Una aproximación desde la negociación internacional y la teoría de juegos
Las tensiones en el Golfo reflejan un juego estratégico entre Irán e Israel, donde ambos buscan asegurar su supervivencia. La teoría de juegos ofrece una mirada analítica.
Una aproximación desde la negociación internacional y la teoría de juegos
Las tensiones en el Golfo reflejan un juego estratégico entre Irán e Israel, donde ambos buscan asegurar su supervivencia. La teoría de juegos ofrece una mirada analítica.
Mojtabá Jameneí (o Mochtaba Khamenei), actual líder supremo de la República Islámica de Irán, comparte imagen con el premier israelí Benjamin Netanyahu. Actores principales de un conflicto existencial.
Sobre el conflicto en el Golfo se han formulado numerosos análisis y propuestas. En estas líneas invito a recorrer algunos de los elementos que, a mi juicio, ayudan a explicar su persistencia y que deberían ser considerados en cualquier intento serio de negociación. La cuestión central es que tanto Irán como Israel interpretan el conflicto en términos existenciales.
Cada uno percibe que una derrota estratégica podría poner en riesgo su continuidad, su seguridad o su forma de organización política. Para Israel, la amenaza se vincula con su supervivencia como Estado y con la posibilidad de sufrir ataques capaces de comprometer gravemente su seguridad.
Para el régimen iraní, además de la defensa de la soberanía nacional, aparece el temor a que una derrota acelere un cambio de régimen y ponga fin a la República Islámica.
La política de seguridad iraní está marcada por una larga memoria histórica de invasiones e intervenciones extranjeras: desde las campañas de Alejandro Magno, pasando por la invasión afgana de 1722, las ocupaciones e injerencias de las potencias durante las guerras mundiales, la destitución de Mohammad Mosaddegh, la influencia británica sobre el petróleo, el régimen del sah y, finalmente, la guerra entre Irán e Irak.
Esa experiencia histórica alimentó una cultura estratégica basada en la profundidad defensiva, la autonomía y la desconfianza hacia las potencias externas. En ese marco, Irán desarrolló una red de aliados estatales y actores no estatales -habitualmente denominados proxies- que amplían su capacidad de influencia regional, actúan como barrera defensiva y ejercen presión sobre Israel y otros adversarios.
Su programa nuclear también puede ser interpretado como parte de una estrategia de disuasión, aunque para sus vecinos y para Israel, representa al mismo tiempo una amenaza de enorme magnitud.
Para Irán, la amenaza existencial no consiste en su desaparición como Estado, sino en la caída del régimen de los ayatolás y su reemplazo por un sistema secular con mayores libertades políticas, uno de los anhelos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Aunque no existe un mandato constitucional que ordene la destrucción física de Israel, el discurso oficial iraní ha cuestionado reiteradamente la legitimidad del Estado israelí como estructura política y ha promovido su reemplazo por otro orden institucional.
Por eso, para Israel, el problema no se limita a las capacidades militares iraníes; también incluye las intenciones declaradas, la financiación de grupos armados y la posibilidad de que Irán alcance una capacidad nuclear militar.
La dimensión existencial iraní presenta, sin embargo, una particularidad. La amenaza no consiste necesariamente en la desaparición de Irán como Estado, sino en la eventual caída del régimen de los ayatolás y su reemplazo por un sistema secular con mayores libertades políticas.
Desde la perspectiva de la dirigencia iraní, soberanía nacional y supervivencia del régimen tienden a confundirse, aunque no sean exactamente lo mismo. Un punto de quiebre fue la posibilidad de un acuerdo entre Arabia Saudita e Israel, que podía consolidar un frente regional contrario a Irán y profundizar la cooperación entre Israel y varios países árabes suníes.
Las monarquías del Golfo proyectan, con distintos matices, una región asociada con la inversión, la modernización y la prosperidad. Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y otros centros regionales han intentado posicionarse como polos globales de negocios, tecnología y servicios.
En ese contexto, el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 se produjo mientras avanzaban conversaciones sobre una posible normalización entre Arabia Saudita e Israel.
No puede afirmarse de manera concluyente que esa negociación haya sido la única causa del ataque, pero sí es razonable considerar que una alianza regional más amplia podía alterar el equilibrio estratégico y reducir la influencia de Irán y sus aliados.
Una región más integrada y próspera también podría ejercer presión interna sobre la teocracia iraní. La comparación con modelos vecinos más abiertos y exitosos puede debilitar la legitimidad de un régimen que enfrenta dificultades económicas, restricciones políticas y demandas sociales.
Para una dictadura, las reformas pueden ser percibidas como el inicio de una pérdida de control y, en última instancia, como una amenaza de colapso. Por su parte, la política de seguridad de Israel está definida por una sensación de amenaza existencial constante desde su fundación, en 1948.
El país enfrentó guerras convencionales, terrorismo, ataques con misiles y conflictos asimétricos. Como respuesta, desarrolló uno de los sistemas de defensa, inteligencia y disuasión más sofisticados del mundo. Israel también logró articular vínculos diplomáticos y estratégicos con varios países árabes suníes.
Sin embargo, su objetivo de desarmar o reducir la amenaza de la red de proxies iraníes lo llevó a un uso persistente y, en ocasiones, muy intenso de la fuerza. La dureza de esas operaciones ha sido cuestionada internacionalmente y, en determinados momentos, ha afectado la legitimidad externa de su posición, aun cuando Israel invoque razones de defensa propia.
El conflicto como juego estratégico
Desde la teoría de juegos, el conflicto puede entenderse como un dilema de seguridad. Cada actor adopta medidas que considera defensivas, pero que el adversario interpreta como ofensivas. Irán fortalece su programa nuclear y su red regional para disuadir ataques; Israel responde con operaciones militares, alianzas y amenazas preventivas.
Cada movimiento confirma los temores del otro y produce una escalada que puede resultar racional para cada parte por separado, pero desastrosa para ambas en conjunto.
El segundo problema es la falta de compromisos creíbles. Aunque las partes alcanzaran un acuerdo, cada una tendría razones para temer que la otra lo incumpla cuando cambie la correlación de fuerzas. Israel podría dudar de que Irán abandone realmente sus capacidades nucleares o deje de apoyar a sus aliados armados.
Irán, a su vez, podría desconfiar de que las garantías de soberanía y no agresión se mantengan después de haber reducido sus instrumentos de disuasión. Existe, además, un problema de información incompleta. Ninguna de las partes conoce con precisión las verdaderas capacidades, límites, ni disposición a asumir costos del adversario.
En este tipo de juegos, las señales militares, las amenazas y las demostraciones de fuerza buscan transmitir determinación, pero también aumentan el riesgo de errores de cálculo. Finalmente, ambos gobiernos enfrentan costos internos.
Una concesión que pudiera ser razonable desde el punto de vista diplomático puede ser presentada domésticamente como una capitulación. Esa dinámica reduce el espacio de negociación y favorece posiciones maximalistas.
¿Qué debería contemplar una negociación?
La forma aparentemente más sencilla de resolver el conflicto sería eliminar las amenazas existenciales de ambos lados: reconocer de manera inequívoca el derecho de Israel a existir en paz y, al mismo tiempo, garantizar la soberanía y la integridad territorial de Irán.
Sin embargo, una declaración general no sería suficiente. Las garantías deberían ser verificables, graduales y acompañadas por mecanismos capaces de sancionar incumplimientos.
Un acuerdo sostenible debería estructurarse por etapas. Cada concesión tendría que ser correspondida por una medida equivalente y verificable de la otra parte. Por ejemplo, limitaciones progresivas y supervisadas al programa nuclear iraní podrían vincularse con alivios económicos, garantías de no agresión y canales permanentes de comunicación.
Del mismo modo, la reducción del apoyo iraní a grupos armados debería estar acompañada por compromisos regionales de seguridad y por incentivos que hagan más costoso volver a la confrontación.
La cuestión palestina también influye en el conflicto, aunque su resolución no eliminaría por sí sola la rivalidad entre Israel e Irán. Aun con un acuerdo palestino-israelí, persistirían las disputas por el equilibrio regional, el programa nuclear, la red de aliados de Irán y la supervivencia del régimen iraní.
No obstante, una solución justa y sostenible para los palestinos reduciría uno de los principales instrumentos de movilización política y legitimación de la confrontación. El estrecho de Ormuz constituye otro elemento estratégico. No pertenece exclusivamente a Irán y es una vía esencial para el comercio energético mundial.
La diversificación de las rutas de exportación de petróleo y gas de los países del Golfo reduciría la capacidad de cualquier actor de utilizar su interrupción como instrumento de presión y, por lo tanto, disminuiría uno de los incentivos para la escalada.
En síntesis, la paz requiere algo más que exhortaciones. Exige modificar los incentivos del juego. Mientras cada parte crea que su seguridad depende de debilitar preventivamente a la otra, la confrontación seguirá siendo racional.
Una negociación viable debería transformar el conflicto en un juego repetido de cooperación gradual, con verificación independiente, reciprocidad, costos claros para el incumplimiento y beneficios concretos para quienes respeten el acuerdo.
La paradoja final es que la prosperidad derivada de la paz podría alterar la naturaleza del régimen iraní. Pero ese cambio no debería ser impuesto desde afuera ni confundirse con la seguridad regional.
La estabilidad duradera solo será posible cuando se distingan tres cuestiones que hoy aparecen superpuestas: la soberanía de Irán, la supervivencia de su régimen y la seguridad de Israel. Negociarlas como si fueran una sola conduce al bloqueo; separarlas permite imaginar acuerdos parciales y acumulativos.
El autor es embajador de carrera de la República Argentina, abogado (UNL) y Master en Administración Pública (Harvard).