Campeones son los que nunca se rinden
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A veces cuando las palabras encuentran su lugar, uno descubre que también encuentra un poco de calma. El problema es que no existen palabras nuevas para describir a un grupo de chicos que durante años nos regaló una felicidad eterna.
¿Qué se puede decir que no se haya dicho hasta ahora? La Selección argentina fue un ejemplo de perseverancia, esfuerzo, coraje y fe hasta el último segundo.
Mientras algunos eligieron el odio, la envidia y el resentimiento, millones de argentinos y otros varios millones en todo el mundo, eligieron algo mucho más poderoso: emocionarse viendo a un equipo dejar el alma por una camiseta. Y eso, ya lo sabemos, vale mucho más que cualquier resultado.
La derrota duele, claro que sí. Pero basta mirar las imágenes del retorno, con banderas y carteles de agradecimiento, para entender que nadie salió a llorar un fracaso. La gente salió a agradecer. Porque esta Selección lo hizo de nuevo: unió a los argentinos. Antes en la victoria y ahora en la derrota.
Serán inmortales de todos modos. Porque la gloria no siempre la escribe el marcador. También la escriben quienes dejan hasta la última gota de sudor y esfuerzo, quienes nunca negocian el compromiso y quienes hacen que un país vuelva a creer.
Que el resto del mundo diga que somos soberbios, vanidosos y engreídos. ¿Qué importa? Con eso no hacemos daño a nadie. Somos argentinos. Nos desbordamos en la victoria y también abrazamos con orgullo la derrota cuando sabemos que los nuestros lo dieron todo.
"Ayer a la mañana hubo un país amortiguado por el dolor. Y a la noche, en Ezeiza, la ilusión empezó de nuevo"
Esa pasión puede resultar incomprensible para algunos, pero jamás nace del odio. Nace del amor. Del fuego sagrado que hace de este rincón del mundo, un lugar distinto. Pasión, intensidad y fe. Siempre. Hasta el último minuto. Incluso hasta después del último minuto.
Once jugadores no resuelven nuestros problemas. No alcanzan para cambiar las discusiones, las injusticias o las preocupaciones de cada día. Pero durante este Mundial nos recordaron quiénes somos cuando dejamos de lado todo aquello que nos divide.
Ayer a la mañana hubo un país amortiguado por el dolor. Y a la noche, en Ezeiza, la ilusión empezó de nuevo, como en un maravilloso círculo virtuoso. Ahí está nuestro secreto: la vida sigue su curso, pero cada amanecer también es una oportunidad para agradecer, levantarse otra vez y empezar con más fuerza.
Porque al fin y al cabo los campeones levantan copas. Sabemos de eso. Pero los inmortales de esta Selección levantaron la fe y la emoción de un pueblo entero. Y eso quedará en historia.
Campeones no son los que siempre ganan, sino los que nunca se rinden. Y estoy seguro que el mundo será testigo y podrá ver una vez más, como nos volveremos a levantar.
Gracias, Argentina. Gracias, Selección.