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  • Cómo los aranceles impuestos por Trump amenazan el crecimiento global, y porque Argentina debe actuar rápido

    Concordia » El Heraldo

    Fecha: 05/04/2025 06:23

    No se trata solo de otra medida proteccionista, sino de un giro radical en la política comercial de la principal potencia económica del mundo, que durante décadas promovió el libre comercio como pilar del crecimiento. Las implicancias son profundas: desde el encarecimiento de productos básicos hasta el riesgo de una recesión global, pasando por el impacto directo en economías emergentes como la argentina, que ahora enfrenta costos adicionales para colocar sus productos en el mercado estadounidense. El experimento de Trump no es solo una política comercial; es una apuesta arriesgada que podría redefinir el orden económico global. Y si sale mal, todos pagaremos el precio. Esta estrategia comercial choca de frente con las ideas de Adam Smith, el padre de la economía moderna, quien en “La riqueza de las naciones” (1776) argumentó que la especialización y el intercambio entre países son la base del crecimiento. Smith demostró que cuando las naciones se enfocan en producir lo que hacen mejor y comercian libremente, la productividad aumenta, los precios bajan y la riqueza se expande. El proteccionismo de Trump va en sentido contrario: al imponer barreras artificiales, fuerza a EE.UU. a producir bienes que otros países hacen más eficientemente, lo que encarece la economía y reduce el bienestar general. Si esta lógica se extiende —y las represalias de la UE, China y otros gigantes comerciales ya están en marcha—, el mundo podría enfrentar una regresión a un modelo de comercio menos eficiente, con consecuencias graves para el crecimiento. Los números no mienten. En las últimas tres décadas, el comercio internacional fue clave para la expansión económica global. Entre 1990 y 2020, el PIB mundial creció a un promedio del 3,5% anual, impulsado en gran medida por la apertura de mercados y la caída de aranceles. Según el Banco Mundial, el libre comercio explica cerca del 25% de ese crecimiento. Hoy, sin embargo, ese motor se está apagando. El FMI estima que una guerra comercial generalizada, como la que podría desatarse tras los aranceles de Trump, podría reducir el crecimiento global en hasta un 2%, con efectos especialmente duros para las economías emergentes. Para EE.UU., la apuesta es alta. Trump promete que estos aranceles traerán empleos industriales de vuelta y reducirán el déficit comercial, pero la historia reciente sugiere lo contrario. Entre 2018 y 2020, sus aranceles a China no lograron revertir el déficit bilateral; de hecho, este aumentó un 12%. En un mundo donde China y la UE están firmando megatratados como el RCEP (que cubre el 30% del PIB global), el aislamiento de EE.UU. podría dejarlo fuera de las cadenas de valor del futuro. El impacto en Argentina: entre la urgencia y la oportunidad Argentina, aunque afectada por el arancel del 10%, no está entre los países más golpeados. Sin embargo, la medida llega en un momento delicado, cuando el país necesita desesperadamente dólares para sostener su frágil economía. Sectores clave como la agroindustria —especialmente los limones, el vino y la carne— podrían verse perjudicados, ya que EE.UU. es un mercado importante para estos productos. Según datos de la Cámara de Exportadores, las ventas argentinas a EE.UU. crecieron a un 8% interanual. Un aumento en los costos de exportación podría frenar esta tendencia, complicando aún más la ya crítica situación de las reservas del Banco Central. Las manufacturas, en particular las autopartes y los productos químicos, también enfrentan riesgos. Muchas pymes exportadoras dependen del mercado estadounidense, y un encarecimiento del 10% en sus productos podría hacerlas menos competitivas frente a proveedores de otros países. Esto no solo afectaría el empleo en el sector, sino que también limitaría la capacidad de Argentina para insertarse en cadenas globales de valor, justo cuando el mundo avanza hacia una mayor integración regional. Pero no todo es negativo. La medida de Trump podría acelerar la diversificación de mercados que Argentina viene postergando. Países como China, India y los miembros de la ASEAN ya muestran un creciente apetito por productos agroindustriales argentinos. Además, el Mercosur, pese a sus limitaciones, sigue siendo un espacio con potencial para fortalecer el comercio intrarregional. El desafío será agilizar los acuerdos pendientes y reducir la burocracia que hoy frena a los exportadores. El verdadero riesgo para Argentina —y para el mundo— es más profundo: si el proteccionismo se consolida, las reglas del juego cambian. Adam Smith ya lo advirtió hace 250 años: cuando los países se encierran, la riqueza se estanca. Nuestro país acumula experiencias dolorosas tanto con el proteccionismo exacerbado como con las aperturas comerciales abruptas. Durante el modelo de sustitución de importaciones (1930-1976), el cierre progresivo de la economía y los altos aranceles a las manufacturas generaron industrias ineficientes que dependían del subsidio estatal, llevando a crisis recurrentes de balanza de pagos y desequilibrios fiscales. Más recientemente, el gobierno de Alberto Fernández repitió este esquema con aranceles del 35%, cepo cambiario y restricciones a las importaciones, lo que derivó en recesión, desabastecimiento y una brecha cambiaria que superó el 100%. Del otro extremo, la dictadura militar (1976-1983) implementó una apertura comercial repentina que destruyó el tejido industrial, dejando como saldo fábricas cerradas y un endeudamiento externo récord. Una situación similar ocurrió durante el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), cuando la reducción abrupta de aranceles y la eliminación de restricciones comerciales, sin transición ni plan de competitividad, terminó en quiebras empresariales, fuga de capitales y un nuevo ciclo de endeudamiento en dólares. Este péndulo entre proteccionismo asfixiante y liberalismo ingenuo ha sido una constante en nuestra historia económica. Mientras naciones como Corea del Sur o China supieron proteger sectores estratégicos con plazos definidos y exigiendo contrapartidas de innovación y productividad, Argentina insiste en repetir fórmulas fracasadas. La receta del éxito es conocida, solo hay que aplicarla: políticas industriales selectivas con metas claras, articuladas con una inserción inteligente en el comercio global. Sin embargo, nuestra clase política parece condenada a no aprender ni de sus propios errores ni de los ejemplos exitosos a nivel internacional. En fin, la Argentina, el mensaje es claro: ¿cuántas crisis más necesitaremos para entender que los extremos nunca son la solución?, en un mundo que se fragmenta, la única salida es correr más rápido hacia otros mercados antes de que sea demasiado tarde.

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