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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 04/04/2025 16:39
Redes sociales (imagen ilustrativa) Las redes sociales han transformado la comunicación de la Iglesia, -como de todas las organizaciones de la sociedad-, y la percepción pública de temas de la agenda religiosa. En este nuevo escenario, la lógica del escándalo suele dominar el debate digital, donde la polarización y la agresividad determinan qué contenido se viraliza y qué voces adquieren relevancia. La pregunta clave es: ¿cómo puede la Iglesia responder a esta dinámica sin caer en el mismo juego destructivo? La lógica del “escándalo” en redes Las plataformas digitales no son neutrales: su arquitectura está diseñada para amplificar lo que genera reacciones rápidas e intensas. La indignación, el escándalo y el conflicto tienen más probabilidades de aparecer en los feed de los usuarios que el análisis pausado o el debate sereno. Con la incorporación de la inteligencia artificial, este fenómeno se profundiza aún más. Los algoritmos no solo priorizan el contenido más provocador, sino que también aprenden de nuestras reacciones para ofrecernos aquello que maximiza nuestro tiempo de pantalla y refuerza sesgos preexistentes. Así, estas plataformas no solo difunden información, sino que moldean percepciones, influyen en emociones y pueden condicionar el modo en que comprendemos la realidad. En este contexto, la Iglesia y sus opciones por valores evangélicos en el ámbito público se convierten en blanco frecuente de manipulaciones y malentendidos. Por ejemplo, cada palabra del Papa Francisco puede ser sacada de contexto, cada gesto reinterpretado maliciosamente y cada decisión convertida en un nuevo episodio de crisis. Un ejemplo extremo de esto ocurrió durante la reciente internación del Papa Francisco. Mientras la Santa Sede ofrecía partes médicos oficiales, en redes sociales comenzaron a circular rumores infundados sobre su supuesta muerte o renuncia inminente. Estas falsedades no solo generaron confusión, sino que fueron utilizadas por ciertos sectores para alimentar teorías conspirativas y generar alarma en los fieles. En lugar de informar con seriedad, algunos usuarios prefirieron propagar la incertidumbre porque les garantizaba mayor impacto y difusión. Este caso muestra cómo, en la lógica digital actual, la verdad suele ser menos relevante que la capacidad de generar reacciones inmediatas. Este fenómeno se relaciona con lo que el periodista Miguel Wiñazki denomina "la noticia deseada", es decir, la tendencia a dar por cierto aquello que encaja con un deseo o con una narrativa preestablecida, sin importar su veracidad. El Papa Francisco El odio como estrategia Dentro de la propia Iglesia, hay sectores que han aprendido a jugar con estas reglas para erosionar la autoridad del Papa y dividir a los fieles. La agresividad no es solo un efecto colateral de las redes; en muchos casos, es una estrategia deliberada. Algunos grupos autodenominados “católicos” han hecho de la descalificación un modo de operar. Los ataques a Francisco, las denuncias apocalípticas sobre el rumbo de la Iglesia y las etiquetas de “hereje” o “traidor” que circulan en ciertas esferas digitales no son inocentes, buscan instalar la idea de una Iglesia dividida y en crisis permanente. Esta lógica del enfrentamiento no solo ataca al Papa, sino que también se extiende a obispos, sacerdotes y fieles que intentan seguir el camino de comunión marcado por Francisco y por el Evangelio. Se generan listas de “buenos” y “malos” católicos, y se busca cancelar o desprestigiar a quienes no encajan en la visión rígida y falsa de estos grupos. La agresividad como método de fidelización En este contexto, se observa un fenómeno preocupante: el uso de la agresividad no solo como herramienta de ataque, sino como mecanismo de construcción de identidad y fidelización. En muchas ocasiones, se dice cualquier cosa, por violenta que sea, con tal de captar la atención y reafirmar la adhesión de los seguidores. En lugar de buscar la verdad, se prioriza el impacto emocional. No se piensa en lo que se escribe ni en las consecuencias que puede tener; lo que importa es generar una reacción inmediata, una excitación comunitaria que refuerce la pertenencia a determinado grupo. Se deshumaniza al otro, se ridiculiza y se demoniza a quien piensa diferente, y la agresividad se normaliza. Respuestas desde la fe Ante este panorama, la primera tentación es reaccionar con la misma agresividad. Pero la comunicación cristiana no puede reducirse a una guerra de trincheras. ¿Cómo responder sin traicionar el Evangelio? Una clave fundamental es no caer en la provocación. Responder no significa alimentar el odio con más odio, sino buscar el momento y el modo oportuno de dar testimonio. A veces, el silencio es más elocuente que el debate interminable y otras veces una palabra clara y directa desarma la falacia sin entrar en una espiral de insultos. Otra estrategia es apostar por la verdad sin ingenuidad. No se trata de ignorar las distorsiones, sino de combatirlas con inteligencia. Esto implica aprender a comunicar con claridad, evitando que las fake news se instalen por falta de una versión oficial oportuna. Un ejemplo de esto lo vimos en la claridad y transparencia con la cuál la Santa Sede comunicó lo que ocurría en los días de internación del Papa en el Hospital Gemelli. Testigos, no trolls Los cristianos en redes tenemos una responsabilidad: no podemos ser simples replicadores de la lógica del escándalo. Esto significa que no podemos comportarnos como “trolls con valores”. La agresividad y el fanatismo no pueden ser nuestro estilo, porque lo que está en juego no es una batalla cultural o ideológica, sino el testimonio del Evangelio. Si el Papa Francisco insiste tanto en la importancia del diálogo, la fraternidad y el discernimiento, también es porque sabe que el mundo digital es un campo de tensión permanente. En ese espacio, la Iglesia tiene que ser una comunidad que comunica con audacia, verdad y caridad. La Iglesia no sólo debe responder con testimonio y caridad ante la agresividad en las redes, sino también alzar la voz para que haya una regulación adecuada de la desinformación y el lenguaje de odio, por el daño que provocan en la vida de las personas y en la salud de la democracia. El Papa Francisco ha advertido reiteradamente sobre los peligros de la manipulación digital, las fake news y la difamación como formas de violencia que destruyen el tejido social. “Las noticias falsas son signo de actitudes intolerantes y pueden utilizarse para influir en decisiones políticas y favorecer intereses económicos” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2018). Se trata de promover un uso ético de la comunicación que respete la dignidad de las personas y fomente el bien común. Es necesario también desenmascarar los poderes ocultos que operan detrás de estas estrategias de desinformación, que muchas veces buscan dividir a la sociedad y debilitar los lazos de confianza. La Iglesia, en este sentido, debe impulsar una cultura del encuentro también en el ámbito digital, exigiendo responsabilidades y normas claras que protejan la verdad y la convivencia. Al final del día, la comunicación eclesial en redes no se juega en la cantidad de “likes” o “retweets”. Se juega en la capacidad de construir un espacio donde el mensaje de Jesús siga siendo una Buena Noticia, incluso en tiempos de odio y polarización.
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