Transformar historias de vida a través de la educación: la misión que Fundación Anpuy lleva hasta la Puna
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Para muchos niños y jóvenes, estudiar puede significar alejarse de su comunidad, vivir en un albergue o en la casa de algún familiar, atravesar condiciones climáticas adversas y sostener una trayectoria educativa mientras alrededor aparecen dificultades económicas, familiares o emocionales. En ese escenario, permanecer en la escuela puede convertirse en un desafío. Y encontrar a alguien que acompañe el camino puede hacer una diferencia decisiva.
De esa tarea, sostenida desde hace tres décadas, hablaron en Territorio Minero Rocío Palarik, responsable de Desarrollo Institucional de Fundación Anpuy, y Carolina Arias, trabajadora social y encargada de Acompañamiento del programa Futuros Egresados. La entrevista permitió poner el foco en una dimensión que también atraviesa a los territorios donde se desarrolla la minería: las personas, sus oportunidades y el acceso a la educación como herramienta para transformar realidades.
Fundación Anpuy nació hace 30 años en Salta y actualmente desarrolla programas en distintos puntos de la provincia y del NOA. Su presencia se extiende desde Salta Capital, Cafayate, El Carril y La Silleta hasta localidades y comunidades de la Puna salteña y jujeña como San Antonio de los Cobres, Olacapato, Salar de Pocitos y Santa Rosa de los Pastos Grandes (en Salta) y en Catua, Pastos Chicos y Susques (en Jujuy)
Hace 30 años que Fundación Anpuy trabaja con la misión de transformar historias de vida a través de la educación, resumió Palarik.
Ese propósito fue ampliándose con el tiempo. La organización comenzó abordando programas vinculados a la deserción escolar, pero entendió que era necesario trabajar mucho antes, sobre las condiciones y oportunidades que podían modificar las trayectorias de vida. Así, la educación se convirtió en el eje central y hoy sus programas acompañan diferentes etapas, desde la primera infancia y la escuela primaria hasta la secundaria, los estudios superiores e incluso la terminalidad educativa de jóvenes y adultos.
Acompañar mucho más que una trayectoria escolar
El trabajo de Anpuy alcanza actualmente a unas 500 personas y tiene una característica que sus referentes consideran central: el acompañamiento integral y personalizado.
La tarea puede incluir becas económicas y asistencia material, pero también seguimiento psicosocial, fortalecimiento de habilidades socioemocionales, entrevistas, talleres y encuentros periódicos. Hay niños que llegan a la Fundación a edades muy tempranas y continúan vinculados durante la primaria y la secundaria, mientras que algunos logran avanzar posteriormente hacia estudios superiores.
Nosotros creemos que para que alguien realmente pueda aprovechar las oportunidades y poder salir de donde está o moverse por otros lugares, necesita un acompañamiento. Entonces, el acompañamiento integral es la clave para nosotros, explicó Palarik.
En la Puna, esa mirada adquiere todavía más relevancia. Carolina Arias conoce de cerca esa realidad a partir de su trabajo territorial y explicó que detrás de cada trayectoria educativa confluyen múltiples factores que difícilmente puedan abordarse de manera aislada.
En algunas comunidades, por ejemplo, los jóvenes deben abandonar temporalmente su lugar de origen porque no existe allí oferta secundaria o terciaria. Eso implica alojarse en escuelas, albergues o casas de familiares y comenzar a transitar, muchas veces a edades tempranas, una experiencia marcada por el desarraigo.
Muchos de los chicos tienen que dejar su lugar de origen, porque no hay nivel secundario o porque no hay nivel terciario. Entonces, estamos trabajando en un lugar del desarraigo donde muchas veces están muy solos, muy solas y la parte del acompañamiento es crucial, señaló.
Cuando estudiar también significa atravesar otras dificultades
Sostener la escolaridad puede volverse todavía más complejo cuando aparecen consumos problemáticos a edades tempranas, falta de espacios recreativos, vínculos familiares difíciles, distancias geográficas o dificultades para acceder a servicios de salud mental.
A ello se suman situaciones mucho más cotidianas y, precisamente por eso, determinantes. Un adolescente puede tener que cumplir con las mismas exigencias escolares que cualquier otro mientras atraviesa una situación emocional compleja, no pudo descansar adecuadamente o incluso no comió.
Para Carolina, allí aparece uno de los sentidos más profundos del acompañamiento que realiza la Fundación: identificar esas vulnerabilidades y trabajar para que no terminen interrumpiendo una trayectoria educativa.
Pero también hay otro desafío, menos visible y profundamente relacionado con las oportunidades disponibles y es que los chicos puedan imaginar su futuro. Yo proyecto en base a las posibilidades reales que veo, explicó la trabajadora social. Por eso, parte del trabajo está orientado a ampliar ese horizonte a través de orientación vocacional, acompañamiento y espacios donde los jóvenes puedan reconocer sus intereses, deseos y capacidades.
No hay programas enlatados
Trabajar en territorios con identidades, dinámicas y necesidades diferentes también obligó a Anpuy a construir una metodología basada en el conocimiento de cada comunidad.
Carolina explicó que los programas no llegan definidos de antemano para aplicarse de igual manera en cualquier localidad. Antes existe un diagnóstico, una aproximación al territorio y un proceso para reconocer las necesidades expresadas por sus propios habitantes. La idea nunca es crear programas que vengan como estos frascos enlatados en los cual abrimos, destapamos y creemos que se puede aplicar lo mismo en cada lugar. Es necesario conocer, afirmó.
Ese criterio atraviesa, por ejemplo, Tejiendo Infancias, iniciativa desarrollada inicialmente en Catua para trabajar con madres y niños de entre cero y tres años. Allí se detectaron dificultades en el desarrollo del lenguaje y en la preparación para el ingreso al nivel inicial, por lo que comenzaron a trabajar sobre estimulación temprana, fortalecimiento del vínculo entre madres e hijos y articulación con instituciones de la comunidad.
El objetivo, sin embargo, va más allá de la intervención directa de la Fundación. La apuesta es dejar capacidades instaladas para que las propias familias, referentes e instituciones puedan sostener las herramientas adquiridas cuando Anpuy ya no esté presente.
Desde la primera infancia hasta la universidad
A lo largo del trabajo que vienen sosteniendo los programas de Anpuy también fueron surgiendo interrogantes. ¿En qué momento hay que comenzar a acompañar? ¿Hasta cuándo? ¿Llega un momento en el que hay que soltarles la mano?
Estos interrogantes, a su vez, fortalecieron el trabajo de la fundación. Primero apareció Futuros Egresados, orientado a estudiantes secundarios. Luego surgió la necesidad de acompañar a quienes querían continuar estudios superiores con el programa de Becas Universitarias. Pero mientras trabajaban con ambos grupos detectaron dificultades vinculadas a la lectura, la comprensión y la comunicación, y decidieron avanzar hacia la primaria.
Después volvieron a preguntarse si era necesario comenzar todavía antes. Así llegaron a la primera infancia y al trabajo con las familias.
Se nos va haciendo un nudo en el que todo es importante, reconoció Palarik. Porque el acompañamiento no termina necesariamente cuando se alcanza un objetivo educativo. La pregunta pasa a ser cuál es el próximo desafío y de qué manera pueden seguir estando presentes.
Esa lógica también dio origen a una suerte de círculo virtuoso. Jóvenes que atravesaron los programas y posteriormente accedieron a estudios superiores regresan para colaborar desde los conocimientos y herramientas que adquirieron. La Fundación lo denomina manos que devuelven: quienes alguna vez fueron acompañados encuentran después una manera de acompañar a otros.
Entre los programas que abordaron las chicas, podemos mencionar los que están abocados a la Primera Infancia como Tejiendo Infancia, a Nivel Primario como Vamos con viento a favor; Nivel Secundario Futuros Egresados, Terminalidad Educativa para adultos, Post-egreso: Orientación Vocacional, las Jornadas de Jóvenes Trabajando mi Futuro y el programa de Becas Universitarias y Terciarias en lo que respecta a Nivel Superior. A esto, se le debe sumar el trabajo que realizan en la capital salteña, con especial foco en barrios de la zona norte.
Una red que necesita de muchos
Para sostener esa estructura, Anpuy articula con escuelas, comunidades, familias, universidades y empresas, incluidas compañías que trabajan en las zonas de influencia de sus programas.
Parte de las iniciativas de primera infancia, primaria y terminalidad educativa reciben acompañamiento empresarial, mientras que los estudiantes secundarios y de nivel superior pueden acceder a becas sostenidas mediante un sistema de padrinazgo en el que participan tanto empresas como personas particulares.
También existe el programa Amigos de Anpuy, mediante el cual cualquier persona puede realizar un aporte mensual para ayudar a sostener y ampliar las actividades de la organización.
El propio nombre de la Fundación sintetiza esa concepción colectiva. Anpuy es una palabra proveniente del quechua que, según explicó Palarik, significa ayudándonos los unos a los otros.
Creemos que ese es el espíritu de la Fundación: ayudarnos entre todos, crear redes para todos salir adelante juntos, expresó.
Esta es mi casa
Hacia el final de la entrevista en Territorio Minero, la conversación dejó los programas, las cifras y las metodologías para detenerse en aquello que finalmente permite dimensionar su impacto: una historia concreta.
Ante la pregunta sobre algún caso que reafirmara su decisión de continuar trabajando en Anpuy, Arias pensó en varios nombres y rostros, pero eligió contar sin revelar su identidad la historia de un joven que llegó a la Fundación cuando era apenas un niño.
Hoy tiene 18 años, está terminando la secundaria, realiza orientación vocacional y comienza a proyectar qué quiere hacer después. Asiste prácticamente todos los días y lleva tantos años vinculado a Anpuy que la Fundación atravesó buena parte de su infancia y adolescencia.
Lo que me hace reafirmar y que nos hace reafirmar a nosotros día a día es el agradecimiento por un lado de él, el que nos diga que esta es mi casa, relató Arias.
Con la finalización de la secundaria apareció incluso una inquietud que resume el vínculo construido durante todos esos años: si al egresar podía seguir yendo.
Arias recordó que recientemente volvieron a encontrarse con imágenes de cuando tenía apenas siete u ocho años. Hoy ven a aquel mismo niño convertido en un joven de 18, desenvolviéndose, pensando en estudiar y construyendo su propio proyecto.
Verlo hoy con 18 años, desenvolverse, proyectarse, ver que quiere estudiar, la verdad que nos conmueve, reconoció.
Quizás allí se encuentre la dimensión más concreta de una tarea que puede resultar difícil de medir únicamente en estadísticas. Porque detrás de cada beca, cada viaje a la Puna, cada taller y cada encuentro mensual existe un proceso mucho más largo: estar presentes mientras un niño crece, acompañarlo cuando aparecen las dificultades y ayudarlo a descubrir que su lugar de origen, su contexto o las oportunidades que tuvo hasta entonces no tienen por qué limitar su futuro.