en el mandiocal encontrando plantas caídas y rotas en todo el trayecto seguido por el “lobisón” y sus seguidores. Al siguiente día de lo rebatado partía de vuelta a mi casa. Mi tío me hizo acompañar hasta la Concepción de la Sierra, por el negro criado, tan buen amigo, que empecé a quererlo como miembro también de la familia. Al llegar a Concepción tras un rato de espera, tomé el carrito de la correspondencia que me trajo hasta Playadito, donde tomé la galera hasta mi pueblo, feliz y contento de llegar de vuelta a mi casa, donde conté a mis padres y hermanos las impresiones del largo viaje realizado”. Sin duda fue una experiencia inolvidable para el joven Edmundo Escalada; a Pepe Bertrán vaya nuestro agradecimiento por su generosidad al compartir este relato escrito por su tío abuelo. ¡Hasta la semana que viene!
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