La amistad ¿tiene fecha de vencimiento?
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Durante un encuentro con un grupo de colegas analizábamos el impacto de los vínculos tempranos padres con hijos- en el desarrollo socio afectivo de un individuo y cómo estos moldean sus elecciones posteriores tanto de amigos como de pareja, cuando surgió una pregunta: La amistad ¿tiene fecha de vencimiento? La duda quedó suspendida en el aire y tras ese silencio se produjo un interesante debate que dio origen a esta nota.
La discusión giró en torno a la calidad de los lazos, empezando por los vínculos que nacen de afinidades como el deporte o el trabajo, donde la actividad compartida funciona como el catalizador de las relaciones en un espacio que permite conocer cualidades como el compañerismo, la lealtad, la ética. Por otro lado, observaron que compartir espacios comunes permite conocer a quienes operan bajo valores y roles compatibles entre sí, pero que eso no garantiza la calidad ni la continuidad del vínculo. También mencionaron que los lazos humanos actuales tienden a la fragilidad y que, más allá de la fluidez de la época, existe un factor madurativo ineludible: a veces, los caminos de dos personas simplemente se bifurcan.
Tipos de amistades
En ese punto de la reflexión, alguien se acordó de la Ética a Nicómaco, donde Aristóteles ya distinguía entre diferentes tipos de amistad: aquellas basadas en la utilidad, las causadas por el placer y las amistades perfectas, fundadas en el bien y la virtud compartida. Incluso, en estas últimas reconocía que, si uno de los amigos cambia radicalmente y el otro permanece igual, la distancia se vuelve inevitable porque ya no comparten el mismo "suelo" moral o existencial. En este punto, el debate cobró más peso y nos condujo al verdadero nudo de la cuestión: las amistades de larga data. Aquellas donde la ruptura es dolorosa y genera sentimientos de culpa o enojo y una hipótesis: al definir al amigo como "un otro yo", la discordia equivale a un duelo identitario: perder el lazo con el otro implica perder al testigo clave de quienes fuimos en un tiempo de nuestra vida y así, la dolorosa transición de ya no compartir el presente con ese amigo, resurge al abrir una vieja agenda, una caja con fotos o simplemente al detenernos en un recuerdo: personas que durante años ocuparon un lugar central pasaron a ser parte de la memoria, de nuestra propia historia a solas.
"A veces, los caminos de dos personas simplemente se bifurcan, y eso no borra la historia compartida ni la gratitud por todo lo vivido".
Este planteo, introdujo nuevas preguntas: si no hubo una pelea memorable, o no existió una traición ¿Qué puede realmente romper una amistad? La experta en vínculos señaló que rara vez una amistad se rompe por el último argumento, sino por el peso de todo lo que se calló antes. También porque en las amistades de años hay roles muy marcados y en una discusión menor uno de los dos intenta salir de su rol - del que siempre cede, por ejemplo- y el otro no tolera ese movimiento, reacciona con rigidez y el desacuerdo menor se convierte en una tempestad. De modo que, el quiebre no es más que un detonante sintomático de un desgaste subterráneo y el conflicto menor no causa la separación. Simplemente retira el velo de una falsa sintonía.
La nostalgia de los doce años
Hablando de esto, nos acordamos de la icónica película Cuenta conmigo (Stand by Me), cuando el protagonista escribe en su computadora una frase demoledora "Nunca tuve amigos posteriores como los que tuve a los doce años. Dios, ¿acaso alguien los tiene?". Esta obra es, quizás, la representación más lúcida de la finitud vincular. Aquellos cuatro chicos que cruzaron vías de tren y compartieron los secretos más profundos de la infancia terminaron, inexorablemente, distanciándose con los años. La historia no retrata una traición ni una ruptura dramática, sino algo mucho más humano y frecuente: el peso de la vida misma bifurcando los caminos a medida que el suelo madurativo cambia.
Escribir esta columna intentando explicar -y explicarme- el fin de una amistad, en una sociedad de vínculos tan intensos como la nuestra, es un desafío contracultural pese a que todos sabemos que los seres humanos somos procesos en constante evolución. Pero intento de algún modo expresar que el verdadero conflicto psicológico surge cuando confundimos la lealtad histórica con la obligación actual. Sostener vínculos por pura inercia afectiva o por temor a la culpa, es más frecuente de lo que creemos; sin embargo, siempre es posible elegir quedarnos con la gratitud por los años compartidos, por el refugio, la complicidad y haber sido el resguardo de la confianza mutua, en lugar de condenar la relación al desgaste de una continuidad forzada.
Nobleza
Atravesar esa pregunta que tanto nos movilizó nos dejó un saber más sereno: que el final de una relación no borra lo construido, y que allí donde continuar ya no es posible, es donde más necesaria se hace la nobleza. Callar las confidencias, negarse a hablar mal del otro y proteger la historia compartida a pesar del dolor, la decepción o el enojo, no es un favor para quien se fue. Es, en realidad, la mejor manera de honrar los valores que nos unieron.
Por eso, la amistad puede terminar, pero la lealtad no tiene fecha de vencimiento.