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Opinión
TN hace 9 horas 5 min de lectura

Kicillof se niega a tener vocero económico: cree que le basta su chapa de Conicet

El drama que enfrenta el peronismo se profundiza: va a necesitar, para desatarse, muchas más derrotas de las que ya sufrió. El problema de fondo es que la carta de la moderación la gastó ya; solo puede fugar hacia adelante, y lo que cree que tiene de

Kicillof se niega a tener vocero económico: cree que le basta su chapa de Conicet
Foto: TN

Qué enorme favor le haría Axel Kicillof al país, y se haría a sí mismo, si dijera ahora algo así como: No estoy de acuerdo con Aníbal Fernández en que apoyemos el 100% de lo que hace Milei, pero sí en que colaboremos en lo que está bien de su plan de estabilización.

Pero por algo Aníbal, igual que Juan Manuel Olmos, Victoria Tolosa Paz y demás dirigentes que vienen impulsando un giro al centro en las posiciones de su partido, le hablan a Cristina y los demás gobernadores peronistas, no a Kicillof. Por algo Miguel Ángel Pichetto peregrina a San José 1111, no a La Plata.

Es que hay en Kicillof una convicción irreductible, que esos dirigentes peronistas conocen muy bien, y que lo vuelve impermeable a cualquier idea renovadora de la estrategia económica y política que hasta aquí promovió el kirchnerismo. Y convierte su renovación en una versión más bien retrógrada y recargada de lo que ese sector hizo durante los últimos 20 años, con los resultados ya conocidos.

¿Es el alma de investigador de Conicet y economista doctrinario del neomarxismo lo que le impide ir más allá? Probablemente, porque esa ha sido hasta aquí su carta de triunfo para presentarse como heredero legítimo del kirchnerismo histórico, que lo limite para convertirse en algo más que eso no parece que lo esté convenciendo de que hay allí un problema. También porque el entorno cultural en que se mueve tanto él como sus colaboradores lo celebra: el progresismo intelectual parece estar fascinado con la idea de que finalmente uno del palo, alguien como ellos, conduzca al peronismo. No importa que sea para llevarlo a la ruina.

Según cuentan dirigentes que hablan con Kicillof y su entorno, allí no quieren saber nada con tener un vocero económico, porque consideran que ese rol lo puede cumplir muy bien el gobernador mismo. Y tampoco aceptan la necesidad de girar hacia el centro, calculando que todavía no es el momento: en todo caso lo será después de que se confirme y consagre su candidatura.

Puede que ambas definiciones sean parte del mismo error del kicillofismo: creer que su principal desafío hoy es evitar que lo critiquen por inconsecuente o tibio desde el trotskismo y La Cámpora, y no intentar recuperar la confianza de los millones de votantes que se han alejado del peronismo, no porque se entusiasmen con Milei, sino porque están hartos de la irresponsabilidad económica.

¿Alguien puede atender ese hartazgo desde el PJ? El problema es que, del otro lado, ya la carta de la moderación el PJ y Cristina la gastaron, en una larga saga de candidatos muletos y fracasados, Scioli, Alberto, Massa, que usaron de mascarón de proa para lavarse la cara sin tampoco aceptar un cambio programático en serio. Eso es lo que condena a Sergio Uñac, y a Olmos y Pichetto con él, a no tener, por ahora al menos, llegada al electorado ni, por tanto, mayor impacto en el resto de la dirigencia que, consecuentemente, se decanta por resignarse a una candidatura progresista para perder dignamente en 2027 y esperar que lleguen tiempos mejores.

Así, el juego de espejos en que se mueve el peronismo se vuelve cada vez más una encerrona, aunque una encerrona bastante cómoda y funcional.

De un lado está Myriam Bregman, que le reclama ser consecuente con su promesa de defender la justicia social, el distribucionismo y el anticapitalismo, cueste lo que cueste. Y el trotskismo encima crece, amenaza ahora no solo las fortalezas peronistas entre los desocupados, los gremios combativos y en las universidades, sino en la opinión de mucha gente del llano, peronistas de toda la vida.

Parece ser que a Kicillof lo afectó especialmente la deriva que siguió el conflicto de FATE, que resulta, respecto del problema recién mencionado, muy aleccionador: al principio el foco de las críticas del gremio del neumático, el SUTNA, dominado por la izquierda, eran Milei y su política de apertura; pero con el paso del tiempo ellas se enfocaron en el gobernador, a quien, con mucha lógica, a esa izquierda le conviene golpear principalmente, porque es la piñata de la que esperan recibir más votos el año que viene.

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La conclusión que sacaron en La Plata es que era mejor no recibir a los representantes de la empresa de Madanes, pero sí les convenía endurecer su discurso contra la apertura, a favor de la industria nacional en problemas y del nacionalismo autárquico como modelo a seguir (porque supuestamente hasta Trump lo estaría abrazando). Conclusión: no habrá renovación alguna de la doctrina económica adoptada por el PJ a comienzos del siglo cero, porque la ortodoxia doctrinaria es más fuerte que nunca.

Además, porque del otro lado están Milei y su ultraderecha fascista. Con Peter Thiel bajándole línea para que escale sus batallas culturales, con cada vez más socios en la región, gracias a la multiplicación de presidentes de similar orientación, salvando Brasil y México, y también con sus serios problemas para subir al tren del crecimiento a buena parte de la sociedad y la economía. Así que parece lógico concluir que lo que el peronismo y sus votantes necesitan no es apostar a que prospere ni el 100% ni tampoco el 20 o siquiera el 10% de lo que hace este gobierno, sino que un dirigente con credenciales progresistas inobjetables los proteja, como un escudo nacionalpopulista, del avance del tecnofascismo en el mundo.

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