Después del Mundial: Cuando termina el circo y queda el pan
La imagen fue tan moderna como antigua. En el centro del campo, los mejores futbolistas del mundo disputaban la final el 19 de julio de 2026. En las tribunas, miles de personas alentaban, sufrían y celebraban. Y desde un palco privilegiado, Donald Trump, integrantes de la realeza y otros mandatarios observaban el espectáculo desde las alturas, protegidos y separados del resto de los mortales. Por Melody Varisco (*). Especial para AIM.
Resultaba difícil no pensar en la antigua Roma.
Los jugadores ocupaban simbólicamente el lugar de los gladiadores. No porque fueran víctimas ni porque el deporte pueda equipararse a aquella violencia del antiguo Coliseo, sino porque sobre sus cuerpos recaía la misión de ofrecer una batalla capaz de mantener cautivadas a millones de personas. Abajo, el pueblo. Arriba, el poder. En el medio, el espectáculo.
Durante el Mundial de fútbol desaparecieron las diferencias. Pobres y ricos gritaron el mismo gol, vistieron la misma camiseta y compartieron una ilusión colectiva. El fútbol tuvo, una vez más, la capacidad extraordinaria de reunirnos y de abrazarnos como orgullosamente argentinos. Pero mientras la atención social estaba concentrada en cada partido, la política continuó avanzando.
En Argentina, durante las semanas del Mundial, el Gobierno nacional modificó por decreto el procedimiento para proponer candidatos a cargos judiciales y sostuvo una agenda legislativa que incluyó proyectos vinculados con la propiedad privada, la flexibilización de los límites a la adquisición de tierras rurales por extranjeros, el denominado Súper Rigi y la Ley Hojarasca, que propone derogar o modificar numerosas normas. En Entre Ríos, el Senado dio media sanción a la reforma de la Caja de Jubilaciones impulsada por el oficialismo, gracias al respaldo de las mismas dos senadoras justicialistas que el año pasado facilitaron la disolución del Iosper y la creación de la actual Oser, arrebatándoles a los afiliados el control de su propia obra social. Todas estas decisiones, capaces de afectar derechos, recursos naturales, instituciones y territorios, se discutieron mientras buena parte de la conversación pública giraba alrededor de formaciones, resultados y penales.
El fútbol no es el culpable, claro está. La alegría del pueblo tampoco. Un país necesita celebrar, encontrarse y reconocerse en algo común. El problema comienza cuando quienes gobiernan comprenden que el espectáculo puede ser utilizado como una cortina detrás de la cual avanzar sin suficiente debate social.
El viejo pan y circo nunca consistió solamente en ofrecer diversión. También era una forma de administrar el descontento, dirigir la mirada colectiva y evitar que el pueblo observara aquello que sucedía fuera de la arena.
Ahora la pelota dejó de rodar. Se apagaron las luces del estadio. Los mandatarios abandonaron el palco y regresaron a sus despachos. Los jugadores volvieron con el reconocimiento de un pueblo que valoró su entrega y también el coraje de haber alzado, tras vencer a Inglaterra, aquella bandera con la consigna Las Malvinas son argentinas, honrando una causa inseparable de la memoria de nuestros héroes excombatientes. Lo hicieron mientras el Gobierno buscaba despegarse del gesto y contener el malestar británico. En ese mientras tanto, el trabajador regresó a su salario, el jubilado a contar sus medicamentos, las familias a calcular cómo llegar a fin de mes y el país a enfrentar problemas que ningún campeonato puede resolver.
Como dice el antiguo refrán, el pobre vuelve a ser pobre, el rico vuelve a ser rico y el cura vuelve a su misa.
Sin embargo, no estamos condenados a ser espectadores. La misma capacidad que tenemos para reunirnos masivamente detrás de una camiseta podría ayudarnos a encontrarnos para defender aquello que nos pertenece. La tierra, los recursos, el trabajo, la educación, la salud y la dignidad no deberían jugarse en un palco reservado para unos pocos.
Cuando el pueblo permanece fragmentado, el poder avanza con mayor facilidad. Cuando el pueblo consigue reconocerse, informarse y organizarse, deja de ocupar solamente las tribunas y comienza a participar de su propia historia.
El Mundial terminó. Ahora, asumamos la responsabilidad de mirar, preguntar e investigar qué decisiones se están tomando sobre nuestro futuro, nuestras tierras, nuestra salud, nuestra educación y, en definitiva, sobre la Argentina que queremos habitar. Porque lo que ocurre en la política también debería convocarnos como pueblo, con la misma intensidad, la misma pasión y la misma efervescencia con la que llenamos las calles por una camiseta.
No alcanza con celebrar juntos durante un campeonato. También necesitamos encontrarnos, organizarnos y alzar la voz cuando está en juego aquello que nos pertenece a todos.
(*) Andrea S. Varisco (Melody) | Lic. en Psicología | MP 2698.